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El Ballet de mi hermana

Con un ensallo de Ballet con mi hermana, empezo una relación que ya dura años.

Todo empezo cuando mi hermana Helena de 11 y yo Jon de 16. Yo tenia la habitación amplia, ya que nuestra casa tenía dos habitaciones de matrimonio. Mis padres se tuvieron que marchar para ver un familiar al hospital, quedandonos solos mi hermana y yo. Yo estaba poniendo en orden mi habitación qcuando entró mi hermana vestida de Ballet ( ella lo practicaba ) y me dijo – Jon, me puedes ayudar, hay un paso que no me sale, – Vale – le contesté yo – .Así que ella empezó a bailar y yo sentado en la cama, hasta ahora no me habia fijado con mi hermana, tenia unos pequeños bultitos, señal que empezaban a salirle las tetitas, un culito respingón y por delante se le notaba la rajita; así que empeze a ponerme burraco.

En eso ella me dijo, – me levantas? – así que la cogí en brazos y la levante, con lo que su rajita quedó a la altura de mi boca, que sin poder evitarlo le dí un besó allí. Ella no dijo nada, pero noté una sacudida, en eso que la fuí bajando poco a poco, hasta que mi palo quedó a la altura de su rajita, frotandome con ella; helena se puso roja como un tomate, y sin poser evitarle le pegué un besazo en sus labios, ella contestó abrazandose con fuerza hacia mi, habriendo su boquita, de esa forma metí la lengua y empecé a jugar con la suya, ella cerró los ojos. Ella se aferraba con sus piernas cruzadas sobre mi espalda.

Ella me susurraba – Jon te quiero – yo también le contesté. Tal como estábamos me tiré sobre la cama, con ella encima. Empecé a primero a sobarle su culito raspingón metiendole el dedo por encima de la ropa, por su culito hasta que le dije. – Nos tenemos que poner más comodos, así que me quité los pantalos y la camisa, quedándome solo en slips, y le dije – ahora te toca a tú -, – de da verguenza – me contestó -. Así que la atraje hacia mi y empecé a besarla por toda la cara, acariciendo sus tetitas, que estaban duras como una piedra, le cogí la parte de arriba del traje y se lo saque poco a poco, hasta que quedaron a la vista las dos pequeñas incipientes tetitas, me puse como un loco a chuparlas, mi hermana solo le salian gemidos de su boca, así que empecé a sobar su rajita por encima del vestido, hasta que se lo mojó – me he meado – me dijo. – No – le contesté – acabas de tener un orgasmo -. Así que empecé a bajarle el vestido quedandose solo con una braguitas de algón blanco. La cogí de la manita y la acosté sobre la cama, empecé a chuparle los pies, ( antes le habia quitado sus zapatillas), para seguir subiendo poco a poco por sus piernas, hasta que llegué al borde de sus braguitas

Entonces lo aparté, y empecé a chuparle aquella mojada rajita, Helena solo pegaba grititos de placer, entonces le di la vuelta y epecé a sacarle las braguitas, tenia un culito suave y redondito, le aparté las nalgas y me apareció un sonrosado agujerito, el cual empecé a chupar y meter poco a poco la lengua, Helena mordia la almohada y su conchita eran rios de placer. De golpe pegó un grito y se arqueó toda teniendo un orgasmo bestial. así que me levante y le dije, – ahora te toca a tí – ella me contestó – Que tengo que hacer? – Entonces la senté en el borde de la cama y me puse delante de su carita, -Bajame el slip – Le dije – ella así lo hizo y mi tranca salio de la carcel disparada – dame un beso en la puntita – le dije – ella la besó – sabe a salado – me replicó – Ahora piensa que estas chupando un helado – le expliqué – ella se la puso en la boquita, primero solo a punta y empezo a chuparla poco a poco, al rato yo se la fui metiendo más cacho dentro de su boca , la cogí de de la nuca y le enseñé el movimiento que tenía que hacer, ella la aprendió al momento , me estaba pegando una chupada de campeonato.

Paré le dije – hasta ahora todo han sido juegos, estás preparada para más – Jon, hermanito, te quiero mucho, enseñame más – me contestó. – Vale, yo también te quiero,, vamos ha hacerlo, así serás mia para siempre .- acariciandola le dije -. Así que la estiré en la cama y le puse un pequeño cojín debajo de cadera, empecé a chuparle su rajita para que sus caldos ayudarán a la penetración. Entonces se la puse sobre la rajita y poco a poco fuí entrando, ella al principio se quejó un poco hasta que se rompió el himen, salido un pequeño hilillo de sangre que limpié con mi toalla de deporte – te duele – de dije -un poco – me explicó – Así que paré un momento, para volver a penetrar poco a poco hasta que entró toda, ella chillo un poco y empecé a moverme a dentro y afuera, primero poco a poco, para aumentar el ritmo

Helena empezó a culear y enrolló sus piernas a mi cinturas, hasta que me giré, quedando ella sobre mi, ella no paraba de saltar sobre mi, como cual vaquera sobre su caballo, era ahora ella la que llevaba el ritmo, hasta que se corrió, se apretó a mi, pareciendo que quería fundirse conmigo, quedó como dormida sobre mí, hasta que abrió los ojos y me sonrió, – fantástico, hermanito , tenemos que repetirlo más. – Dijo Helena.

Así fué como desde aquel dia siempre hemos buscado el poder tener sexo siempre que hemos podido, desde aquel dia siempre aprovechamos el estar solos para hacerlo, no solo eso, ella me trajo a su mejor amiga, para que la desvirgara tambien, pero esto será otra historia, como el culito de mi hermana, regalo para mi cupleaños, Ahora los dos estamos casados y siempre quedamos para vernos y dejar rienda suelta nuestros sentimientos

Mi esposa me engañaba

Mi esposa es como muchas esposas maduras, gordita, con defectos, sin carnes super firmes, pues es madre de tres hijos y tiene casi cincuenta. Pero es mujer y siente y puede hacer sentir. Así que esta historia, puede ser una historia que le puede suceder a cualquiera y cualquiera puede si quiere, disfrutarla o sufrirla.

Era ya algo tarde, las nubes de lluvia que se alejaban, le daban a esa hora del día, un aire de melancolía y el olor a lluvia llenaba todos los rincones de las casa. Cuando llegué, no llegué haciendo ningún ruido, no por algún motivo en especial, sino porque estaba tan ensimismado en mis asuntos, que no hice el menor ruido. Todavía se oían de vez en cuando, los imponentes truenos de los rayos que en algún lugar no muy lejano, acompañaban a la tormenta.

Desde que mis hijos se fueron de casa, el silencio que impera en ella me aterroriza y me llena de nostalgia por aquellas risas y conversaciones ausentes. Pero en aquel silencio, un pequeño ruido como jadeos opacados y respiraciones profundas, se distinguían claramente, aunque muy callados. Caminé a donde escuchaba aquel murmullo y llegué hasta nuestra habitación y allí estaba el motivo del ruido. Mi esposa tenía visita, yo no sabía de su aventura y ella no se dio cuenta que la observaba disfrutando con aquel desconocido para mí. Mi corazón casi se escapaba de su lugar y sentí como que las piernas no me respondían y reí caer. No sabía qué hacer, por un momento, la rabia invadió mi mente y quería matarlos, pero poco a poco la situación se fue transformando en algo casi placentero. ¡Ver a mi esposa teniendo sexo en mi cama! Eso era una situación que había fantaseado hacía unos años, pero nunca se dio, porque mi esposa decía que ella no podía tener sexo con otro que no fuera yo… ¡Ja!… ¡no será! Pero allí estaba de perrito y disfrutando de las envestidas que el tipo le daba.

Decidí no hacer evidente mi presencia y en silencio observe desde la penumbra del corredor y a través de la rendija de la puerta, como se cogían a mi mujer, la que hasta hace unos segundos, creía fiel y pura. La sesión duró unos veinte minutos en los cuales ella no dejo de jadear y pedir en vos muy queda, como queriendo no dar evidencia de su infidelidad, que se la metiera más duro. El tipo no era mejor parecido que yo y no más dotado, era en términos generales un tipo normal. Alguien como cualquiera y sin embargo, ella estaba disfrutando como loca aquella chimada que le estaba metiendo el tipo ese. De pronto ella le ordenó, que le diera más duro y empezó a gemir y para evitar el ruido, se cubría la boca con la almohada, mientras pedía a gritos casi inaudibles por la almohada, que le metiera la verga, sí, así mismo, “meteme la verga”, le gritaba. ¡Qué cosas! Yo siempre le pedí que me dijera esas cosas y nunca se atrevió, pero a él, se lo ordenaba a grito tendido.

Ella se vino y mientras se venía, el tipo también se vino dentro de ella, quedando los dos exhaustos acostados en la cama y en eso me di cuenta que el tipo no usaba condón. Me impactó el hecho de que mi mujer estuviera con otro y aún más que lo hiciera sin protección. Mientras ellos se tendieron en la cama, yo regresé a la puerta de entrada y abrí la puerta tratando de hacer el suficiente ruido, para hacer evidente mi presencia. ¡Ya vine mi amor! Dije, para que ella se diera cuenta que ya estaba allí. Caminé a mi cuarto y entré, el tipo ya no estaba, solo ella estaba en la cama, debajo de las sabanas. ¿Qué hacés en la cama? Le pregunte y se quedo como muda, solo balbuceo algo ininteligible que por supuesto no pude comprender y aunque ella agarraba las sabanas con fuerza, las jalé y estaba desnuda. –¿Qué hacés desnuda?– le pregunté y otra vez, se quedo como muda, no sabía que decir y se le notaba en su actuar muchísimos nervios. –¡Ah ya se! Estabas con tu amante y por eso estás desnuda en la cama…– ella palideció y me vio con una mirada de culpabilidad. –Jajajajaja, no te enojés—dije, fingiendo que confundía esa cara de culpabilidad con una cara de enojo, –solo estaba bromeando. Yo se que sos incapaz de hacer algo así.– –¿No han llamado los muchachos?– le pregunté y ella todavía no sabía que contesta y me dijo que no habían llamado, pero con una tremenda cara de susto y alivio de ver que lo había tomado a broma. Luego de todo eso, le pedí que fuéramos al comedor, que ya me moría del hambre y que le iba a hacer unos espaguetis. Ella se vistió y cuando llego a la cocina, ya su rostro estaba cambiado y otra vez era la mujer alegre que siempre había sido.

Empezamos a hacer la pasta, yo me dedique a hacer la salsa y ella puso los fideos a hervir. Cuando por fin salieron los fideos, me dijo que en lo que salía la salsa, se iba a dar una ducha. Se fue al baño y yo terminé de hacer la salsa, serví el espagueti y la llamé. Llegó radiante, con un olor a recién bañada y el pelo húmedo, con una sonrisa en la cara y se acerco a mi silla y me dio un beso y me dijo al oído, –te amo, nunca voy a engañarte, no podría estar con otro en la cama– ¡Que mentirosa! Hice como que le creí y le di un beso en la boca y aproveche a meterle la mano entre las piernas. Ella se rió de mi travesura y se sentó a comer. La cena transcurrió muy amena y entre risas, anécdotas y recuerdos, terminamos de comer, lavamos los platos y nos fuimos a la cama. Yo entre al baño a darme una ducha y luego regresé a la cama. Ella se juntó a mí y me abrazó de una manera muy tierna. La noche se terminó y la luz del sol, se colaba por entre las cortinas. Toqué a mi lado y ella no estaba. Muchas veces había ocurrido esto y nunca había pensado mal, así que me levanté muy lento y fui a donde estaba. Estaba en la cocina, la pude ver a través de los vidrios de la puerta, pero ella no me vio, pues estaba de espaldas a mí. Estaba con la computadora encendida y pude ver que se chateaba con alguien, pero no pude ver con quien era. Me fui al cuarto y la llame como siempre hacía cuando no la encontraba a mi lado. Ella llegó y le pedí que me fuera a comprar harina de panqueques al super, ella no quería, pero le insistí y le dije que le iba a hacer el desayuno. La idea era mandarla a hacer algo lejos, para que me diera tiempo de revisar su computadora.

Estuve atrás de ella todo el tiempo y no dejé que se acercara a la compu y borrara los datos. Salió de la casa y yo empecé a revisar su computadora y allí estaba el chat que estaba sosteniendo. Era con el mismo tipo de la noche, que le preguntaba que como le había ido conmigo, ella le comentó que bien y que no sospechaba nada. Ella le preguntó como había hecho para salir de la casa y él le dijo que había tenido que saltar la cerca para que no lo viera yo, pero que al salir la vecina lo vio y que ojalá no tuviera ningún problema. Quedaron de volverlo a hacer otra vez, ella le mencionó lo rico que le hacía el amor, pero que seguía estando enamorada de mi y que no fuera a creer que lo que ella sentía era como para tener una relación estable, que era más bien una aventura que estaba disfrutando mucho, y solo era puro sexo. Me di cuenta que el facebook que ella estaba usando, no era el que yo conocía, sino otro en donde se hacía llamara “la Silver”, así le decía yo, cuando se excitaba o se ponía muy sexi, cosa que era muy poco común. Tenía fotos de ella con ropas muy sensuales, fotos de sus pechos en blusas escotadas o transparente, fotos en minifalda y bueno, todo lo contrario a lo que me había convencido que era. Aunque ya no es una mujer joven y su cuerpo es el de una cincuentona y gordita, tenía muchos seguidores, la mayoría maduros, unos de treinta y tantos y algunos jóvenes, a lo mejor de bachillerato, que le ponían comentarios pasados de tono, a los que ella respondía de forma picara y sensual. La puerta se abrió y mi mujer traía lo que le pedí del super.

La computadora, la dejé tal y como la encontré y mientras desayunábamos le pregunté que qué hacía en la compu tan temprano. Me dijo que estaba jugando un juego virtual en línea, que se trata algo así como de crear una granja y… bueno, que tenía que superar unas pruebas y por eso estaba tan temprano en internet. Ya no hice más preguntas y traté de que la rutina matutina fuera la misa de siempre. Antes de salir de la casa, le dije que me acompañara a la sala y ya allí, empecé a acariciarla, pero aunque la imagen de mi mujer en cuatro mientras otro le daba por detrás no se me quitaba de la cabeza, me pude excitar lo suficiente para darle una cogida matutina. Si he de ser sincero, creo que esa imagen en mi mente, fue la que hizo que disfrutara como loco el cogerme a mi esposa. Cuando llegue a venirme, lo hice tan fuerte y profundo, que ella se estremeció debajo de mi cuerpo y la hice tener un orgasmo. Luego, al levantarnos del sofá donde estábamos, vestirnos e ir cada quien a sus labores, mi mente no podía entender, como era que ella podía disfrutar de tener sexo conmigo y con él. –Tengo la fantasía de verte teniendo sexo con otros…– le dije antes de salir de la casa, ella me vio y con una voz firme me dijo, –eso nunca lo haría, no podría tener sexo con ninguno que no fueras vos– –Siii, siii—dije en mi mente –como no–.

El día pasó increíblemente rápido, la imagen de mi esposa siendo cogida por alguien más y el esfuerzo de ella por ocultarlo y dar la apariencia de una fiel esposa, me tenía increíblemente excitado. Todo el día me pasé como quinceañero calenturiento, tanto que hasta me dolía el pene de tanto tiempo de estar duro. Quería tener a mi mujer cerca y darle una cogida espectacular, pero además de eso, quería saber qué hacer, para verla teniendo sexo otra vez, pero ahora con otros. Quería de alguna manera quitarle la máscara y a lo mejor por venganza o quien sabe por qué, hacerla tener sexo con tantos hombre como fuera posible, sin que ella se diera cuenta que era yo el que lo propiciaba y verla convertirse en puta. No precisamente convertirse en una prostituta de esas que cobran y viven de eso, no, sino quitarle la máscara y que me confesara que no era una mujer decente y aceptara que le gusta que se la cojan. Tampoco quería humillarla o insultarla, solo quería verla y que al final se diera cuenta que la había estado viendo todo el tiempo y que agarrara confianza para seguir permitiendo que se la cojan y que yo siguiera disfrutando el espectáculo y el morbo que verla coger me da.

Cuando llegué a la casa esa tarde, me tenía preparada una cena espectacular. Cordero horneado, puré de papas, vino tinto y velas en la mesa. –¿Que celebramos?— le pregunté y me dijo que qué bárbaro era, pues se me había olvidado nuestro aniversario. ¡Aaaah, si pues! Era nuestro aniversario y ni me recordaba. Le pedí disculpas y le dije que la iba a recompensarla, que después de la cena le iba a dar una sorpresa. Comimos muy románticamente y justo al terminar la cena, le dije que se pusiera aquella ropa que le había comprado hace un año, una falda muy corta, tacones muy altos y una blusa negra transparente. Ella decía que no le gustaba esa ropa, pues la hacía ver como prostituta, pero no sabía que de ese día en adelante, tenía la intención de que pareciera precisamente eso. Esa vez no fue la excepció y me dijo –¡No! Esa ropa no me la pongo, voy a parecer prostituta.– –Eso quiero—le dije y ella se enfureció. Siempre que le pedí, que se vistiera así, o que tratara de experimentar cosas como exhibirse en el carro o masturbarla en un cine, ella se ponía enojada y me hacia sentir que la estaba obligando a hacer algo que no queiria y hacia las cosas como para hacerme sentir culpable. Pero esta vez no me importó y le dije que quería que se pusiera esa ropa y que si me quería que se la pusiera. Muy brava, aceptó ponerse la ropa y la llevé a una discoteca. Ya allí, como que la furia que estaba aparentando se le comenzó a escapar y ya más animada, me dijo que bailara con ella. Yo no sé bailar, pero decidí que si quería lograr mi propósito, no debía contrariarla. Comenzamos a bailar en aquel ambiente bullicioso, medio oscuro y con estelas de humo de cigarrillos, que opacaban la poca luz que había y un joven la miraba disimulado, pero como queriendo hacerle el amor con los ojos. Bailamos dos muy movidas y alegres y luego vino una muy tranquila y mi esposa se abrazó a mí y empezó a moverse lentamente al compás de aquel ritmo romántico. Con un movimiento de dedos, le desabroché el sostén y ella no pareció molestarle mucho, así que comencé a intentar sacarle el sostén para que sus pechos quedaran casi expuestos por lo transparente de la blusa. Ella protestó y otra vez se hizo la enojada. Ella misma se quito el sostén, me lo puso dentro del bolsillo de mi pantalón, se fue a sentar y muy enojada me dijo –¿Satisfecho?–. Le dije que disculpara y que iba al baño. Cuando llegué al baño, una chispa de arrepentimiento me estaba haciendo estragos en la mente.

Al salir, decidí que ya no iba a hacer que hiciera nada más y le iba a decir que nos fuéramos a la casa. Pero al nomás llegar a la mesa, me vio con unos ojos que si hubieran tenido balas, me mata. ¿¡Cómo era posible que ella se enfadara tanto conmigo por eso, cuando ella le estaba dando las nalgas a un extraño a mis espaldas!? Eso me puso furioso y le dije –esperáme, solo voy a ver cómo está el carro.– Cuando salí de la disco, yo estaba que no quería ni que me hablaran. De pronto vi a ese muchacho algo fornido, de unos veintiún años a lo sumo, el cual, era quien veía a mi mujer cuando estaba bailando conmigo. Me acerqué a él y le comencé a hablar. Le pregunté si se acordaba de mi, que yo era el que estaba bailando con la señora a la que el miraba con ganas de comérsela. El se disculpó, pensando que yo quería hacerle algún daño y le dije que no se preocupara, que no le quería hacer nada malo. Le pregunté que si le gustaba la señora y el dijo que sí –¿y por qué? Pero se sincero– le dije y el dijo –es que esta muy bonita a pesar de su edad– –jajajajaja, no mano, que seás sincero te dije, decíme…¿Por qué te gusta mi vieja, si podía ser tu madre?—y él respondió ya con más confianza –Es que aunque esta vieja y un poco gorda, tiene un cuerpo que dan ganas de montarla y tiene unas chiches que dan ganas de estar chupándoselas todo el día—. –Ok, ok…te gusta, ¿verdad?– –Si– contestó. –Muy bien, mirá: ahorita la dejé en la mesa donde estábamos, andá allá e invitála a bailar. Esto es de ella…– le dije y le di el brasier, –Si le podés quitar lo de más me avisás– el muchacho se quedo sorprendido y me preguntó –¿Cómo así?– –Si, te reto a ver si podes cogerte a mi esposa en la pista de baile–

El muchacho no podía creerlo, pero al final aceptó y entró a la disco muy entusiasmado. Sin que él muchacho se diera cuenta, yo lo seguí y vi como se acercó a mi mujer y ella ni coco le puso, así que me metí a los baños de la discoteca y la llamé y le dije que ya me había ido y que ella llegara a la casa como pudiera. Eso indudablemente la iba a poner furiosa y precisamente fue lo que sucedió. Se molestó tanto y como el muchacho seguía insistiendo hablar con ella, de furia que tenía, le empezó a hablar y luego de unos minutos, ya estaban entrando en confianza. Él la invitó a bailar y ella aceptó. En aquel bullicio y alboroto de cuerpos contoneándose con la música estridente, no muchos se daban cuenta de cómo estaban vestidos los demás, pero mi mujer se veía exuberante con las tetas libres en aquella blusa que casi los dejaba al aire y el muchacho la estaba disfrutando y comiéndoselos con los ojos.

Cuando llego la música tranquila, ella quiso seguir bailando, el muchacho por supuesto no se negó y cuando sonó la segunda canción, ya le tenía las manos en las nalgas y trataba de quitarle el calzón, pero ella se oponía no con mucha resistencia, sino más bien como jugando con el chico. Poco a poco la llevo hasta la parte más oscura del salón. Donde había una pequeña baranda de madera, que les cortó el paso. Ella se atrancó en la baranda, mientras el muchacho le bajaba el calzón a las rodillas. Cuando el calzón estuvo en las rodillas de mi mujer, ella misma se lo termino de sacar y lo guardo en su bolso al regresar a la mesa. El muchacho, empezó a agarrar confianza y se sentó muy pegado a mi esposa y principió a acariciarle las piernas.

Ella por su parte, se dejaba hacer sin ningún reparo lo que el muchacho quería. La música sonaba otra vez como batallón de tanques en plena batalla y el joven ya le tenía la mano metida entre las piernas. Con mi celular quise sacarle algunas fotos, pues se veía tan sexi con las piernas abiertas y el muchacho metiéndole la mano, pero salieron muy borrosas. Todavía guardo unas de ellas en una usb, aunque la verdad no se puede ver muy bien lo que quería captar. Yo veía a mi mujer y estaba observando su rostro. Tenía esa cara que pone, cuando ya casi está por llegar al orgasmo, los ojos entreabiertos, la boca enseñando los dientes y con la lengua tocándose el labio superior. De pronto, apartó al muchacho y cerro las piernas, se levanto y jaló a su pareja de baile a la pista. La música moderna me desagrada un poco, pues no entiendo nada de ella. Solo se oyen tambores y ritmos, que al parecer enloquecen la mente de la gente que la baila.

El joven llevo a mi esposa hasta la baranda que estaba en lo más oscuro del salón y ella se puso de espaldas y le ponía las nalgas frente a él. Él por su parte se pegaba a ella y le subía de a poco aquella pequeña falda que me encantaba, pues dejaba verle las piernas y le daban un toque muy sensual. Vi como aquel muchacho la agarraba de la cintura y en círculos, movía su cintura contra las nalgas de mi esposa. Se bajó la bragueta y mientras bailaban en aquella semi oscuridad, se sacó el pene y se lo metió de un solo. Ella se sostuvo de la baranda con ambas manos, como quien se sostiene de algo cuando siente que se va a caer. La música seguía y el cuate ya tenía a mi mujer bien ensartada y parecía que ya no les importaba nada. Sus movimientos que hasta hacia poco eran acompasados a la música, ya no les importaba el compás ni el ritmo y se producían de un modo frenético, mientras los demás absortos en el baile, no se daban cuenta de la gran chimada que le estaban metiendo a mi mujer. Los gemidos y jadeos que salían de su boca, no se podían oír por el escándalo de la música, pero tantas veces había cogido a aquella mujer, que no necesitaba escucharla para oír sus gritos de placer y sus gemido. El muchacho le subió la blusa, hasta dejar que sus pechos se bambolearan a sus anchas al aire libre y con sus manos inexpertas, le estrujaba las chiches con tal fuerza, que supuse que le iba a dejar moretones. Vi el rostro de mi esposa y ya no aguantaba más, iba a tener un orgasmo, sus caderas se movían tratando de introducirse el pene y no dejar ni un centímetro sin ser metido y el muchacho le daba con fuerza a lo que ella respondía con gemidos apagados por la música.

El rostro de mi esposa explotó y deduje con certeza, que había llegado al orgasmo, aunque al parecer el muchachito no pudo venirse, así que ella siguió moviendo sus enormes y sensuales caderas de una forma poderosa, introduciéndose aquel pene, para darle satisfacción a su amante de ocasión. El rostro del chico reflejo una gran emoción, cuando por fin, luego de unos cinco minutos después, llego al clímax. Luego de eso, ella se compuso la ropa y jaló de la mano al muchacho y lo llevó a la mesa. Allí al parecer, se intercambiaron teléfonos o facebooks talvez y ella sacó de su bolso, el calzón que le había quitado el muchacho y se lo puso en la mano. El joven tomo el calzón y se lo metió al bolsillo delantero, del pantalón, donde según recuerdo se había metido el brasier que yo le di y ella le dio un beso en la mejilla y salió. La seguí con la mirada y la vi salir del establecimiento, comencé a caminar y antes de salir a la calle, la vi abordando un taxi. Cuando yo llegué a la casa, ella ya estaba acostada y bañada, yo entré al baño y al salir, tomé mi almohada, un edredón y me fui al cuarto que fue de mi hijo. Toda la noche disfruté de la imagen de mi mujer siendo penetrada, por aquel muchacho en ese salón repleto de personas que en ese frenesí de baile, no les permitía observar la escena erótica que se estaba desarrollando frente a sus narices.

A lo mejor algunos se dieron cuenta y no le pusieron importancia o a lo mejor nadie los vio, pero yo sí y lo goce en demasía. A la mañana siguiente, mi esposa andaba muy seria conmigo, pero de todas formas le pregunté a qué hora había llegado y dijo que solo la llamé y se fue a la casa. Según ella, yo me había atrasado en la calle por alguna otra cosa y me mentía, para que yo le creyera que ella llego al rato de dejarla en la disco. ¿Cuántas mentiras me habría dicho durante los casi veinticinco años de casados, cuantas mentiras le había creído durante todo ese tiempo? No sé, pero ahora me estaba dando cuenta que ella me mentía demasiado y no sabía que ahora era yo el que le iba a mentir y la iba a disfrutar, viéndola hacer muchas otras cosas. Luego les cuento otro poco de esta historia.

HISTORIA DE ODIO…HISTORIA DE AMOR. Capítulo 1º

CAPÍTULO 1º

Ágata, por su mala cabeza de adolescente, por querer jugar a lo que no debía, resultó ser madre a la corta edad de antes quince que dieciséis años, y eso le quebró la vida. Para empezar, el embarazo se lo pasó encerrada en casa, pues resultó que el “autor del crimen”, un mozalbete más menos de su edad, amparado por sus padres, se llamó a andana de la paternidad de lo que Ágata llevaba en su vientre, jurando y perjurando, ante quién tenía que jurar y perjurar, que él, a tales intimidades, con la chiquilla no había llegado ni por el forro, y válgame la expresión, tal vez no muy oportuna por el significado, o sentido, que puede caberle a la expresioncita. En fin, que aunque los padres de la muchacha batallaron lo suyo por lograr que el “Landrú” respondiera de sus responsabilidades para con el incipiente rorro/rorra, por finales se quedaron con “tres palmos de narices” y la pobre casi niña aún, embarazada y sin padre para su hijo/hija y pagando su falta de previsión con el encierro a que papá la recluyó como castigo al “embolao” en que la nena metía a sus progenitores

Pero es que, si el periodo de embarazo fue lastimoso, el “terror y crujir de dientes” vino nada más dar a luz a su vástago, pues niño fue el resultado del “crimen”, Eusebio, como su abuelo materno, por más señas. Y digo lo del “terror y crujir de dientes”, porque desde el mismísimo momento en que le pusieron al fruto de su mala cabeza en sus brazos, éste se convirtió en algo así como esa bola que en las historietas aparece encadenada al tobillo de todo preso que se precie y tenga conciencia de clase, pues desde tal instante se acabaron las esperanzas puestas en una vida alegre y confiada desde que pusiera en el mundo el “paquete” que sus entrañas portaban, pues se encontró con que “de eso nada, monada”, que tu nene es tuyo y no de mamá, que bastante tuvo con criarte cuando de ello no tuvo otro remedio; así que cada día, cuando del “cole” volvía a casa, en vez de poderse ir con sus amigas, que era lo que le apetecía, tenía que ocuparse del niño, porque, apenas entraba por la puerta, mamá se lo ponía en los brazos y hasta mañana que te vayas de nuevo al colegio, ”mamurri” pasa de su nietecito como de atracarse a excrementos y otras lindezas por el estilo

Y si, de lunes a jueves, la cosa era de “agárrate a la brocha que me llevo la escalera”, desde el viernes a la noche y hasta el domingo casi lo mismo de oscuro, la cosa era ya de “Santo Oficio”, hoguera incluida y todo, pues eso de casi ver cómo sus amiguitas se largaban de “órgia y desénfreno” con tíos guaperas la ponía a los pies de los caballos… Se desesperaba, ella allí, encerrada entre cuatro paredes cual monja de clausura, que tenía bemoles, pues en ella, más bien que, lo vocacional, era de monja de dos…o tres, a ser posible, en celda, y sus amigas disfrutando de lo lindo de viernes a domingo, de bailoteo en la “disco” y “botellón” donde Dios quiera y se organice, que el sitio era lo de menos… Y sin, a todo esto, hablar de ligues, menos aún de sexo, que, desde sus trece, catorce añitos, cundo empezó a “coscarse” de que, si los niños “lo” tenían muy distinto de “lo” de las niñas, era por algo, le iba más que a un tonto un lapicero… Y la cosa, cuando pasó a la Universidad para hacer Medicina, no fue mejor, sino casi, casi, que peor… Aunque, también hay que reconocerlo, por entonces es cuando le entró algo de filosofía en la cabeza, comenzando a resignarse ante su triste sino de ser joven y sin “podello” ganar… Pero es que, de resultas de tales sofocos, también ocurrió que al pequeño Eusebito, Eusebín, o como narices sea el diminutivo de Eusebio, que dichoso nombrecito fueron a ponerle al infante, le empezó a tomar una ojeriza que para ella se quedaba, pues le culpaba de cuantos males, tragedias y otros hechos horripilantes, le advenían (¡”hotia” Pedrín!, y qué palabreja acabo de marcarme: “Advenían”, de “advenir”, llegar, suceder, pasar); una ojeriza que acabó por ser odio mortal hacia su propio hijo, que qué culpa tendría el cada día menos criatura de chaval

Ágata acabó sus estudios universitarios, licenciándose en Medicina General, y hasta sacó oposiciones a la Seguridad Social como médico titular de Atención Primaria, en un Ambulatorio del Cinturón de Madrid, es decir, las macro-poblaciones que rodean la capital de España, antiguos núcleos agrarios, pueblos pequeños, como Móstoles, Torrejón o Leganés, trocadas en “ciudad-dormitorio” de centenares de miles de personas, más que la mayoría de las capitales de provincia.

Pero Ágata era una mujer agria, amargada, intratable, siempre a “cara de perro” para con todo bicho viviente que tuviera la desgracia de cruzársela en su camino… Y si con la gente en general era como era, con Eusebio era ya ensañamiento: Prepotente, autoritaria, sin ápice de cariño, sin un sólo gesto maternal hacia él, sino, al revés, motejándole de todo lo malo que en este mundo se puede ser. De tal guisa, pero empeorando, casi que de día en día, los años fueron pasando, hasta llegar ella a sus treinta y siete, treinta y ocho años, Eusebio a sus veintidós, veintitrés, como un muchacho introvertido, poco comunicativo, por no decir nada; y ella, pasando de insufrible a por entero inaguantable, lo que se traducía en que no había nadie, pero nadie, que le dirigiera la palabra ni para decirle “Buenos Días”; lo justo y necesario para el normal ejercicio de la profesión en el consultorio, que fuera, ni eso.

Pero también sucedía que, por aquellos entonces, se sentía peor que mal con su personal situación. Ese estar permanentemente amargada la estaba matando; quería salir de eso, ser feliz, como cualquier otra persona… Pero no podía; no sabía por qué, pero era incapaz de hacer nada por remediarlo; aunque sí que lo sabía… Sabía que no sabía qué hacer; qué camino tomar para variar el rumbo de su vida. Una cosa también tenía más que clara: Que estaba hasta el moño, de su ya más que prolongada castidad, pues, realmente, ahí estaba la “madre del cordero”, la causa última y principal de su estado de continuado enervamiento que la estaba volviendo loca: Sencillamente, que necesitaba un buen “revolcón” más que un cocido. Había pensado “echarse” un novio que, de vez en cuando, le “alegrara la entrepierna”, pero ¿quién?… ¿A quién conocía ella que pudiera valerle en tal aspecto? Desde luego que conocía hombres que, con más gusto que un perro se lanza a un picatoste, se abalanzarían sobre ella a nada que les hiciera la más nimia miradita tierna, pero cualquiera se fiaba de ellos, colección de “salidos” entre treintañeros y cincuentones, en su práctica totalidad compañeros suyos, del ambulatorio, desde médicos hasta simples enfermeros y demás personal subalterno, casados los más, noviando los otros, en esa forma de la convivencia en pareja.

No; ni hablar de la “peluca”, que ella se conocía bien el “paño” y todos, pero todos, eran unos bocazas a los que les faltaría tiempo para pregonar, a los cuatro vientos, que se habían “tirado” a la “ogro” del ambulatorio, con lo que, en automático, se lanzarían todos a por ella, como lobos sobre corderita desamparada, para ser los siguientes en “degustarla”…y dejarla luego, tirada, pero sin comillas, como trapo sucio que se echa a la basura; usarla, es lo que de ella querían, si lo sabría la hija de su madre, aunque sólo fuera por despecho ante lo borde que, en general, era con todo el mundo… Si conocían su flaqueza, su falta de “macho” asociada a su ansia por uno…uno cualquiera, que en la cama, y en pelotas, al final, todos iguales… Claro, que siempre hubo clases, y por finales, todos no son lo mismo de válidos “per al negoci”, como “diuen les catalans”, que la capacidad de dar de un chaval veinteañero, nada tiene que ver con la de un cuarentón o cincuentón…

Fue un día que, al entrar por la mañana, tempranito, que se fijó en la doctora Rivas que pasó delante de ella. Ésta era mayor que ella, cuarenta y seis, cuarenta y siete años, si es que no eran cuarenta y ocho; de cuerpo bastante aprovechable aún, facciones no desagradables, aunque tampoco para lanzar cohetes en albricias. Vamos, una mujer “aseadita” y basta, aunque, eso sí, más de un hijo de Adán, y más de dos, no tendrían inconveniente en hacerle un “favor”…y hasta dos, y hasta tres… También era persona afable, de agradable trato para con todo el aunque sin conceder familiaridades a nadie; era eso, accesible, amable, pero manteniendo las distancias con todo bicho viviente mundo, Era fama de ser soltera de toda la vida, sin conocérsele relación alguna que, ni de lejos, pudiera asociarse al concepto novio/”novia”; vamos, conocido de todo el ambulatorio que vivía sola, sin siquiera “perrito que la ladre”

Y entonces, viéndola alejarse rumbo a su sala de consulta, que Ágata se dijo que tal fémina, seguro, debía sufrir casi los mismos “males de entrepierna” que ella misma, pues aun admitiendo que, más que a la “carne” le diera al “pescado”, de algún modo tendría que aliviar el “picor” de sus más nobles partes, pues lo que en la cabeza no le cabía era que, semejante hembra fuera inmune al mal de entrepierna… En fin, que al punto, tomó la decisión, por lo que cinco minutos antes de la hora en que acababa su jornada laboral, estaba cerrando con llave la puerta de su sala de consulta y, a escape, bajaba a Recepción a entregar la llave en el mostrador. Ya allí, se fijó en el casillero donde el recepcionista colocaba las llaves de las consultas, y respiró más tranquila cuando comprobó que el de la doctora Rivas estaba vacío, con lo que ella aún no había bajado. Perdió allí el tiempo, con una cháchara más que insustancial con el del mostrador, hasta que vio a su colega encaminarse a donde ella misma estaba; aguardó todavía unos instante, lo justo para que la Rivas devolviera su llave, se despidiera del muchacho del mostrador e hiciera intención de marcharse, y se apresuró a tomarle la delantera a su colega, llegándose a la puerta de salida justo cuando la Rivas llegaba, sólo que ganándole por la mano; educada, le abrió la puerta, dejando que la cuarentona saliera antes que ella, aprovechando el momento para decirle

Consuelo; que me decía si te apetecería tomar un café… O una cerveza, conmigo

La Consuelo la miró extrañada, para enseguida responder

Desde luego que sí; ¿vamos?

Y, juntas, se dirigieron a una especie de híbrido entre tasca y cervecería; allí, Ágata aventuró de sentarse a una mesa que, casualmente, quedaba un tanto retirada, alejada, de oídos indiscretos; la Consuelo tampoco tuvo inconveniente en hacer lo que su compañera le sugería, aunque su curiosidad crecía enteros y más enteros ante el comportamiento de ésta, que encontraba casi, casi, que infantil. Se llegaron allá, se sentaron, les sirvieron lo pedido, dos cañas de cerveza, y Ágata empezó a dar vueltas al asunto, yéndose por las ramas, hablando de nimiedades, cosas baladíes, que a nada venían a cuento, hasta que Consuelo la detuvo

Bueno, bueno, Ágata… Que para soltarme esta sarta de tonterías,, ni me habrás traído hasta aquí; luego, déjate de historias y al grano con lo que de verdad quieres decirme

Casi balbuciendo, Ágata dijo

Es que… Es que… ¡Me da mucha vergüenza!…
Pues para superar la vergüenza, lo mejor es no andarse con rodeos; ir, directo, al meollo del asunto
Verás… Es que… Bueno, que me preguntaba… Como vives sola… Que…que cómo…cómo… Bueno, que como solucionas… Que cómo solucionas…
¿El qué?… Que cómo soluciono… ¿El qué?… Ja, ja, ja… Mi querida colega… Me creo que es cosa de lo que tienes entre las piernas lo que te trae como te trae… ¡Qué!… Que se te incendia el coñito y no encuentras “bombero” que te achique las llamas… Ja, ja, ja… ¡Pero no te pongas roja, chica; que eso pasa hasta en las mejores familias

Ágata agachó la cabeza, avergonzada, con las mejillas ardiendo, afirmando con la cabeza… ¡Dichosa compañera!… Ella, había ido de “lista”, y resultaba que la muy puñetera le daba sopas con honda, llevándola por donde le daba la real gana y quería. Consuelo Rivas siguió riendo con ganas, pero sin asomo alguno de burla, de mofa, ante la corrida, avergonzada, colega… Por fin, dejó de reír, mirando conmiserativa a Ágata

Hala, venga; no te preocupes, que no pasa nada… No me reía de ti, que conste, pero es que estabas muy cómica, con ese querer preguntarme que como me las apañaba para calmar mis “males de entrepierna”, y sin atreverte a hablar claro… Te veía llegar a distancia, desde que empezaste a dar tantas vueltas, tanto bla, bla, bla, para no decirme nada… Ja, ja, ja… ¡Que la “ogro” del ambulatorio, también tiene su alma en su almario!… Perdona; no quise ofenderte ni, mucho menos, reírme de ti… Pero es que… ¡Estás tan cómica!

Consuelo había tomado las manos de Ágata entre las suyas, dándole calor; calor humano… Comprensión

Mira Ágata; el viernes te vienes conmigo; te pones bien guapa; bien maquillada, labios perfilados y muy, muy perfumada. Ya verás; entre el viernes y el sábado, te vas a tirar, por lo menos, un par de guayabos de dieciocho-veinte…veintinada de añitos…
Pero… ¿Tú te “tiras” a esa clase de tíos?… Jovenzuelos, pichoncitos, que casi ni han salido del cascarón…
Ja, ja, ja… ¡Y tú!… Tú te vas a tirar a los pichoncitos, como tú dices, que te dé la real gana… ¡Te lo digo yo…que sé mucho de esas cosas!… Ja, ja, ja

Ágata estaba que la oía y no sabía si creerla o no… Ahí es nada… ¡Guayabos, como Consuelo decía, de dieciocho, veinte años!… Con las hormonas bien revolucionadas… ¡Tíos que no se cansan, que siempre están dispuestos!… Que siempre “la” tienen dura y dispuesta a “dar guerra”… Se relamía de sólo pensarlo… Y la “cosa” se le hacía Pepsi Cola a marchas forzadas… “No; si ya verás… Ágata, lo mismo tienes que salir “escopeteá” al baño p’aliviarte”, se decía… Y la Consuelo, con más y más máximas de obligado cumplimiento

Pero una cosa nena; ellos, no nos van a elegir; seremos nosotras las que les elijamos a ellos… Iremos de “cacería”… Primero de ojeo, seleccionamos la presa, y acoso y derribo hasta llevárnoslos a la cama…

Llegó el viernes y, a eso de las siete de la tarde ambas mujeres salieron para Madrid, en “cacería de machos”; el “territorio”, la zona Argüelles-Moncloa, de ambiente universitario y juvenil en general, de esa juventud entre los 17/18 y los veintipoquísimos, años… Triunfaron en toda la línea, tanto la una como la otra; se ligaron dos pipiolillos de 18-19 años, que a Ágata la hicieron “venirse” ni se sabe las veces… En su vida había disfrutado tanto como esa noche disfrutó… Incluso acabó por pedir que no le “dieran” más porque ya no podía, no podía aguantar un solo momento más, de tanto “darle a la vara”, en un casi permanente “dale que dale, y dale y dale, y dale otra vez”… Habían hecho “cama redonda” las dos parejas, de manera que, cuando por fin los cuatro alcanzaban el éxtasis, la cima del placer de Venus, tras dar un breve descanso a los jóvenes cuerpos masculinos, que apenas si habían necesitado de tal respiro para estar listos para el próximo “cuerpo a cuerpo”, las hembras decían aquello tan bonito de que “en la variedad está el gusto”, luego “¡Cambio de pareja!” con lo que las dos degustaron, una y otra y otra vez, de los dos masculinos y más que jóvenes “bodies”. Acabó agotada, hecha cisco, pero feliz, dichosa, como, hasta entonces, nunca, nunca lo fuera…

Eran ya las siete, ocho, de la mañana, cuando, por fin, los dos “sementales” se marcharon, despidiéndose de ellas dos con un beso y diciéndoles que eran unas tías increíbles, por insaciables; que jamás conocieron tías así, lo que no era de extrañar, dada su, todavía, corta edad, pues tampoco serían tantas las tías que habían “conocido”. Les dejaron sus teléfonos, ofreciéndose a ambas “para lo que fuera menester”, pero advirtiéndoles que, si les necesitaban, les llamaran antes, para, debidamente, proveerse de “pastillitas milagrosas”, léase Viagra o similar, a fin de “cumplir” debidamente con tan excelsas hembras; ellos y ellas se echaron a reír. Ellos, por fin, se marcharon, y ellas se quedaron en la cama, desnudas, descuajeringadas, pero riéndose a carcajadas…

No han estado mal los nenes, ¿verdad Ágata?
En absoluto, Consuelo… Ja, ja, ja… ¡Han estado muy bien!… ¡Pero que muy bien!… Ja, ja, ja…

Se quedaron calladas, pero Ágata pensaba, y pensaba… Pensaba en lo que esa noche acababa de pasar… Cómo aquellos chicos, en sólo esa noche, le habían dado más dicha, más felicidad que en toda su vida disfrutara… Y siguió pensando… Si ahora, hace nada, había sido así, ¿cómo sería con alguna que otra “pastillita milagrosa” en sus cuerpecitos serranos?… Y a eso, le daba vueltas, y vueltas y más vueltas. Consuelo la miró, y al momento sonrió; sí, sonrió con esa sonrisa suya, entre burlona y lasciva, que otras veces, aquella misma noche, hacía nada, sonrió

Un euro por tus pensamientos
¿Qué…qué dices?
Que un euro por tus pensamientos… Aunque creo que no necesito pagarte nada por ellos, pues lo adivino “dabuti” (muy bien)… En ellos, ¿verdad?
¿En quién?
No te hagas la tonta, que te conozco ya como si “t’hubiera parío”… Pues en quién va a ser… En ellos, los chaveas… Y lo que dijeron de las Viagras… ¡En lo mismo que yo estoy pensando, no te jode!…

Ágata no respondió; con palabras, pues con la cabeza sí que lo hizo, sacudiéndola de arriba abajo… Y Chelo, Consuelo, volvió a ser la más resoluta de las dos al tomar el móvil, buscar el papelito que ellos les dejaran con sus teléfonos y marcar el de uno de esos. Quedaron para la siguiente tarde, a las cinco, y en el mismo pub donde el viernes se conocieran…los “cazaran”, aunque, finalmente, fueran las “cazadoras” cazadas… Anduvieron con aquellos dos chavales un buen puñado de días, ocho o diez semanas… Claro está, que, por mediación de ellos, conocieron a nuevos chicos, compañeros de Universidad de los chaveas, pipiolillos de su misma edad, más o menos, que más de una tarde-noche, y más de dos, incluso, colaboraron en los femeninos goces… Pero bien se dice que lo poco gusta, pero lo mucho cansa, de forma que su instinto de “cazadoras” las hizo querer conocer otros “cazaderos”, lo que las llevó a discotecas como “Kapital”, en la calle Atocha o “Gabana”, en Velázquez, famosas por su más juvenil clientela… Pero tampoco esto quiere decir que renunciaran, por completo, a “cazar” por Arguelles-Moncloa, pues, no hay que negarlo, la zona, de mucho universitario, tiene un encanto muy especial para cuarentonas, o casi, bien puestas, como ellas dos, por descontado, buscando carnales “ligues” con “boys” casi “babys”

El tiempo fue pasando y ellas dos, con sus planes “venatorios” (cazadores), “viento en popa a toda vela”, que “no surca el mar, sino vuela, un velero bergantín”, según escribiera D. José de Espronceda. Aquello, también tuvo consecuencias reconfortantes casi “Urbi et Orbe” pues Ágata, más tranquila, más feliz, comenzó a dejar de estar peleada con todo el mundo mundial “y parte del extranjero” lo que redundó en que el “Ogro del Ambulatorio” comenzara a dejar de serlo, pues cuando se dirigía a compañeros, pacientes y otras yerbas, ya no parecía perro rabioso ladrando, dispuesto a liarse a mordiscos hasta con el lucero del alba que se le arrimara, sino persona normal y corriente. Incluso, sucedió que también su “ninio”, el Eusebio, comenzó a beneficiarse de tales albricias, pues “mamurri”, poco a poco, fue, al menos, no cebándose tanto en él; vamos, que hasta empezó a parecer que le apreciaba algo… Pero sin pasarse, que conste… Al menos, de momento…

Así, en tan idílico panorama, el tiempo transcurría más plácido que acerbo (malo, cruel) en casi paz y armonía con todo el entorno… Y con el correr de ese tiempo dulce, sensible, fue arraigando, más y más, lo mismo en Ágata que en su ya amiga del alma, Consuelo o Chelo, una costumbre la mar de morbosa: Fotografiarse y hasta filmarse en video, recíprocamente, Chelo a Ágata, Ágata a Chelo, en plena retozante refocilamiento con el pibe de turno, de la interesada, y con su propio móvil, no el de la “fotógrafa”, para, después, en esas sus soledades, a las que van, de las que vuelven(“A mis soledades voy, de mis soledades vengo/que para andar conmigo mismo, me bastan mis pensamientos”.- Félix Lope de Vega y Carpio) solazarse, y de lo lindo, más reviviendo que rememorando, los memorables hechos retratados y filmados…

El tiempo siguió pasando, y con el tiempo se multiplicaron los fogosos, infinitamente tórridos, “findes” exprimiendo como a limones, conjuntamente, a los incansables “pibes”, tiernas y preferidas “presas” de tan eximias “cazadoras” de machos humanos… Pero es que el paso de semanas y meses…un “puñao” de tente y no te menees, vamos, también trajo otra cosa: Que sin saber cómo ni cómo no, el móvil de Ágata desapareció sin dejar rastro; le buscó afanosa, por el piso que compartía con su hijo, por su sala de consulta, en el ambulatorio, en la casa de Consuelo… Pero nada de nada… Sin rastro de él, como antes se dice… Se preocupó lo suyo, por las imágenes que tenía, tremendamente comprometedoras… ¡Sólo faltaba que hubiera caído en malas manos…de alguien conocido!… Sería terrible… Terrible… ¡Dónde iría a parar su buen nombre!… Se planteó preguntar a su hijo, por si lo había visto él… Pero no se atrevió… Sin saber bien por qué, le repelía, aunque mejor correspondería decir que le daba miedo…temía preguntarle a Eusebio… No sabía por qué, pero eso es lo que sucedía… Miedo… Y es que, sólo asociar a su hijo con el móvil, le ponía los pelos de punta

Por finales, el dichoso móvil no apareció por parte alguna, y Ágata pasó unos cuantos días más que volada, preocupada por qué habría podido pasar con él… Porque también cabía otra posibilidad en su desaparición: Que hubiera sido sustraído a propósito, bien para chantajearla con las fotos y videos, bien para “colgar” ese material, más pornográfico que otra cosa, en Internet… Y, ¡a ver, quién podía verlo! Estas elucubraciones provocaron la ruptura con su pareja de “presas” más preciada, lo primeros chavales que, al alimón ella y Chelo, capturaran aquél primer viernes de “cacería”, los estudiantes de 18-19 años, con los que habían llegado a tener una cierta familiaridad… Ya se sabe; no es lo mismo “hacerlo” con alguien conocido, que con un completo desconocido. Los días siguieron transcurriendo desde lo del móvil, lo menos doce o quince, sin novedad… Nadie parecía haberse “coscado” de esa especie de doble vida que llevaba; es más, su amiga le decía, cada vez más segura, que era muy difícil que el móvil hubiera ido aparar a manos indeseables; que, lo más seguro, lo habría extraviado, Dios sabría dónde, o que se lo robaran; claro que alguien se habría puesto “morao” viendo esos videos, esas fotos, de pornografía casera, pero que la hubieran reconocido, la verdad, era más que difícil…

En fin que entre unas cosas y otras, Ágata se fue tranquilizando, convenciéndose más y más de que nada extraño pasaría con el dichoso móvil; que, como le decía Consuelo, sabría Dios quién se lo encontró…o se lo “birló” (robó), pero que, fuera quién fuese, qué importancia podía tener; lo que parecía seguro, y seguro sería, es que nada tendría que temer de ello… Y si unos cuantos tíos se pegaban solitarios “homenajes” a su salud, que les aprovechara… Lo que tantas veces también se dice: “Lo que se han de comer los gusanos, que lo disfruten los humanos”… El “finde” siguiente a la desaparición del móvil, ninguna de las dos fue de “cacería”, pues ella no se encontraba de humor, pero al otro sí que volvieron a ser las expertas “cazadoras” de siempre, acabando por ser uno de los más “movidos”…

Sobre el miércoles de la siguiente semana, más de dos semanas después de desaparecer el móvil, su hijo se acercó a ella, como siempre, más que tímido casi humilde… Sí; Eusebio era casi servil con ella Y eso, verle así, siempre temeroso, pero, también, siempre servicial, casi humillándose ante ella, la ponía de los nervios… Se sentía mal; se culpaba de esa actitud de Eusebio… La verdad es que, desde que su vida cambiara, gracias a Consuelo, también había variado mucho la forma de ver a su hijo; por primera vez desde que naciera le empezó a ver como lo que era, su hijo; carne de su carne…sangre de su sangre… Y se arrepintió de haberle tratado como le trató; se culpaba y arrepentía, y muy mucho, lo que hasta entonces hiciera… Hubiera dado lo que fuera porque el tiempo volviera al ayer… Por poder empezar con él la relación que siempre debió ser: Verdaderos madre e hijo…hijo y madre… Pero eso no era posible… El tiempo pasa para nunca más regresar, y eso, esa sensación de culpa que ahora experimentaba, la hacía sentirse mal; incómoda, insegura ante él… Había llegado a quererle de verdad, como verdadera madre a lo largo de aquellos meses, casi doce ya, desde que su vida se tornara en casi color de rosa, pero no podía remediarlo, superarlo; sentirse a disgusto, insegura, ante él, por lo que no le gustaba tenerle al lado, ante ella; y sin embargo, podría decirse que era lo que más quería, más anhelaba, estar con él… Acariciarle, decirle “Hijito querido…Cariño mío… Vida…vidita mía…vidita de mamá”… Todo, todo, lo que hasta entonces no había hecho… Era una especie de dicotomía, un querer y no querer, un blanco y un negro, el Bien y el Mal, combinados en una inseparable unidad… En fin, que Eusebio se llegó hasta su madre, para decir

Mamá… ¿Piensas…piensas salir este viernes?

Ágata se quedó más cortada que si acabara de engullirse un “bocata” de cuchillas de afeitar; cualquier pregunta se esperaba de Eusebio menos esa

Pues…pues sí… Ya sabes… Suelo…suelo salir con Chelo… (Y, sin saber por qué, mintió cual bellaca) Nada de particular, ¿he?… Sólo…solo… Pues no sé… Unas copas, unas cervezas en un pub… Escuchar un poco de música… Esas cosas… Pero las dos solas, ¿he?… Sin chicos….sin hombres
Claro…claro, mamá… Ya…ya lo sé… Sé lo que hacéis Consuelo y tú cuando salís… (Ágata, al oír eso, se sintió mal, con una sensación de inquietud aparejada a una angustia horrenda… Por un momento, pensó que él lo sabía todo) Es que, ¿sabes?… Te quiero dar una sorpresa… Por el Día de la Madre… Fue el domingo pasado… Y como no estuviste aquí…

Y la mala sensación que la abrumara segundos antes despareció, sustituida al instante por otra de inmenso gozo… ¡Su hijo, su niño, se había acordado del Día de la Madre!… ¡Se había acordado de ella en tal día y ella, sin darse siquiera cuenta de lo significativo del día!. Le abrazó, le besó alborozada

¡Ay mi niño, mi hijito!… Que se ha acordado de mamá en el Día d la Madre, y mamá sin enterarse siquiera… ¿Qué sorpresa es esa?… ¿Una fiesta; quieres dar una fiesta a mamá?

Eusebio, se sonrió un tanto enigmáticamente, y repuso

Sí mamá; algo así… Una fiesta… Una fiesta privada…
¿Para los dos solos?
Sí; para los dos solamente
¿Qué planeas?… Si quieres, podemos salir a comer… Y luego, al cine…
No; no es eso… Una fiesta aquí en casa; a la noche…
Perfecto… ¿Quieres que mamá se ponga guapa?
Mamá… Tú estás guapa hasta recién levantada… Con los rulos y todo… Pero sí; ponte muy guapa… Pero que muy guapa, mamá… Muy, muy guapa…
¡Ay Dios; si hasta me está saliendo mi nene un caballero la mar de galante con su mamá!… Sí, cariño…Mi amor… Me pondré muy, muy guapa… Para mi galante caballero… Para que esté orgulloso de su mamita

Ágata volvió a abrazar, a besar, llena de cariño, de ilusión, a su “niño”. El jueves dijo a su amiga que con ella, al menos el viernes, no contara; que celebraría con su hijo el Día de la Madre… Que como “todos los santos tienen octava”, el viernes sería la del Día de la Madre, al no haberlo celebrado el anterior domingo, día oficial de la festividad, y Consuelo le deseó que se lo pasara bien… Hasta se puso un tanto melancólica por no haber sido madre, para poderlo celebrar, también ella, con su hijo, a lo que Ágata, riéndose, le respondió que lo “celebrara”, de todas formas, con sus “nenes” dieciocho añeros, recibiendo de la amiga un zapatillazo

¡Si serás cabrona!…

A carcajada limpia, acabó la “pendencia” entre ambas amigas. Llegó el jueves y Ágata, toda nerviosa, se puso a elegir la ropa que al siguiente día, el viernes de la fiesta, luciría. Estaba nerviosa cual flan; como si fuera, casi casi, su primera cita. Finalmente, se decidió por un vestido muy normalito: Desmangado, que para eso corría un mes de Mayo más cálido que menos, ceñido bastante más que holgado, hasta la cintura, escote en “V”, ni exagerada ni falta de su “sex appeal” y falda que, sin ser muy suelta, tampoco tenía nada de ceñidas estridencias, larga hasta uno, dos, dedos por encima de las rodillas. Vamos, algo que ocultaba lo necesario mostrando lo conveniente; un conjunto discreto y a la vez sexi. El tono del vestido, azul pastel y el complemento acorde, zapatos de medio tacón en beige muy clarito, sin medias. Lo metió todo en una bolsa, para con todo ello salir para el consultorio la mañana siguiente. Eusebio le había dicho que, por favor, no llegara a casa antes de las nueve y media de la noche, para que le diera tiempo a preparar bien la sorpresa…La fiesta; ella intentó, tesonera, sonsacarle en qué consistía la sorpresa, pero él se mostró inconmovible, sin soltar un ápice de prenda

La verdad es que Ágata paso mala mañana; tremendamente nerviosa, terriblemente enervada, no veía la hora de acabar su jornada laboral; una jornada más laboral que nunca, pues estaba como obrero en viernes, sin importarle un comino lo que hacía…lo que los pacientes le decían, pendiente sólo de que las manillas del reloj avanzaran. Por fin llegó la tarde… Y fue peor. Ardía sobre ascuas, mirando a cada minuto el reloj, que parecía estar parado; estaba en casa de su amiga, y a cada momento le comentaba

¡El puto reloj debe de habérseme parado!… ¡No anda!… ¿Qué hora tienes?
¡Si dejaras de mirarlo a cada segundo, verías que sí que anda!… ¡Dos minutos más que hace dos minutos, la última vez que me preguntaste los mismo!… Tranquilízate, chica; que más parece que vas a una cita con el gran semental de todos los tiempos que a verte con tu hijo…
¡Pero qué burra que serás, Chelo!…
Por cierto, nena; que tu hijo está de un bueno subido… ¿Cómo la tiene?… ¿Grande y gorda, o de “andar por casa”?
No; si cuando digo que eres una burra… ¡Y una guarra!… ¿Cómo me preguntas eso?… ¡Que es mi hijo, tía!… ¡Cómo lo voy a saber!…
Pues por eso; porque es tu hijo… Y porque está como un tren… ¡Joder; y con qué gusto que me lo “tiraba”!
¡Y, en tal caso, con qué gusto que te rebanaría el pescuezo!… ¿Querrás callarte de una puta vez?

Y Consuelo, se echó a reír con verdaderas ganas… Le hacía gracia, mucha gracia, ver su amiga así… Le encantaba ponerla así, furiosa y desconcertada… A ella le parecía que su amiga de su alma era un tanto ingenua en el fondo… La conocía bien, y sabía que bajo ese barniz de mujer dura, de loba despiadada, había una chica tierna, sensible… También muy, pero que muy caliente, tórrida más bien, que necesitaba, y daba, mucha, pero que mucha “marcha”… También sabía que Ágata había tenido muy, pero que muy mala suerte en la vida; porque, esa que era la suya, de Consuelo, errática, de hombre en hombre, de jovenzuelo en jovenzuelo, no era la de su amiga; que ella, como de verdad hubiera sido feliz, habría sido junto a un hombre, uno solo, que, de verdad la hubiera querido, y al que ella, también de verdad, quisiera…

Por fin llegó la hora, y Ágata estuvo a la puerta del portal de su casa; allí estaba Eusebio, su hijo, esperándola; besitos en las mejillas, y subieron juntos al piso en el ascensor; entraron a su vivienda y, en el recibidor, ante la puerta del salón, él le hizo a su madre una petición, cuando menos, insólita

Mamá; ¿me dejarías que te vende los ojos?

Ágata se echó a reír nerviosamente; la verdad, estaba muy, muy alterada…

Ja, ja, ja… ¡Pero qué diablillo que eres, cariño; mi amor!… Y, ¿para qué quieres vendarme los ojos?… ¡Diablillo, más que diablillo!… ¿Qué es lo que tienes preparado para “nosotros”?

Ni se dio cuenta; le salió del alma, ese “Para nosotros”, sin percatarse del sentido que tal expresión puede encerrar…significar entre un hombre y una mujer… Un “Nosotros”, que implica intimidad entre ambos… Algo que puede excluir a toda persona ajena a ellos dos mismos… A otros hijos de la mujer…a su propio marido, incluso, de existir… Además, y por otra parte, ella se sentía tremendamente rara… Exultante… Enervada… Hasta excitada… Muy, muy excitada… ¿En qué sentido, lo de excitada?… Ni lo sabía, ni lo quería saber… Sólo sabía eso, que estaba rara, enervada, excitada, anhelante incluso… Y era muy, muy, agradable lo que sentía…lo que esas cosas tan raras le producían

Es…es… Parte de la sorpresa… No sería completa, si no es así… Pero, bueno; si no quieres…

Y a Ágata le pareció compungido, un tanto frustrado, su “nene”… Le abrazó, le besó la mejilla y aceptó. Riéndose de nuevo… Cada vez más y más enervada, excitada, intrigada también… No sabía, ni era consciente de lo que todo aquello podía significar…podía conllevar… Sólo sabía que lo deseaba…que ansiaba conocer, disfrutar, de la “sorpresa” que su Eusebio había ideado para ella… Para los dos… Algo, desconocido, sí, pero que, segura estaba, les atañía a los dos por igual… A ella y a él… Y a nadie más

Anda tonto… Alegra esa cara, hombre… ¡Cómo voy a negarte nada, cariño mío; mi amor!… Y, menos hoy, que tan gentil estás siendo conmigo… Anda; ponme la dichosa venda… Y entremos al salón… ¿Es ahí donde está la sorpresa?…
Sí mamá; ahí mismo… Y gracias… Muchas gracias, mamita querida, por ser tan buena conmigo

Entraron al salón y Ágata supo que estaba en total oscuridad, pues mientras estuvieron en el recibidor, ya con los ojos vendados, de todas formas fue consciente de lo iluminado que estaba, pues aunque la venda la privara de la vista, quedaba una cierta abertura por ambos lados de la nariz, que le permitían apreciar, simplemente, la claridad ambiental, y allí no había claridad alguna que valiera. Eusebio la guiaba, tomándola de un brazo; la dejó donde estaba, más menos, imaginaba, que junto a la mesita de centro

Un momento, mamita; enseguida estoy otra vez contigo

Eusebio la dejó allí, y ella esperó; le oyó revolver algo por acá y allá y en nada lo sintió de nuevo a su lado, poniéndole algo en la mano; lo reconoció al instante, era uno de esos mando a distancia, como el de la “tele”; su hijo le puso el dedo índice sobre un botón del mando

Es un mando universal mamá, al que he conectado un montón de aparatos electrónicos; con ese botón, pulsándolo, todos se pondrán automáticamente en marcha… Es la sorpresa que te tengo preparada… Ya verás… Es increíble…
Cariño; ¿pero tú sabes de eso?
Pues claro, mamá… ¡Que soy técnico en electrónica e informática!
Hay; es verdad… ¡Qué tonta soy, cariñito mío…cariño de mamá!… Así que, pulso aquí, y todo se pone en marcha, ¿no?
Eso es, mamá… Hala; arréale ya… Te vas a quedar con la boca abierta…

E, ilusionada, Ágata pulsó el botón; al punto, una especie de barahúnda se desató en la habitación. Allí, de momento, no había quién entendiera nada; un fondo de ruidos que, al pronto, no descifró y la impresión de que la sala se iluminaba, pero de manera muy rara; en destellos cambiantes de color e intensidad… Algo, en parte, sofisticadamente mareante… El ruido de fondo se empezó a hacer audible, definido y, al punto, según descifraba esos ruidos, la sangre se le fue helando en las venas, pues esos ruidos, gemidos, jadeos, aullidos, alaridos de placer, los conocía…y más que bien… Lentamente, como un autómata, se quietó la venda de los ojos.

FIN DEL CAPÍTULO

En la Boda con mi Sobrino

Hola una vez más, mi nombre es Antonella y hoy les quiero contar como fue que cogí con mi sobrino en una boda de una tía.

Bueno, el domingo pasado se casó mi tía y pues nos tocaba organizar todo, mis papás se adelantaron porque iba a verificar que todo estuviera en perfecto orden, les dije que me arreglaba rápido para llegar allá antes de la ceremonia. Llevaba días encontrando un buen vestido, hasta que lo encontré, color negro y muy sexy.

Me dediqué a arreglar para verme lo más bonita, tanto por la fiesta y porque obvio estaría mi bebé de mi sobrino ahí, como sé que le encanta que use vestidos cortos, pues siempre lo complazco. Bueno, estaba ya por terminar de pintarme, cuando escucho la puerta, entra y era mi sobrino que cuando me vio se quedó con la boca abierta, sólo me dijo;

-Anto mi amor, pero que hermosa te ves, ¿para quién te arreglas tanto?

Y yo le respondí;

-¿Pues para quién más?, para ti mi vida.

A lo que él solo respondió sarcásticamente, ya lo sabía.

Total me esperó porque traía el carro, acabé de pintarme y nos fuimos, todo el camino iba metiéndome mano por debajo de mi vestido, al sentir que traía una tanga negra super sexy, con más razón siguió con el mete y saca con los dedos, yo ya estaba mojaba, vi cómo se le paró, yo como no suelo ser bien aventada le bajé el cierre, le saqué la verga y en todo el transcurso del camino hasta llegar a la iglesia se la fui mamando hasta que se vino, solo sentía como me agarraba la cabeza para que su verga entrara más en mi boca, para que no se me escapara ni una sola gota de su néctar. Terminé, me levanté, solo me sonrió y me dijo;

-Me encanta como me la mamas tía.

Y yo solo le dije;

-¿Es lo que te gusta, no?, pues a mí me encanta complacerte mi niño.

Se arregló el cierre y nos metimos a la iglesia.

Se casaron, todo estuvo como se planeó, de ahí nos dirigimos todos al salón de fiestas donde ya estaba todo preparado. Todos teníamos nuestras mesas apartadas, empezó primero el vals, pasaron todos, de ahí siguió la cena la cual estuvo muy rica, y después pusieron la música para que todos se pararan a bailar, yo bailé toda la noche con mi bebé pero obviamente disimulando sin estar tan pegados, ni nada, en eso le dije que iría al tocador porque necesitaba hacer mis deberes, a lo que solo me respondió que sí, que me esperaba en la mesa.

Llegué al tocador, hice mis cosas y estaba yo lavándome las manos cuando siento que unas manos me empiezan a acariciar mis pechos y mis nalgas, volteo al espejo y era mi sobrino, le dije;

-Ay Alan me espantas, estate quieto que aquí vienen seguido al baño.

Y el necio solo me dijo;

-Nadie vendrá Anto, tranquila mi amor, no cortes el momento y déjate llevar.

Y es que las caricias de él me matan, me ponen loca, me inunda una excitación que no saben, solo le recargué la cabeza y le dije;

-Date prisa que puede venir cualquier persona y nos verá.

A lo que solo me respondió;

-Calma mi amor, nadie vendrá, tu disfruta la cogida que te daré en este baño.

Sin quitarme nada, me alzó el vestido hasta la cintura, me hizo la tanga de lado y sentí como entraba su verga lenta y profundamente, el morbo de que alguien viniera me hizo excitarme más, solo escuchaba como gadeaba y aumentaba el mete y saca. Yo le decía;

-Ay bebé, sigue mi amor, no sabes lo rico que se siente, vamos bebé cógeme.

Y él con la voz agitada me dijo;

-Me encanta coger contigo Anto, eres mi tía preferida, me pones loco como vienes vestida, ¡ahh! ¡Tía!

Y es que solo a nosotros se nos ocurre cada cosa, en cualquier lugar que no medimos las consecuencias, sentir su verga entrar y salir es lo más rico, en eso sentí mi primer orgasmos, sin avisarle me vine y sólo le agarré la mano apretándosela. Ahí supo que me vine, él aceleró el mete y saca, se le hinchó bastante que me empezó a doler, pero ese dolorcito placentero, fue cuando me dijo que se vendría;

-¡Anto me vengo! ¡ahh! ¡Me vengo!

Yo ya casi gritando y tapándome la boca con la mano le dije;

-¡Yo también me volveré a venir! ¡Vente adentro y no la saques! ¡ahh! ¡Alan no la saques por favor y vente!, quiero sentir tu corrida en mí.

Fue cuando sentí como se vino como caballo, y yo igual por mi cuenta tuvo un hermoso segundo orgasmo, nos quedamos quietos porque en verdad se le hinchó la verga como no tienen una idea, si la sacaba así me iba a lastimar. Esperé que se le bajara un poco y lentamente me la fue sacando.

Me acomodé mi tanga y mi vestido, lo cual él hizo lo mismo con su pantalón, justo cuando íbamos saliendo, venían unos tíos al baño y se nos quedaron viendo, nos preguntaron que de dónde veníamos. A lo que yo le respondí que yo del baño y Alan de ir un refresco pero no supo dónde ir y me lo topé en el camino jajajajajajajaja si claro, si supieran que salíamos de cometer un gran pecado en ese baño jajajajaja

Nos dijimos a nuestros asientos y me dijo que si quería bailar, pero la verdad es que no sentía mis piernas, pero pues con tal de estar pegada con él, le dije que sí. Bailamos toda la demás noche, platicamos y reímos de lo que habíamos hecho en el baño.

Con él me la paso super bien, estoy enamorada de ese niño, y no sé si se los había dicho, pero tengo una relación formal con él. No me culpen, sucedió de la nada, por el morbo, pero al final tanta química entre los dos, pues surgió esta relación entre tía y sobrino.

Espero les haya gustado, quise contárselos antes de irme a dormir. Incestar no es tan malo cuando el deseo es de ambos, si tienen oportunidad aprovechen que vida solo hay una. Las oportunidad no se dan dos veces, yo por eso las aprovecho, aunque sigo pensando en lo que pasó con mi papá ese día, sueño que tengo sexo con él, pero prefiero no comentárselo, ni a mi sobrino, ese secreto me lo quedo yo y obviamente mi padre. Me despido mis lectores incestuosos, que tengan un fin de semana muy bonito.

Para cualquier cosa, ya saben mi correo, ahí podemos charlar y de todo lo que quieran mis amores ¡ah! Y antes que se me olvide, para todos esos que me están pidiendo una foto de mí por el Gmail, les dejo el link de una de mis fotos.

Nos vemos hasta el próximo relato mis lectores, bye.

Mi foto —–> http://i57.tinypic.com/2e2qu4k.jpg

Ayudé a mamá a que recuperara su sexualidad

Parte primera

Me llamo Ana, tengo treinta años, casada felizmente con un hombre maravilloso que me llena en todas las facetas que una mujer desea de su matrimonio; con dos preciosos hijos (niño y niña) de seis y tres años respectivamente.

Soy excesivamente fogosa sin llegar a la ninfomanía, pero si no hago el amor todos los días, mi cuerpo nota que le falta algo. Gracias a Dios, mi marido responde sin problemas a pesar de sus cuarenta y cinco años.

Pero no les voy a hablar de mí, voy a hablar de mi madre, una hermosa mujer que me dio a luz a sus dieciocho años, por lo tanto, ahora tiene 48. Y lo que más me ilusiona: que para los extraños no somos madre e hija, somos hermanas. Lo que vacilamos con esta situación cuando salíamos juntas por ahí de marcha.

Mi padre, desgraciadamente ha fallecido hace menos de un año; tenía 56 años, un cancer precoz se lo ha llevado en la flor de la vida. Mi madre no lo supera, ha caído en una profunda depresión que la está marchitando, y como no lo supere “se va” con él en poco tiempo.

Me tiene tan preocupada que estoy haciendo todo lo que está en mi mano, y el amor que le tengo para que se recupere. Pero inútil, se ha encerrado en su desgracia y dice que no tiene deseos de vivir, ya que la vida le ha quitado lo que más quería.

-Pero mamá. Le digo con ademán de enfado. ¿Es que yo y tus nietos no llenan el vació que te ha dejado papá?

-Sí, hija, ¡Cómo no me van a llenar! Pero el vació que ha dejado tu padre en mi alma y corazón no hay nadie quien lo llene.

-Pero mamá, la vida sigue, eres muy joven y no te puedes encerrar en ti misma. Va a hacer un año que ha muerto papá, y aunque me consta que va a estar en tu recuerdo eternamente, seguro que si te está viendo se enfada. Sabes de sobra lo liberal que era.

-Dame más tiempo hija, dame más tiempo, todavía siento en mi piel el contacto de las manos de tu padre.

Esta confidencia y la cara que puso al decirlo, me indicó, que, mamá necesita el contacto de un hombre, pero no es capaz de entender que con papá es imposible.

Hablé con Félix, (mi marido) después de haber hecho el amor tan apasionadamente como siempre lo hacemos.

-Me tiene preocupada mamá. Sigue encerrada en si misma con el recuerdo de papá, y me temo que va a entrar en una profunda depresión como no seamos capaces de convencerla que debe rehacer su vida.

-Lo que no me explico. Dijo Félix. -Con lo hermosa que es, y con la vitalidad de la que siempre ha hecho gala, no sea capaz de superarlo; máxime cuando me has dicho que en el aspecto sexual has salido a ella.

-Creo que mamá necesita de un hombre; ayer vi una expresión en su rostro que le delataba; le vi un deseo contenido, unas ganas terribles de follar, pero reprimidas por sus conceptos morales y religiosos.

-¿Sabes si se masturba?

-¡Ay! Pues no sé.

-Mira cariño, vamos a urdir un plan para que mamá recupere las ganas de vivir. Me sugirió Félix.

-¿Qué pretendes?

-Lo primero vigilarla.

-Me parece eso una canallada, marido. Invadir su intimidad.

-No te precipites, que mi plan no es morboso, es para conocer su estado anímico.

-¿Qué propones?

-Voy a instalar una mini cámara en su habitación, de esas que usan los espías, y veremos su comportamiento en la intimidad.

-Me parece una cerdada, marido.

-¡Quieres o no quieres ayudarla! ¿O es qué te crees que lo hago por morbo? No hija no, lo hago para ayudar a mamá, pero si no sabemos su estado psíquico interior, (el que vemos superficialmente no nos sirve) no podremos actuar en consecuencia.

-Vale, marido. Pero lo que grabemos se borra inmediatamente,

-Eso por descontado, niña. Ese material no sale de casa bajo ningún concepto.

Parte segunda

Debo aclarar, que desde la muerte de papá, mamá vive casi siempre con nosotros, porque yo le obligo; no quiero que esté sola en su casa de casi 200 metros cuadrados.

Félix, situó una mini cámara de video en un lugar inaccesible, imposible que pudiera reparar en ella. La toma era de la superficie de la cama en sentido perpendicular; es decir, desde los pies a la cabeza, y se activaba por luz, por muy tenue que fuera. Además de ser de 720X576. Máxima calidad de imagen en ese tipo de mini cámaras.

Como la tarjeta era de 35 gigas, la capacidad de grabación era de varias horas; lo que daría lugar a ver su reacción en solitario. Que es lo que hacía, y como se comportaba en su soledad.

Se acostaba sobre las doce de la noche, encendía la luz de la mesilla y solía apagarla sobre la una. Lo que sí sabíamos, que, le gustaba leer en la cama; por lo que suponíamos que esa hora la dedicaba a la lectura.

Estuvo la mini cámara ubicada en su habitación durante 15 días, tiempo que calculamos habría agotado la capacidad de grabación. Esperamos al próximo fin de semana que se iba a Valencia donde vive mi único hermano, ya que le tenía prometido ese viaje para ver a sus otros dos nietos, pues hacía tiempo que no iba. Mi hermano José Antonio no cesaba de regañarla por no ir a visitarles.

-Jolin mamá. Le decía mi hermano por teléfono. No tienes excusa para no venir. El Inter City tarda sólo tres horas, y vamos a recogerte a la estación.

Una vez dejado a mamá en la estación de Atocha el viernes de ese “finde”, nos invadía la emoción ante la visión de lo grabado, pero no exenta de preocupación; ya que aunque lo hicimos para intentar convencer a mamá de que debería rehacer su vida en vista de lo que viéramos, no dejaba de ser una putada. Si se enterara, no nos dirigiría la palabra de por vida. Pero lo que teníamos muy claro, que lo grabado sería borrado inmediatamente una vez visto por Jorge y por mí.

Nos acomodamos en el salón con dos copas y a través del HMDI de la tele nos dispusimos a ver que hacía mamá en su intimidad. Nos miramos a los ojos como se miran “los cómplices” cuando delinquen.

Paré la cámara, pues me asaltó algo que no había reparado, ¡Pero que tonta fui! Félix verá a mi madre desnuda, y eso me produjo ansiedad.

-¿Qué haces? Me dijo al ver que le daba al stop.

-Cariño, que me da “cosa” el que puedas ver a mamá “en pelotas”.

-¿Ahora me vienes con esas..? Vamos niña, no me seas mojigata. Mamá tendrá el cuerpo como todas ¡No te jode! Eso sí, con dos tetas y un culo algo más desarrollado que la media nacional.

-¡Cómo el mío! ¿verdad? Gracias por la indirecta.

-Vamos nena, no te enfades. ¿Ayudamos a mamá, o no la ayudamos?

-Venga, va.

Le di al play, y nos dispusimos a ver “la película” (presumiblemente porno).

Evidentemente Sara (así se llama la mamá) se desnudó. Pero lo que nos dejó estupefactos fue, cuando del fondo de un cajón del armario sacó un picardías color malva. Se desprendió de hasta la braga y el sujetador y quedó como vino al mundo.

Tuve el arrebato de parar la grabación, pero me di cuenta en un segundo que sería una estupidez, ya no había marcha atrás; aunque con cierta vergüenza, me dispuse a afrontar todo lo que viniera después.

Mamá se puso el picardías color malva que le dejaba al descubierto casi todo el pecho aún turgente; y la mitad de aquellos glúteos y muslos que Félix miraba con los dos ojos abiertos como platos.

Se acostó boca arriba, y se ubicó la cámara de tal forma, que se le veía el pubis y los muslos casi en un primer plano. Estaba esplendorosa, parecía una diosa recién salida del Olimpo.

Yo me sentía rara ¡Coño! que era mi madre, y una no está acostumbrada a ver a su mamá de esa guisa; y temiendo algo terriblemente fuerte. Mi marido estaba más “colorao” que un tomate, y los ojillos le brillaban.

Lo que vino después fue algo que me “heló la sangre” y a Félix le puso lívido. Mamá saco un consolador de un cajón de la mesilla de noche que parecía “la polla de un Senegalés” (No por el color, sino por el tamaño). A la vez de otro cajón de la misma, sacaba dos marcos con dos fotos, una de ellas era la de papá, la otra no se distinguía bien por la ubicación del marco en ese momento.

Colocó ambas fotos, una a su derecha y otra a su izquierda. Se abrió bien de piernas; lubrificó el dildo con una especie de crema transparente que extrajo de un tubo, y se lo metió hasta los mismísimos huevos artificiales.

Entre jadeos y suspiros, mirando a la foto de su difunto marido, y moviendo el culo y caderas de arriba abajo y de izquierda a derecha, decía con palabras entrecortadas.

-Manolo (Así se llamaba mi padre) ¿No querías verme follar con otro hombre? Ya que no te quise dar ese capricho en vida, te lo doy ahora, por si desde donde estás puedas verme.

Tomo el retrato del señor Manolo, le dio un beso y le dejó donde estaba. Se nos heló la sangre cuando tomaba el otro marco, que situándolo delante de sus ojos, le decía en su delirio a la imagen que lo contenía:

-Fóllame Félix, follame, soy todo tuya, pero antes deja que te “coma la polla”. Se sacó el consolar y empezó a lamerlo con una avidez desmedida.

-Seguro que la puta de mi hija, no te folla cómo yo. ¿A que no, Félix? ¡Cómeme el coño, cariño!

Se volvió a introducir el consolador hasta los fondos de sus entrañas con una mano, mientras con la otra besaba aquella foto de hombre guapo al que no cesaba de llamar: Félix… Félix… follame mejor que follas a mi hija.

Parte tercera

Fue tan grande la impresión recibida ante aquel descubrimiento, que a Félix y a mí nos costaba mirarnos a los ojos. Pero como ambos somos personas muy juiciosas y con sentido de la realidad de las cosas, llegamos a una conclusión dialogando.

-Mira amor. Me decía Félix. Lo que hemos visto ni tú ni yo tenemos nada que ver; todo son fantasías de mamá; y si en esas fantasías nos ha involucrado a los dos, yo te juro por mi honor, que jamás le he dado motivos para ser objeto de ellas.

-No hace falta que lo jures, marido, sé de sobra que tú jamás te has insinuado a mamá; que todo es producto de su imaginación. Y ahora lo comprendo.

-¿Qué es lo que comprendes? Cariño.

Conozco a mamá, y sé muy bien que ella es incapaz de realizar esas visiones con un extraño, con un desconocido. Tenía sospechas de que le gustas; hay miradas por muy sutiles que sean, las mujeres las captamos, y aunque en su momento no le di importancia, ahora me doy cuenta que eran miradas cargadas de deseos.

-Te juro Ana, que yo jamás me di cuenta.

-Ya lo sé, si tú no ves “tres montados en un burro”; y menos analizar las miradas femeninas.

-Porque solo tengo ojos para ti, mi amor.

Una vez repuesta de la impresión, ya fría, decidimos trazar un plan para que mamá pudiera hacer realidad sus utopías.

-¿Qué plan trazamos? Me preguntó Jorge.

-Sólo hay uno.

¿Cuál?

-Qué folles con mamá.

-¡Ehhhh!

-Cómo te lo digo. Mamá es incapaz de ligar, le costaría años y dudo que lo consiga.

-¿Ni por algún chat, podría ligar?

-Por ahí menos, se lo he propuesto cientos de veces, y dice que son ridículos.

-Pero… Sabes el peligro que tiene ese plan.

-Por mi parte ninguno. Que hagas feliz a mamá es algo que una hija desea para su madre del alma; además, todo quedará en casa. ¿Tú te la follarías?

-¡Joer Ana! ¡Qué fuerte!

-O sea, que sí.

-Bueno… Si no hay más remedio.

-Entonces.. ¿Qué propones?

-Qué tomes la iniciativa, después de lo visto, no creo que te sea muy difícil llevar a mamá a la cama. El día que tenga guardia de noche (Ana es médico) aprovecha.

Parte cuarta (Viernes siguiente por la noche)

-Ana.

-Dime, marido.

-¿Qué cuando ponernos en marcha el plan?

-¡Ahora mismo! La mamá Sara, entraba en la habitación de sus hijos con aquel picardías malva que tan cachondo puso a mi marido. Hazme un ladito Félix. Y tú Ana, vete a dormir a mi habitación.

-Pero mamá. Dijo Ana llevándose las manos a la cabeza. ¡Qué haces!

-Pues follarme a tu marido, tal cual lo has planeado.

¡Cómoooooo!

-Sí, hija sí. Félix no se percató de que la mini cámara que puso en mi habitación, al activarse se enciende un pequeño piloto rojo; que aunque muy pequeño quedó al descubierto, y por una de esas casualidades y por chiripa lo vi. -¡Qué será esto! Me pregunté.

Cuando supe lo que era, me propuse averiguar las intenciones del que puso la cámara, y como no podía ser más que Félix o tú, o los dos de mutuo acuerdo; coloqué esta pequeño micrófono inalámbrico en el cuadro que hay encima del sillón del salón en el que soléis sentaros, y desde mi habitación, he escuchado todas vuestras maquinaciones.

-Pero mamá. Dijo Félix que al ver aquel pedazo de culo, y aquellas tetas que las tenía pegadas a su boca. No negará que todo ha sido para recuperar su sexualidad que creíamos perdida.

-Gracias hijo. Mi sexualidad nunca la he perdido…

-Ya vimos ya… Cómo se lo monta con su juguete… Por cierto; ¿No lo había más gordo y más grande?

-Prefiero el tuyo, que aunque es más pequeño, es de carne. A la vez le que metía la mano en la bragueta

Miraba la escena estupefacta y no sabía que hacer.

-No te quedes así hija, que al fin y al cabo tú has sido la autora del invento. Vete a mi cuarto, y deja que con tu marido disfrute lo que desde años vengo recreando en mi soledad.

Los dejé solos; me parecía muy fuerte quedarme con ellos. Cuando me repuse de la sorpresa, juro que me entró como una especie de complacencia; ver a mi madre tan eufórica y con ganas de sexo, derribó todas mis preocupaciones con respecto a su futuro; ya que la veía tan decaída que me daba miedo.

Epílogo

Sara se pegó al cuerpo de su yerno como una lapa; su cuerpo parecía encendido debajo de aquel transparente picardías color malva. Su mano derecha asía su pene, al que meneaba de arriba abajo y viceversa.

-¡Chulo mío! ¡Mi vida! ¡Por fin! hemos conseguido follar con total libertad, y con el consentimiento de mi hija.

-¡Joder suegra!

-Por favor Félix, cuando follemos no me llames suegra, ¡Coño! que me enfrío.

-Lo siento Sara, no se me volverá a escapar. Pobre del señor Manolo… ¡Si levantara la cabeza!

-A ese, déjale donde está, que donde esté está muy bien. Y ahora “cabrón mío” échame ese par de polvos salvajes que me vienes echando todas las noches que mi hija tiene guardia de noche en el hospital.

FIN DEL RELATO

El sustituto

Cuando llegó al mostrador y preguntó por ella, Marina no pudo evitar un suspiro de alivio. Su compañero Juan tenía la espalda hecha un ocho y se pasaba más tiempo de baja que trabajando, así que las había pasado de todos los colores con los sustitutos, pero al ver a Tito, tan sonriente como siempre, no pudo evitar un suspiro de alivio.

—¡Hola a todos! ¡Acaba de llegar el prostituto! —dijo Tito a grito pelado haciendo que todos los presentes levantasen la cabeza de sus papeles.

Todo el mundo conocía a Tito. Era uno de los más veteranos y más experimentados de los trabajadores que mandaba la ETT con la que solían trabajar. Conocía la forma de trabajar de la empresa y era un tipo eficiente y trabajador, tanto que el director había dado órdenes a recursos humanos de no hacerle una oferta para un contrato fijo porque le interesaba tener un tipo como él, siempre a mano para una emergencia.

Marina se acercó a él y sonriendo le dio dos besos, sin dejar de apreciar que el muy cabrón estaba como siempre.

Tito era un hombre alto y delgado, con una boca amplia y siempre sonriente y unos ojos color miel enmarcados en unas pestañas largas, rizadas y oscuras que hacían su mirada irresistible.

Tras el saludo y las preguntas de rigor Marina recogió sus cosas, le pasó a Tito el maletín de trabajo y le guio hacia el garaje. Tenían trabajo y no tenían tiempo que perder. Como siempre Tito, sin hacer preguntas, colocó el maletín en el asiento de atrás y se puso tras el volante.

Marina se puso cómoda y le dio las primeras indicaciones. La empresa para la que trabajaban se dedicaba a la topografía en toda la península así que parte del trabajo consistía en pasar largas horas al volante, así que tener un compañero divertido y que no le importase conducir era una gran ventaja.

El trabajo de aquel día no era nada del otro mundo, tenían que medir un par de fincas para corregir errores en el catastro y así poder solventar un largo litigio familiar, pero las fincas en cuestión estaban en el quinto pino y tardaron más de dos horas en llegar al lugar. Afortunadamente encontraron un abuelete paseando por las cercanías que les indicó el sitio exacto y no tuvieron que pasar la mañana dando vueltas de un lado a otro como pollos sin cabeza.

Ante la mirada divertida de Tito, Marina se caló su aparatoso sombrero de paja y salió del coche. Eran solo las once y media de la mañana y el sol ya calcinaba aquel secarral a conciencia. Mientras Marina comenzaba a sudar bajo su vestido safari, Tito cogió uno de los aparatos haciendo bromas sobre las personas capaces de llegar a un juicio por aquellos pequeños pedazos de tierra estéril y reseca y se dirigió al otro extremo de la finca.

Trabajaron rápido, Tito se movía ágilmente entre las rocas y los arbustos secos, sin apenas esfuerzo mientras Marina apuntaba las mediciones en el ordenador y se echaba capa tras capa de protector solar sobre los brazos y la cara para proteger su delicada piel.

A la una de la tarde ya habían terminado y Tito recogió el material mientras Marina bebía de un golpe casi media botella de agua mineral.

—Veo que sigue sentándote muy bien el calor —dijo Tito mientras observaba la pálida tez de Marina ruborizada por efecto del asfixiante calor.

—Muy gracioso, —respondió ella tirando el sombrero de paja en el asiento de atrás y conectando el climatizador del coche— odio este jodido sol.

Tito sonrió, pero la conocía y no siguió con la broma, sabía perfectamente el horror que sentía por el cáncer de piel. Tenía la piel muy clara, casi lechosa y recubierta de un millón de pecas. Su abuela había muerto a consecuencia de un melanoma y ella se sometía todos los años a una revisión completa. Ya le habían quitado más de un lunar sospechoso así que jamás se exponía a los rayos del sol.

Comieron en un restaurante de carretera un menú bastante escaso y volvieron rápidamente al coche deseando llegar a casa cuanto antes.

Con el estómago razonablemente lleno Marina se acurrucó en el asiento del acompañante y durmió durante un rato. Cuando despertó solo estaban a mitad de camino. Tito conducía con una permanente sonrisa en tu cara.

—No entiendo cómo puedes estar de tan buen humor. Si yo estuviese en tu lugar me estaría tirando de los pelos. —dijo ella desperezándose.

—Bueno, es cuestión del punto de vista. Para mí el trabajo es un medio no es un fin. No tengo deudas ni grandes gastos, así que aunque no trabaje más de ocho o nueve meses al año me llega de sobra y que no se entere el jefe pero incluso lo prefiero.

—¿Y no te aburres el resto del tiempo? ¿Qué hiciste en el 2010 cuando estuvimos casi un año sin llamarte?

—Viajar, leer, visitar a los amigos y la familia, escribir…

—¿Escribes? —le interrumpió Marina curiosa.

—Sí, en realidad es lo que más me gusta y mi mejor antídoto cuando estoy aburrido o bajo de moral.

—¿Y qué tipo de cosas escribes? No te puedo imaginar sentado formal en una mesa escribiendo aplicadamente como si fueses Ken Follett.

—La verdad es que soy más como Mark Twain me llevo el portátil a la cama.

—¿Has publicado algo?

—No en el sentido que entiendes por publicar… los cuelgo en internet.

—Aun no me has dicho que tipo de cosas escribes. —le volvió a interrumpir Marina.

—No te rías pero escribo relatos eróticos.

—¿Tú? —preguntó Marina sorprendida— No te creo, ¿Por qué relatos eróticos?

—Por dos razones, primero porque me gusta y segundo porque los relatos eróticos tienen muchos más lectores en internet.

—Ah, entiendo. ¿Puedo leer algo tuyo?

—No sé… —respondió Tito haciéndose el interesante.

—Mejor, invéntate una historia conmigo como protagonista, algo fuerte, estilo Cincuenta Sombras de Grey. —le pidió Marina mordiéndose el labio excitada.

—Vale, lo haré, pero con una condición, cuando termine el cuento me tienes que dar tus bragas.

—Pides mucho, pero está bien, trato hecho.

—Bien, por donde empezamos… Ah sí.

Marina siempre estaba pensando, nunca podía dejar de pensar, ese era su defecto. Cada vez que conocía a un hombre por el que se sentía atraída empezaba a preguntarse cosas, a imaginarse tonterías y a buscar defectos en él. Hasta que llegó él con su impecable traje hecho a medida y su abrigo de pelo de camello, dispuesto a revolucionar toda su vida.

Aquella mujer llamó inmediatamente su atención no era muy alta, pero tenía una espesa melena negra y una tez tan fina y pálida que casi parecía transparente. Sus labios gruesos, pintados de rojo se curvaron en una dulce sonrisa mientras le daba la bienvenida al bufete.

—Hola, buenas tardes. Tengo cita con Fraser Goodman.

—¡Ah sí! Usted debe ser Noel Fisherman. Sígame por favor, Fraser le está esperando.

Noel asintió y dejó que la mujer se adelantase observando su trasero rotundo apretado por una falda de tweed y unas piernas esbeltas realzadas por unos interminables tacones.

Marina guio al desconocido por distintos pasillos sintiendo los ojos clavados en su culo. Sin poder evitar exhibirse, comenzó a cruzar ligeramente las piernas para contonear sus caderas mientras recitaba la típica información sobre el bufete que le daba a todos los nuevos clientes.

Le dejó en el despacho de Fraser y se volvió a la recepción sintiéndose una buscona. No sabía qué era lo que aquel hombre había desatado en ella pero no le gustaba nada. Como siempre que conocía a alguien que le gustaba comenzó a pensar, pero esta vez todos sus pensamientos se ahogaban e interrumpían en esa mandíbula cuadrada, esa sonrisa cruel y esos ojos color miel.

—Vaya, ya veo, ojos color miel… —dijo Marina.

Tito sonrió pero no replicó y continuó con su historia:

Veinte minutos después consiguió librarse de la apabullante sensación de haber estado en la proximidad de aquel hombre y pudo enfrascarse en el trabajo hasta la hora de cerrar. Justo antes de las ocho Fraser le llamó desde su despacho diciéndole que tardaría cinco minutos más en irse y que ya se encargaba él de cerrar. Contenta por poder quitarse los tacones al fin pero a la vez un poco decepcionada por no poder haber vuelto a ver al nuevo cliente, se enfundo las Nike y un ligero abrigo de punto y abandonó el bufete.

El sol se había puesto hacía un par de horas y la nieve azotó su cara haciéndole parpadear incómoda. Apretando el ligero abrigo contra su cuerpo se dirigió paso ligero a la boca del metro, deseando llegar a casa y darse un lago baño caliente.

Al llegar al andén pudo comprobar que su tren acababa de salir. Frustrada se sentó en un banco y armándose de paciencia se dispuso a esperar el siguiente convoy.

Veinte minutos después llegó el tren. No iba muy lleno, pero no había asientos libres, así que se agarró a la barra más cercana.

El tren cerró sus puertas y se puso en marcha. Marina se agarró a la barra para no caer y trató de ponerse cómoda cuando una presencia a su espalda le sorprendió. Sin atreverse a darse la vuelta se agarró a la barra deseando que el desconocido pasase de largo y cerró los ojos. Un intenso olor a perfume caro invadió sus fosas nasales recordándole a…

—Vaya que casualidad. —dijo Noel con una sonrisa.

—Ya le digo —respondió Marina—Pensé que todas las personas que se pueden permitir contratar los servicios de nuestro bufete se desplazaban en limusina.

—A veces lo hago, pero soy un tipo responsable, me gusta el transporte público, nunca sabes que te puedes encontrar. —replicó Noel poniendo su mano en la barra por encima de la cabeza de Marina y abrumándola con el aroma de su perfume.

Encogiéndose de hombros se dio la vuelta esperando que el hombre la acosase con la típica palabrería, pero simplemente se quedó a su espalda dominándola con su presencia. Marina se agarró a la barra mientras sentía el cálido aliento del hombre rozar su oreja y se maldijo por haberse quitado los tacones.

El convoy frenó con brusquedad al llegar a una nueva parada y Marina se agarró a la barra con fuerza. En ese momento el desconocido se dejó llevar por la inercia lo justo para que Marina sintiese su cuerpo firme y cálido. La mujer no pudo evitar responder al contacto con un ligero temblor.

Cuando el tren arrancó de nuevo Marina se dio la vuelta buscando aquellos ojos color miel, pero solo encontró el vacio. Buscó al hombre y lo vio mirando hacia ella desde el andén mientras el tren se alejaba.

Llegó a casa con una inexplicable sensación de hastío. Hurgó en el bolsillo del abrigo buscando las llaves y sus manos tropezaron con algo que no debía estar allí. Sorprendida saco una tarjeta de visita.

Noel Fisherman, Fisherman Corporation, consejero delegado, decía la tarjeta. Marina le dio la vuelta a la tarjeta y pudo ver que había algo escrito a bolígrafo, con una elegante letra, sin ningún signo de haber sido escrita apresuradamente:

Mañana, hotel Hilton, habitación 233, doce y media, si llegas un minuto tarde me habré ido.

Marina le dio la vuelta a la tarjeta sorprendida y sintió como un escalofrío de emoción recorría su cuerpo. Por un segundo se le pasó por la cabeza acudir, pero enseguida la lógica se impuso. No conocía a ese hombre de nada. Ni siquiera sabía por qué había acudido al bufete. Podía ser un asesino en serie un ladrón de bancos o un pervertido…

Con esos pensamientos rondándole en la mente se desnudó y se sirvió una copa de vino mientras preparaba el baño.

Seguramente le había seguido hasta el metro y había aprovechado el frenazo del convoy para meterle la tarjeta en el bolsillo del abrigo. Eso había sido demasiado —pensó Marina mientras se acariciaba el cuerpo con la esponja— ¿Quién se creía que era?

Salió de la bañera y con la toalla envolviéndole el cuerpo se calentó algo de cenar, intentó saborear la pizza, pero un inexplicable nerviosismo la invadía y se lo impedía.

Además ¿Qué pretendía citándola en una habitación de hotel? ¿Acaso creía que se iba a presentar indefensa ante un desconocido que bien podía violarla o incluso algo peor?

Intentó ver la televisión un rato pero se pasó todo el rato cambiando de canal, la tele de los viernes era una mierda.

Porque después de todo ¿Qué tenía aquel hombre? Sí, era atractivo, tenía que reconocerlo y parecía un tipo sumamente educado, pero había en su mirada algo oscuro y retorcido.

Cuando se dio cuenta tenía la mano apoyada en su pubis acariciándoselo con leves movimientos circulares. Tres minutos después estaba en la cama, revolviendo en el cajón de la mesita. Deshaciéndose de la toalla Marina cogió el consolador, su viejo compañero de soledad. Se lo metió en la boca sin dejar de acariciarse con la mano libre.

No, de ninguna manera iba a ir…

Abriendo las piernas se introdujo el dildo poco a poco mientras conectaba la función de vibración. Marina soltó un fuerte gemido al sentir el aparato vibrar en su interior y por primera vez se imaginó que era Noel el que estaba sobre ella follándosela a cara de perro.

Poco a poco la excitación fue creciendo, sentía como todo su cuerpo vibraba al ritmo del consolador cuando el aparato se apagó.

—¡Mierda! —gritó frustrada.

Ansiosa revolvió en el cajón de la mesilla buscando unas pilas sin éxito. Desesperada miró a su alrededor y con una sonrisa de triunfo se lanzó sobre el despertador destripándolo apresuradamente y sacándole las pilas para ponerlas en el vibrador.

Con un suspiro de satisfacción se acercó el aparato al sexo y recorrió la vulva con él. Todo su sexo se hinchó y palpitó placenteramente con el contacto. Tras unos segundos no pudo aguantar más y se metió el aparato profundamente el coño. Cerró los ojos disfrutando del intenso placer metiendo y sacando el vibrador de su sexo mientras se estrujaba los pechos con la mano libre gimiendo y jadeando como una perra en celo.

Rodando sobre la cama se puso a cuatro patas y mientras dejaba el dildo zumbando en su interior se palmeó el clítoris con fuerza imaginando que eran los huevos de Noel los que le golpeaban. Sintiéndose cada vez más excitada cogió el vibrador y poniéndolo a la máxima potencia se apuñaló salvajemente con él hasta que el orgasmo la obligó a arquear su cuerpo varias veces y caer derrotada sobre las sábanas en medio de fuertes gemidos.

Cuando los espasmos cesaron se estiró en la cama, insatisfecha a pesar de todo . Se le pasó por la cabeza volver a masturbarse, pero finalmente se rindió y reconoció que lo único que acabaría con su comezón sería acudir a la cita con el desconocido.

—No es justo, me estás poniendo como una salida.

—Lo siento, pero soy yo el que cuenta la historia. Si no te gusta siempre puedes poner la radio. —dijo Tito antes de continuar con la narración.

Despertó sobresaltada. Se había olvidado de poner las pilas de nuevo al despertador y eran casi las once y veinte. Teniendo en cuenta que necesitaría como mínimo treinta minutos para llegar al Hilton disponía de quince minutos para prepararse.

Salió de la cama de un salto y se dirigió al baño corriendo, sabiendo que solo tenía tiempo para lavarse la cara y orinar. Afortunadamente el no disponer de tiempo le ahorró una mañana de dudas ante el espejo. Se ajustó un conjunto de seda negro con portaligas y unas medias con una elegante costura en la parte trasera. Sin pararse a pensar se puso un cálido vestido de punto y un collar de plata y corrió al baño a maquillarse. Dos minutos después corría por el pasillo calzándose los tacones procurando no matarse en el intento.

Había parado de nevar, pero el ambiente seguía siendo extremadamente frío. Caminó con cuidado entre la nieve sucia y helada y llamó a un taxi que se estaba acercando. El taxi frenó a su lado y Marina entró con un suspiro de alivio. El conductor paquistaní le hizo un par de preguntas en pastún que Marina no se preocupó por entender limitándose a darle la dirección del hotel. El taxi comenzó a arrastrase en medio del congestionado tráfico del centro de la ciudad. Desesperada al ver como los minutos volaban sacó un billete de cincuenta pavos y agitándolo ante las narices del chofer le hizo entender que sería suyo si lograba llegar al hotel en menos de quince minutos.

A partir de ese momento el viaje se convirtió en una locura, como si hubiese sido poseído, el taxista le llevó por las calles atestadas a una velocidad endiablada cambiando de carril con brusquedad e incluso subiéndose en una ocasión a una acera para evitar un cruce congestionado.

Trece minutos después estaba ante las puertas del Hilton un poco mareada pero ilesa. Sin darse un respiro atravesó la recepción y se dirigió a los ascensores. Faltaban dos minutos cuando las puertas del ascensor se cerraron tras ella. Mientras le decía al ascensorista su destino Marina se recompuso su pelo y su ropa frente al espejo.

Con un leve carraspeo el ascensorista le insinuó que habían llegado. Salió al pasillo y llegó a la habitación 232 jadeante. Levantó la mano para llamar a la puerta pero descubrió que ya estaba abierta.

La empujó con suavidad y entró. La habitación estaba a oscuras y alargó la mano buscando el interruptor de la luz. En ese momento una mano la agarró por la muñeca y aparentemente sin esfuerzo se la puso a la espalda.

Asustada Marina intentó resistirse y salir de la habitación, pero la puerta se había cerrado e impotente notó como alguien la empujaba contra la pared y le ataba las muñecas a la espalda en la oscuridad.

Lo siguiente que se le ocurrió fue gritar pidiendo auxilio, pero el agresor con las manos libres le tapó la boca y le cubrió los ojos con un antifaz.

Marina se debatió durante un tiempo que le pareció interminable hasta que se dio cuenta de que toda resistencia era inútil.

Temblando de la cabeza a los pies Marina sintió a través del fino tejido de su vestido como unas manos exploraban su cuerpo. Tras unos segundos el desconocido que la retenía se acercó un poco más dejando que el tranquilizador aroma del perfume de Noel invadiera su nariz.

No hicieron falta más palabras y la emoción y el miedo se transformaron casi inmediatamente en excitación. Cuando un par de manos la cogieron por las muñecas y la arrastraron al centro de la habitación, ella se dejó hacer.

A continuación sintió como las manos de Noel acariciaban sus medias y resbalaban poco a poco hacia arriba recogiendo y levantando la falda de su vestido a su paso. Lentamente sintió como el hombre iba tirando hacia arriba de su vestido sacándoselo por la cabeza hasta dejarlo arrebujado en torno a su muñecas. De nuevo la presencia del hombre se diluyó y se sintió en ese momento más desnuda que nunca. Consciente de que su ropa interior casi transparente apenas cubría su intimidad.

En total oscuridad agudizó sus sentidos, no se oía ningún ruido aparte del apagado rumor del aire acondicionado que enviaba una suave brisa fresca sobre su cuerpo haciendo que se le pusiese la piel de gallina y sus pezones se erizasen.

Se mantuvo en pie, erguida con las manos a la espalda, esperando una voz o una orden que no llegaba.

Noel permanecía sentado en un sofá frente a la mujer, disfrutando, observándola como si fuese una obra de arte. Se fijo en su nariz pequeña, sus labios rojos perfectamente delineados y su pelo largo, negro y espeso derramarse por su cuello y sus hombros blancos y luminosos como la luz de la luna.

El cuerpo de Marina era rotundo, con unos pechos grandes que pugnaban por escapar del suave tejido del sujetador, un vientre liso, unas caderas anchas y unas piernas esbeltas pero un poco cortas que disimulaba con unos tacones de más de diez centímetros.

—Así que soy culona y paticorta. —dijo Marina cruzando los brazos sobre el pecho enfadada.

—También te comparo con una obra de arte… y lo digo sinceramente. —respondió Tito con una sonrisa—¿Por qué coños las mujeres siempre os quedáis con lo malo? Lo que hace bella a una mujer son sus imperfecciones, sobre todo si encajan tan bien en el conjunto como en ti.

—Continúa pelotero.

En silenció se incorporó y se acercó un poco más para poder observar la miríada de pecas y lunares que cubrían todo su cuerpo haciendo contraste con su piel extremadamente pálida. Noel no pudo contenerse más y rozó de nuevo la piel de sus costados bajando por su ombligo y terminando en su ingle acariciando la suave mata de pelo rizado que se adivinaba a través de la fina tela del tanga de Marina.

Marina no pudo evitar soltar un gemido, sentía la presencia de Noel más cerca que nunca y llevada por la excitación entreabrió los labios y ladeó un poco la cabeza invitándole a que la besara. La respuesta no tardó en llegar y notó como algo suave rozaba sus labios. Marina abrió la boca para recibir la lengua del hombre pero fueron tres dedos los que la exploraron profundamente hasta invadir su garganta.

Marina abrió los ojos bajó el antifaz sorprendida mientras trataba de contener las nauseas. Unos instantes después Noel los retiró un poco y Marina comenzó a chuparlos y lamerlos embadurnándolos con abundante saliva que rebosaba de su boca y caía entre sus pechos.

Noel apartó la mano y finalmente la besó. Marina respondió con abandono y se sobresaltó cuando los dedos húmedos de Noel se colaron bajo su tanga acariciando y penetrando su sexo húmedo e hinchado.

Llevada por su instinto comenzó a mover las caderas a la vez que forcejeaba con sus ligaduras. Deseaba colgarse de los hombros de aquel hombre, apretarse contra él, sentir su calidez, sentir su cuerpo envolviéndola.

Noel separó los labios de los suyos y comenzó a recorrer con ellos su cuerpo lamiendo y mordisqueando. Sin dejar de masturbarla bajó las copas del sujetador para poder besar sus pechos y mordisquear su pezones haciendo que el dolor y el placer se fusionasen aumentando su excitación.

Marina no se pudo contener más y soltó un largo gemido. En total silencio Noel se volvió a retirar. Marina desesperada hubiese alargado sus brazos, pero solo pudo dar unos pasos temblorosos en dirección al lugar donde creía que se había ido Noel.

Noel lo esperaba y se apartó en silenció. Cuando Marina pasó por su lado la agarró por la melena y tiró de ella violentamente hasta que la mujer tropezó contra un mueble que no llegó a distinguir. El hombre aprovechó el desconcierto de la mujer para empujar la cabeza de la joven contra la superficie del mueble obligándola a doblarse por la cintura.

Marina sintió la superficie pulida del mueble y el aroma del barniz y la madera vieja invadieron sus fosas nasales mientras Noel le arrancaba su tanga.

Noel no esperó más y la penetró a la vez que estrujaba su culo. Marina sintió como su coño se estremecía de placer mientras se dilataba para acoger el miembro grueso y caliente de su amante. Inconscientemente intentó mover los brazos para colocarse en una postura más cómoda sin darse cuenta de que aun estaba atada.

Ajeno a esto Noel la agarró por las caderas y comenzó a embestirla con movimientos rápidos y secos, penetrando profundamente y golpeando el clítoris de Marina con sus testículos y clavándole los muslos contra los bordes del mueble.

Marina recibía con un gemido cada vez más fuerte con cada nuevo empujón. Sentía como todo su cuerpo hervía de placer y deseo y no podía evitar mover las caderas acompañando las andanadas de Noel.

Estaba a punto de correrse cuando sintió como el hombre la cogía por el pelo levantándola en vilo y se corría en su interior de dos salvajes empujones.

La incómoda postura y el dolor de su cuero cabelludo no le impidieron a marina correrse al sentir el calor de la semilla de Noel inundando su coño. El hombre la mantuvo sujeta en la misma postura mientras los relámpagos de placer se extinguían y cuando creía que la iba a soltar dando por finalizada la sesión de sexo, la obligó a arrodillarse y le metió la polla en la boca.

Marina abrió la boca dócilmente y dejó que el miembro de Noel la invadiese aun recubierto por el semen y sus propios jugos orgásmicos. Sin capacidad para hacer otra cosa se limitó a chupar y lamer la polla de su amante respirando solo cuando él se lo permitía.

Tenía los ojos inundados de lágrimas y le dolía la mandíbula y la garganta de forzarlas para acoger el miembro del hombre, pero seguía sintiéndose tremendamente excitada.

Todavía atada Noel la obligó a levantarse y tras magrear su cuerpo indefenso con lujuria la empujó de nuevo. Durante un segundo se vio levantada en el aire y con alivio sintió un mullido colchón bajo su cuerpo.

Noel no estaba dispuesto a darle una tregua y enseguida sintió como su polla la perforaba de nuevo. Con la cabeza contra el colchón y el culo en pompa le agarró por las muñecas y empezó a penetrarla con fuerza. Marina disfrutaba tanto que ni siquiera se enteró cuando el dedo de él empezó a hurgar en su culo. Gemía y agitaba sus caderas como una loca. El sudor la cubría debido al esfuerzo escurriendo, goteando, haciéndole placenteras cosquillas.

Estaba a punto de correrse de nuevo cuando Noel se separó un instante para cogerse la polla y comenzar a presionar con ella la entrada de su ano. Marina gritó y contrajo el esfínter involuntariamente mientras luchaba inútilmente contra sus ligaduras. Noel no tuvo piedad y siguió presionando hasta que enterró la totalidad de su polla en el fondo de su culo.

Marina mordió las sabanas ahogando un grito de dolor. Todas sus entrañas palpitaban dolorosamente mientras su esfínter se contraía intentando expulsar aquel objeto grueso y ardiente que la asaltaba.

Tras unos dolorosos segundos notó como el brazo de Noel rodeaba su cintura y acariciaba su sexo mientras comenzaba a moverse con suavidad. Marina comenzó a respirar superficialmente lo que unido al placer que comenzaba a sentir de nuevo en su sexo le ayudó a soportar el dolor primero y a acentuar el oscuro placer que comenzaba a sentir en sus entrañas después. En cuestión de segundos el placer se intensificó hasta el punto que los quejidos se transformaron en gemidos y luego en gritos de placer descontrolado cuando se corrió de nuevo. Noel siguió aun empujando unos segundos más acariciando sus medias y sus muslos hasta que no aguanto más y separándose y dando la vuelta a Marina eyaculó sobre sus muslos.

Marina despertó un par de horas después aun atada y con el cuerpo pegajoso de sudor y fluidos, pero cuando abrió los ojos se dio cuenta de que ya no tenía puesto el antifaz y pudo ver el rostro de Noel tan perfecto como lo recordaba observarla sonriendo.

—Eres una mujer encantadora. —dijo él abriendo la boca por primera vez desde que había entrado en la suite y acariciando su pelo con ternura.

Marina no pudo evitar sentir una oleada de placer y agradecimiento y movió su cuerpo dolorido hacia su amante para besarle de nuevo…

—¿Qué tal? —preguntó Tito aunque por el silencio de su compañera ya sabía lo que sentía.

—¡Uff! Muy excitante, pero espero que no le hagas eso a tus amantes.

—En la realidad soy bastante más convencional.

Tito siguió conduciendo con aparente tranquilidad mientras Marina se revolvía incómoda en su asiento como si algo le picase.

Veinte minutos después entraban de nuevo en la ciudad. Como siempre que trabajaban juntos se dirigió a su casa para que luego Marina condujese hasta la suya, quedándose el coche de empresa.

Tito tuvo suerte y encontró un sitio para aparcar casi enfrente de su casa.

—Bueno mañana será otro día. Me encanta trabajar de nuevo contigo.—dijo ella abriendo la puerta.

—Creo que me debes algo.

—¡Ah! Sí. Claro. —respondió ella un poco avergonzada. ¿Si no te importa, podríamos hacerlo en tu casa? En plena calle me da un poco de corte.

—Por su puesto. Pasa. —dijo él abriendo la puerta.

El trayecto en el vetusto ascensor fue el más confuso e incómodo que Marina hizo en su vida. Estaba nerviosa y ansiosa, deseaba a Tito y a la vez se sentía en inferioridad de condiciones ante él, sin maquillaje y con un leve pero inconfundible olor a sudor tras un largo día de trabajo al sol y para colmo Tito parecía disfrutar de su incomodidad.

El ascensor terminó el trayecto y salió tras Tito camino de su apartamento sin poder evitar fijar la mirada en su trasero. Tras abrir la puerta la hizo pasar amablemente y se quedaron en el recibidor mirándose el uno al otro.

Deseando acabar con todo aquello allí mismo, se agachó y metiendo las manos bajo la falda de su vestido tiró de las bragas y las bajó lo más rápido que pudo. Las muy putas se enredaron con las sandalias y estuvo un par de segundos peleando con ellas hasta que consiguió quitárselas con un suspiro de alivio.

Intentando mantener un gesto digno las cogió en una mano y se las tendió a Tito notando como su cara ardía de vergüenza.

Tito las cogió el tanga húmedo y caliente de las manos de Marina y lo olfateó. Marina se ruborizó aun más consciente de el olor mezcla de sudor y sexo que despedían. Tito aspiró el aroma un segundo más y dejando caer al suelo la prenda se abalanzó sobre ella besándola.

Quiso quejarse, sin sus tacones, el maquillaje y un vestido decente se sentía vulnerable, pero aquel hombre con sus labios y su lengua le impidieron decir nada y las manos avanzando por sus costados le hicieron olvidar todo lo demás.

Sin dejar de besarla e inundar su boca con el sabor del chicle de cereza que había estado mascando buena parte de la tarde, las manos de el subieron por su flanco hasta sus brazos inmovilizándoselos por encima de la cabeza.

Tras unos segundos los labios de Tito se despegaron y comenzaron a explorar su cuello y sus hombros hasta llegar a sus axilas. Marina intentó resistirse consciente de que estaban un poco sudadas, pero él sin hacerle daño le sujetó los brazos mientras las recorría con su lengua. Pronto la vergüenza empezó a dar paso a la excitación y no fue capaz de contener un gemido de satisfacción.

Acercándose un poco más el hombre la arrinconó contra la pared dominándola con su estatura y soltándole dos botones del vestido introdujo las manos entre sus piernas. Marina se puso rígida, pero no se lo impidió dejando que con sus dedos el hombre comprobase lo caliente que estaba. El contacto de los dedos con la raja de su sexo la incendió obligándola a soltar un nuevo gemido de placer. Todas las dudas y la vergüenza se evaporaron en un instante mientras se frotaba ansiosa contra esos dedos suaves y experimentados.

Tito se separó obligándola a volver al mundo real. Con una sonrisa tranquilizadora le cogió de la mano y la guio por el pequeño apartamento hasta la habitación. Era bastante grande comparada con el resto del apartamento y estaba decorada con muebles sencillos pero con mucho gusto. En el centro una gran cama cuadrada dominaba la estancia con un cabecero de ébano labrado con motivos tribales. A ambos lados había unas sencillas mesitas y en un lateral había un gran espejo que camuflaba la entrada a un vestidor.

Marina no pudo evitar echar un vistazo a su cara arrebolada y a su pelo enmarañado. Tito se acercó por detrás y le abrazó por la cintura soltando el cinturón y desabrochando el vestido dejándola desnuda salvo por el sujetador.

Observó con desasosiego la forma en que destacaba la blancura de su tez en comparación con el cuerpo potente y moreno de él. Parecía una estatua de alabastro, fría e inanimada. El hombre le besó el hombro y le quitó el sujetador dejándola totalmente desnuda. La contempló a través del espejo, recorriendo con sus dedos las finas venas azules de su vientre y sus pechos que se transparentaban a través de la pálida piel.

Con el deseo de toda una tarde acumulado Marina entrelazó las manos con las de él y se las llevó a la rala mata de pelo negro que cubría su pubis. Tito le dejó hacer y la acompañó en sus caricias mientras pegaba su cuerpo contra ella para que fuese consciente de su erección.

Unos instantes después se dio la vuelta y desnudó a Tito admirando su cuerpo duro, con los músculos definidos y la piel suave y morena. Acercó las manos a sus ingles y mirándole a los ojos acarició su polla grande y rosada haciendo que se irguiese totalmente al sentir el calor de las manos de Marina.

—Veo que también has tenido tiempo de hacer ejercicio. —dijo ella mientras él la cogía en brazos y la depositaba en la cama.

Marina se tumbó y abrió ligeramente las piernas, pero Tito se limitó a tumbarse a su lado y a acariciar su piel pecosa.

—Me encanta tu piel, es como mirar el firmamento.

—¿Ah sí? —preguntó ella escéptica.

—Me encanta buscar las constelaciones. —dijo arañando su piel.— Aquí está la osa mayor… y Hércules —dijo uniendo los lunares con los rastros rojos que dejaban sus uñas en la delicada piel de Marina.

—Que interesante. —dijo ella sintiendo rastros de fuego allí por donde pasaban las uñas de Tito.

—Además han servido durante siglos para orientar a los navegantes. Ves, si coges la cruz del sur —dijo haciendo dos nuevos arañazos en el vientre de Marina— y prolongas cuatro veces u eje mayor llegas a…

Marina sintió un sobresalto al sentir los labios de Tito sobre su sexo. Un calor abrasador se hizo dueño de su bajo vientre extendiéndose por todo su cuerpo en una oleada de placer. Marina abrió sus piernas abriendo su sexo enrojecido y tumefacto por el deseo. Dejando que la lengua de él repasase la raja de su sexo y acariciase su clítoris y la entrada de su coño cada vez más húmedo y anhelante.

Estaba a punto de gritarle que le follase de una puñetera vez cuando Tito se colocó encima y la penetró con movimientos lentos y profundos. La polla del hombre se abrió paso en su coño colmándole de placer. Marina gimió y apoyo las manos contra sus pectorales separándole lo justo para ver como aquel instrumento de placer entraba y salía de su cuerpo una y otra vez sin descanso.

El orgasmo llegó intenso, apresurado, casi doloroso después de que aquel hombre le hubiese estado haciendo el amor todo el día por todos los medios a su alcance. Tito acompañó los estremecimientos y agónicos jadeos de ella con movimientos lentos y circulares de su polla prolongando su placer.

Con las últimas oleadas de placer Tito la levantó y la puso de pie frente al espejo poniéndose de nuevo a sus espaldas. La cogió por las caderas y volvió a penetrarla de nuevo. Marina apoyó sus manos contra el espejo y separó las piernas mientras Tito la penetraba con fuerza obligándola a ponerse de puntillas para no perder contacto con el suelo.

En un minuto estaba gimiendo y jadeando, sorprendida de estar de nuevo excitada y avergonzándose de su avidez. Con un nuevo impulso la empujó contra el espejo. Marina se sintió aprisionada entre el frío del espejo y el calor de Tito que la follaba cada vez con más intensidad hincando los dedos en su culo y sus muslos.

Tito no pudo aguantar más y con un último empujón que la levantó en vilo descargó su leche ardiente dentro de ella. Tras unos segundos Marina se separó con el semen corriendo por el interior de sus muslos pero aun sedienta de sexo.

Cogiéndole la polla le obligó a sentarse en la cama y arrodillándose se la metió en la boca, chupándola y lamiéndola mientras él gemía y acariciaba su negra melena. Poco a poco la polla de Tito volvió a estar dura como una piedra. Con un último lametazo se incorporó y se sentó sobre él, restregando su sexo a la vez que le golpeaba la cara con los pechos.

Un segundo después tenía de nuevo el miembro de Tito dentro de ella. Abandonándose al placer se colgó de su cuello y comenzó a subir y bajar sus caderas tan rápido como podía disfrutando de la sensación de sentirse empalada por el miembro del hombre a la vez que él acariciaba su culo estrujaba sus pechos y los chupaba y mordisqueaba con fuerza.

La cabeza le daba vueltas cuando Tito la cogió en el aire y agarrándola por las caderas siguió penetrándola como un poseído hasta correrse de nuevo en su interior. Esta vez el calor de la semilla de su amante fue el detonante para un nuevo y brutal orgasmo. Paralizada por el placer sus brazos se soltaron del cuello de Tito dejando que su cuerpo se cayese hacia atrás mientras Tito, sujetándola por la cintura descargaba en su interior los últimos restos de su corrida.

Tras unos segundos se separaron y se tumbaron en la cama exhaustos. Dormitaron un buen rato abrazados hasta que Marina se levantó y comenzó a vestirse. Se sentía cansada y satisfecha pero a la vez no sabía que decir a aquel hombre.

Tito se despertó y poniendo las manos bajo la cabeza la observó vestirse con una sonrisa en los labios.

No sabía muy bien qué decir ni qué hacer, finalmente se puso las sandalias y se acercó para darle un beso rápido intentando ignorar la cara divertida de Tito.

—Mañana paso a buscarte a las siete y media.

—De acuerdo, pero no te olvides de que las bragas son mías. Ni se te ocurra llevártelas. —replicó Tito riendo.

FIN

Akelarre en Carnaval

El carnaval de Sitges es uno de los más divertidos del país. Eso lo saben miles y miles de catalanes y de gentes de toda España, sur de Francia y de mucho más lejos.

Y lo sabía muy bien Montse, una madurita barcelonesa que estaba revisando las posibilidades de festejos y desmadres varios que podía ofrecer a su alicaída amiga Núria, una bella, atractiva y sexy manresana que había caído en profunda depresión después de su divorcio, acontecido tres meses antes. Montse y Laia, otra amiga egarense (es decir, de Terrassa) se desvivían por animar a la manresana para que recuperara su apego a la vida.

El hecho de no tener hijos parecía muy favorable para que Núria encontrara un nuevo amor, una nueva ilusión, pero las cosas no iban en esa dirección precisamente. Sumida en los más oscuros pensamientos, la divorciada pasaba las noches en blanco y los días en negro, porque negros eran sus pensamientos, su humor, su estado de ánimo.

Núria había adquirido, tras diez años de matrimonio, la sana costumbre de fornicar con su marido, Oriol día sí, día también. Así tenía “ben regat l’hortet”, como solía ella comentar presumida con sus dos antiguas compañeras de la Uni. Hasta que descubrió que Oriol hacía horas extras de jardinería en el “huertecito” de Vilma, una dominicana veinteañera que vendía caramelos en una tienda próxima a la oficina del jardinero infiel. Divorcio fulminante y mudanza de Oriol a un nuevo piso en el otro extremo de Manresa, compartido ahora con la potente mulata que se adueñó así de toda la laboriosa actividad del abogado especializado en la propiedad rústica. Entre tanto, Núria se conformaba con procurarse consuelo con sus deditos, pobre imitación de la potente butifarra de su ex.

Montse marcó el teléfono móvil de Laia y le expuso su idea: Llevarse a Núria a la cabalgata del carnaval de Sitges. Para animarla más, había la posibilidad de disfrazarse las tres. De algo divertido. Ratitas, superheroínas, hadas,.. o brujas. Si, de brujas iba a ser genial. Laia trabajaba en una productora audio visual y tenía relación con algunas empresas de alquiler de ropa y atrezo, así que la idea le pareció perfecta. Sólo faltaba convencer a la compungida y ésta fue la parte más difícil del plan. Hicieron falta más de cincuenta minutos de conversación telefónica, fraccionados en tres llamadas a lo largo de la semana, para que Núria diera su brazo a torcer.

El domingo por la tarde las tres amigas se encontraron en la plaza de Catalunya, donde llegaban los trenes de la línea de Sabadell y de Manresa y donde acudió Montse con su Toyota a recoger a Núria y a Laia. Enfilaron la autopista del Garraf con un ánimo alegre y divertido. Núria no reía con mucha convicción, pero tampoco parecía tan depresiva como de costumbre.

Los vestidos viajaban en el maletero. Laia tenía un amigo en Sitges y éste les había ofrecido su piso para cambiarse. Dejaron el Toyota a las afueras. Era difícil aparcar en el centro en un día como aquel. Cargadas con las bolsas llegaron a la playa de San Sebastián, donde Romualdo, el amigo de Laia ya las esperaba sentado en un banco. Era un gay apuesto y delgado, con el pelo cortísimo, bigotito y barba recortados y una expresión permanente de agradable sorpresa. Era maquillador y estuvo encantado de ayudar a las tres amigas a caracterizarse como tres apuestas brujitas. Él, por su parte, se enfundó un vestido de época rococó lleno de botones, lazos y rematado con una blanca y sedosa peluca.

En el pequeño apartamento de Romu las tres amigas se desnudaron entre risas para ponerse los vestidos de bruja. Montse era la más gordita de las tres y estaba un poco preocupada por cómo le caería el hábito morado y la capa del disfraz. El sujetador asomaba por el escote estropeando el efecto del vestido, así que se planteó prescindir de él. Laia y Núria alabaron las preciosas tetas de su amiga, voluminosas y firmes y la animaron a mostrarlas generosamente a través del escote. “Tot és permés aquesta nit”, decía ilusionado Romualdo.

Núria era bastante más delgada aunque sus pechos no estaban nada mal tampoco. Rubia natural y la más alta, la tristeza de los últimos meses no había hecho apagarse la belleza de sus ojos verde esmeralda ni había marchitado la firmeza de sus nalgas y su vientre.

Laia no era muy alta, ni sus pechos llamaban la atención, pero ninguna podía competir con su belleza. Morena, con ojos negros rasgados, aunque algo miopes, y labios rojos y sensuales era un tipo mediterráneo auténtico. Esto comportaba también que fuera la más peluda de las tres, aunque ella había domesticado el vello con ayuda de la luz pulsada y un montón de cremas. Entre sus ingles una mata negra y espesa invadía muslos y vientre con el consentimiento del marido de Laia que había desarrollado una gran afición a su pelo púbico en los quince años que llevaban juntos.

Laia y Montse sí que eran madres de dos y tres preciosos niños y niñas respectivamente, pero aquella noche serían sus maridos los que se ocuparían de sus hijitos estimados mientras ellas hacían pasar un buen rato a su amiga del alma, rodeadas de gentes de todas partes, disfrazadas de todas las cosas imaginables.

Después de consumir unos cortes de pizza y unas estrellas, se instalaron en una calle estrecha apoyadas en la pared a esperar el paso del desfile. Romu no paraba de saludar y dar besos a diestro y siniestro a la legión de homosexuales que pueblan Sitges todo el año, pero aún más en estas fechas tan señaladas. Al fin se separó de ellas arrastrado de las manos por dos maduritos franceses vestidos de forma similar a él.

Las cervezas iban haciendo efecto y las tres amigas reían y bailaban al son de la música de las lucidas comparsas de sitgetanos y sitgetanas ligeritos de ropa, que ataviados con los disfraces más disparatados y sugerentes, consumían ingentes cantidades de alcohol mezclado con zumos y refrescos. Una carroza de vikingos y vikingas se detuvo unos minutos delante de ellas y un cornudo caballero les ofreció un trago de vodka con limón que fluía por un tubito de plástico desde un inmenso depósito disimulado en la base del escenario de la carroza.

Impresionados por la belleza de las brujas, los supuestos normandos empezaron a intimar con ellas hasta que un par de valkirias los llamaron al orden y la carroza reemprendió la ruta para desconsuelo de las tres amigas, que pronto se animaron de nuevo con la presencia de una horda de antropófagos adictos a la sangría de cava que las rodearon con intención de devorarlas sin dejar de pasarse entre ellos unos pequeños porrones de plástico. El más osado o borracho de la colla regó audazmente el escote de Montse, que se estremeció de frío mientras sus pezones se ponían tiesos como la embocadura del porrón hasta casi perforar la ajustada tela del disfraz. Tras algunos tocamientos y magreos, la banda de salvajes continuó su camino dejando a las tres amigas mojaditas por arriba y por abajo.

Después de nueve carrozas, las chicas decidieron tomar un poco el aire, antes de que los vapores alcohólicos las afectaran negativamente. Así se movieron hacia el paseo marítimo, atestado de gente pero despejado por la zona de la playa, donde pudieron retirarse un rato a descansar de tantas emociones.

Sentadas en la arena, advirtieron la presencia de un hombre sentado sólo en el espigón próximo. Iba disfrazado de algo indefinido, entre vampiro y demonio, con un esmoquin negro de muy buen corte, una capa negra también pero con el forro rojo y una melena oscura peinada hacia atrás que le daba un aire leonino. Su rostro maquillado de blanco, no permitía adivinar su edad. Entre los treinta y los cincuenta. Cuando se puso de pie, las tres amigas entonaron al unísono una exclamación de sorpresa y agrado. Era un hombre alto y con un porte majestuoso. Toda una aparición a las dos de la madrugada en una playa bañada por la luna y con las músicas carnavalescas de telón de fondo a cincuenta metros de distancia.

El individuo caminó en dirección a las tres mujeres provocando algunos codazos y risitas nerviosas. Se paró ante ellas estudiándolas con ojos negros y calientes como el carbón. Habló en español pero con un acento extranjero indefinible, ¿ruso, alemán, noruego?

– Perdonad, pero he de hacer pregunta. ¿Sabéis dónde coger un taxi en pueblo?

Su voz era profunda y hablaba despacio, como midiendo las palabras y el efecto que producían al ser escuchadas.

– No somos de aquí tampoco, dijo Laia agitando su negra cabellera, pero no creo que puedas conseguir transporte hasta que no pase todo el desfile.

– Bien, el hombre se sentó ágilmente delante de las tres amigas en un gesto muy natural. Entonces esperaré.

– ¿Vives aquí en Sitges? Se interesó Montse echando atrás su capote y dejando a la vista sus húmedas tetas pegadas a la tela remojada.

– No. El desconocido no pareció hacer caso de la espléndida visión que se le ofrecía. En urbanización allí arriba. Señalo hacia la montaña próxima, tapada por la silueta de la iglesia. ¿Y vosotras vives aquí?

Siguieron charlando un rato aunque Núria se mantuvo un poco al margen con aire nostálgico. Laia le susurró al oído una admonición. Por Dios, con un tío tan guapo e interesante, cómo podía no hacer caso. Si estaban allí era por ella. Tras unas cuantas frases corteses, el hombre se levantó con la presteza de un felino y se despidió de ellas. Echó a andar y al pasar al lado de Núria se inclinó y le dijo algo al oído. Luego siguió su camino con sus andares elásticos y elegantes.

Las otras dos se precipitaron a interrogar a la afortunada. ¿Qué le había dicho el tío aquel? Núria estaba estupefacta y no podía articular muy bien, pero les explicó que había dicho algo así como que “Hay bellezas que tristeza multiplica”. Oh! Qué cosa tan romántica! Y la animaron a seguir sus pasos y volver a entablar conversación con él, así que las tres salieron a escape en dirección al pueblo.

Claro que allí era imposible distinguir nada. Pasaron una hora mirando las carrozas y buscando al desconocido, hasta que cansadas como burras decidieron ir a sentarse en algún bar y comer alguna cosa para amortiguar los efectos de la explosiva mezcla que bullía en sus vientres amenazadora.

Encontraron un tugurio más o menos decente y se sentaron en una mesa a comer patatas fritas y ganchitos de queso. El local estaba lleno y tuvieron que hacer cola para entrar al lavabo. Sentadas de nuevo, empezaron a cuchichear a gritos sobre el apuesto desconocido. De pronto Montse, que estaba sentada de cara a la puerta del local, abrió los ojos como platos y señaló hacia la entrada. Allí estaba el tipo, con su capa, su melena, su cara pálida y sus ojos profundos. No pareció verlas y se acercó a la barra a pedir una cerveza. Las amigas se miraron alucinadas. ¡Vaya casualidad! Con lo grande que era aquello y con tanta gente…

Iba Montse a levantarse para saludarlo cuando una gótica vampira adolescente se acercó con ebriedad manifiesta al hombre y empezó a estirarle de la capa ofreciéndole un porro a medio consumir tratándole de colega. Él sin embargo no lo aceptó. Dio un sorbo a la cerveza y se giró en dirección al mostrador. La chica le obsequió con un insulto y dos mozalbetes más, vestidos con gruesas botas y cazadoras negras se acercaron a interesarse por la actitud del recién llegado que parecía tratar con desprecio a su coleguita borracha. Hubo un intercambio de palabras breve y uno de los mozos empujó con violencia al de la capa que fue a caer sobre el otro que hizo ademán de sujetarlo.

Las tres amigas no se perdían detalle y lanzaron exclamaciones de alarma y espanto al observar la agresión. Pero aún se espantaron más por lo que ocurrió a continuación. El hombre, atrapado por la espalda por el muchachote, lanzó una rápida y elegante patada que impactó en el centro de los testículos del primer agresor, pisó con el mismo pie al segundo, que le dejó ir con un gemido y se derrumbó manando sangre por la nariz cuando la cabeza del forastero le golpeó en plena cara. Chilló la vampira porrera que se vino con el vaso amenazadora hacia el de la capa, pero éste se apartó hábilmente y lanzó el contenido de su jarra por encima de la cabeza de la muchacha. El líquido helado la dejó tiritando y gimiendo entre sus dos compinches. Sin más el caballero dejó un billete de cinco euros sobre la barra e inició una rápida salida.

Ahora las chicas sí que actuaron con reflejos y se precipitaron tras él con presteza.

Laia actuó como portavoz de las tres y preguntó al tipo si estaba bien. Él la miró con suficiencia y contestó que por supuesto que sí. Sin saber cómo continuar, ofreció al forastero acompañarlo a su casa en el coche de Montse , si quería dar un paseo hasta el campo de rugby, al lado del cual habían aparcado.

Aceptó gustoso con una leve sonrisa. Presionado para dar su nombre cuando ellas se presentaron, dijo llamarse Ángel, bueno, se llamaba de alguna manera que se podía traducir por Ángel en español. Sobre su origen, no hubo forma de sacar nada en claro ya que mencionó provincias y regiones remotas que no supieron ellas circunscribir a algún estado conocido. Por fin Núria se ubicó al lado del sujeto y le dio conversación. Él la miró con algo más de interés y la atrajo hacia sí diciéndole al oído alguna galantería. Montse y Laia se regodearon en su triunfo. ¡Vaya suerte! Un ligue perfecto para disipar las penas.

Por fin subieron al auto y, después de mil vueltas y vericuetos, llegaron a la mansión, que eso era y no chalé o torre, donde residía Ángel.

La casa tenía tres pisos, un amplio jardín y una vista imponente sobre el mar cercano. Mientras aparcaban, Montse comentó con Laia que era mejor no dejar sola a Núria con el supuesto ligue, ya que era casi un desconocido y no se podían fiar de sus intenciones respecto a su amiga. A la cortejada le daba igual en ese momento, ya que estaba alelada mirando y oyendo al hombre de la capa negra y la melena al viento.

Una mujer menuda y nerviosa, de unos cincuenta años, con el pelo cobrizo muy corto y unos enormes aros como pendientes les abrió. No pareció extrañada de que su invitado se presentase acompañado. Recogió la capa del hombre con ademanes de respeto y les hizo pasar a todos al gran salón de la planta baja de la casa. Era una estancia enorme, de techos altos, ya que ocupaba parte del primer piso, y con una escalera y un pasillo corrido que daba a las habitaciones superiores. Las paredes, pintadas de color café con leche, aparecían cuajadas de cuadros, reproducciones, posters y litografías diversas. Hasta diez bellas esculturas se alineaban cerca de los muros. Todas las obras reproducían motivos eróticos de la historia universal del arte. Algunas eran originales de autores contemporáneos, sin duda de gran valor. Escenas de las pinturas negras de Goya ocupaban lugar preeminente bajo la escalera, alrededor de una reproducción a la mitad de tamaño del original del “Éxtasis de Santa Teresa” de Bernini.

Las tres amigas se libraron de sus capas y pasearon embobadas por el salón, deleitándose con tan ecléctica colección. Aunque eran mujeres cultas y podían apreciar la calidad de las obras expuestas, también notaron las tres cómo sus pezones se ponían duros y sus braguitas chapoteaban levemente ante las temáticas tratadas en aquellas imágenes, que iban desde un retrato de un hombre exhibiendo obscenamente sus genitales en “Pintor y modelo”, de Lucian Freud, hasta la impúdica “Danae y la lluvia de oro” de Tiziano.

Se acercó a ellas la que parecía dueña de la casa, la señora del pelo cobrizo, que se presentó como Hortensia y dijo ser, efectivamente, quien residía habitualmente allí.

Sonó la campanilla y una sirvienta de aspecto asiático con un uniforme tipo kimono y que caminaba descalza sobre el parqué, se apresuró a abrir. Era una joven muy atractiva aunque de formas menudas. La puerta se abrió de nuevo para acoger a dos mujeres evidentemente extranjeras. Norteamericanas, se advirtió enseguida por su acento, tejanas para ser más exactos. Conversaron fluidamente en inglés con Ángel, mostrando gran respeto y simpatía, lo que aumentó la curiosidad de las tres catalanas sobre la identidad del caballero. Las recién llegadas eran rubias y gorditas, algo mayores que las tres amigas y vestían con suntuosidad ropas y zapatos de precios prohibitivos, sin que por esto se atisbara en ellas rastro alguno de elegancia. Sus ademanes eran rústicos y poco refinados, sin embargo fueron muy amables presentándose a las tres catalanas y alabando sus disfraces de brujas. “Very appropriate” sentenció la más alta que atendía por Carolyn y se rieron las dos como dos chiquillas traviesas.

En los minutos siguientes continuó sonando la campanilla y la criadita tuvo que afanarse en ir recibiendo a todas las invitadas. Sí, todas. No había ningún hombre allí, excepto el apuesto Ángel que iba de corro en corro repartiendo galanterías y caídas de ojos, sin que a ninguna pareciera importarle tener que compartir las atenciones del galán.

Finalmente se cerró, con trece asistentes, el cupo de participantes en la reunión. La última en llegar fue una negra africana, más oscura que la capas de bruja de los disfraces. Impresionaba por su altura y su volumen corporal. Cada pecho debía pesar tres kilos, por lo menos y el trasero excedía cualquier unidad de medida al uso. Su traje ajustado de vivos colores hacía su presencia todavía más impactante. El resto eran mujeres corrientes, entre los treinta y los cincuenta, mayormente españolas y alguna francesa e italiana.

Hortensia hizo palmas para llamar la atención de todas y comunicó en tres idiomas que la sesión iba a empezar. La sirvienta reapareció acompañada de una especie de gemela un poquito más entrada en carnes, pero con idéntico uniforme y ausencia de calzado. Entre las dos empezaron a encender gruesos velones y fueron apagando las luces, hasta que la semipenumbra reinó en el salón.

Laia, amante de las cosas esotéricas, estaba en su salsa. Sus dos compañeras, algo menos entusiasmadas, le seguían la corriente. Volvieron a salir las dos chinitas, que vistas de cerca eran evidentemente filipinas, empujando un enorme carro de servicio, sobre el que trasportaban una gigantesca jarra para ponche llena de un líquido ambarino muy aromático.

A instancias de Hortensia, las mujeres se descalzaron y se quitaron las ropas más molestas, para acercarse y unir sus manos formando un corro sardanista alrededor del bebedizo. La misma Hortensia tomó un largo bastón encendido y lo acercó a la superficie del líquido, que se inflamó de inmediato con una llamarada anaranjada que sobrecogió a las mujeres. Aquella luz rojiza las iluminaba desde abajo, dando un aire siniestro a la reunión. Empezaron a moverse en círculo de derecha a izquierda, mientras Hortensia entonaba una salmodia monótona y lúgubre en un idioma desconocido.

El fuego menguó hasta extinguirse quedando iluminada la sala únicamente por los cirios. Las sirvientas trajeron tazas para todas las mujeres y repartieron la bebida servida con dos largos cucharones. Bebieron todas a la vez y de un trago apuraron más de la mitad de la ración. Era dulce y deliciosa, aunque al final la boca parecía amargar y un picor intenso penetraba garganta abajo saturando los pulmones, acariciando los senos y deslizándose por el vientre hasta concentrarse entre los muslos.

Con grandes risas, Hortensia y la negra floreada empezaron a desnudarse por completo, siendo imitadas enseguida por las otras asistentes. Laia no vaciló en hacer lo mismo, presa de gran excitación y Núria y Montse le siguieron la corriente. Un misterioso rito se estaba ejecutando allí y parecía conveniente seguir las reglas de la casa, o como diría mi abuela “adonde fueres haz lo que vieres”. Una música rítmica de bongos o timbales se dejó oír sordamente para ir in crescendo después.

Sin bragas ni sujetadores, parecía que Rubens, Velázquez, Boticcelli, Milo Manara i diez artistas más se hubieran puesto de acuerdo para exhibir a sus modelos en un mismo cuadro, que era el que componían aquellas bacantes que bailaban y bebían, riendo y empujándose amistosamente por todo el salón. Las dos chinitas, perdón, filipinas, se habían apuntado al festín con sus bellísimos y estilizados cuerpecitos completamente depilados contorsionándose entre la montaña de carne oscura que era la africana y las dos cochinillas tejanas, que lucían unos grandes y rosados pezones sobre sus rotundas mamas y las piernas sin depilar cubiertas de un vello dorado.

Las catalanas bailaban a ritmo de discoteca, con poca gracia pero con entusiasmo, sobre todo Laia, que tocaba el suelo con su negra melena cada vez que se inclinaba.

Una música de órgano llenó de pronto la estancia, sustituyendo la percusión. Se detuvo la danza y todos los rostros se giraron hacia el fondo del salón. Ángel avanzaba hacia el grupo con la elegancia habitual en él, contoneando las caderas levemente y haciendo bailar entre sus piernas un pene de dimensiones infrecuentes. Aún más llamaba la atención la mata de vello negro que cubría sus piernas, como las de un animal, subiendo hasta el vientre y el pecho, en contraste con su bello rostro lampiño y sus brazos blancos y fibrosos.

La negra avanzó hacia él como polilla atraída por la llama. Cayó de rodillas y tomó el prodigioso falo entre las manos, dirigiéndolo así hacia sus labios y su lengua, que se afanaron a embadurnar la enorme superficie de saliva. Trabajaba con auténtico frenesí, como si le fuera la vida en ello y pronto consiguió, amén de remojar el miembro, que éste se elevara como en un número de magia hasta apuntar al frente.

A pesar de la bebida y de la excitación del momento, Núria retrocedió a la vista de los acontecimientos, pero una mano amiga la retuvo acariciando sus nalgas y adentrándose entre sus piernas por detrás. Sintió unos dedos que manoseaban su vagina húmeda y un aliento cálido en el cuello. Después alguien tomó sus pezones y empezó a morderlos con amorosa saña. Bajando de la nube, reconoció Núria a las dos filipinas que, a instancias de la dueña de la casa, se habían acercado a ella para hacerle más placentera la visita.

Montse i Laia miraban la escena estupefactas, cuando notaron cómo sendas lenguas se aventuraban entre sus glúteos hasta alcanzar los ocultos anos, y dos pares de manos las ceñían por las caderas para acariciar sus vulvas. Antes de poder reaccionar, las dos tejanas les vinieron al encuentro de frente y frotaron sus enormes tetas contra las más modestas de las dos amigas, apabullándolas con unos besos profundos y húmedos que hicieron fundirse las lenguas y la resistencia de las catalanas.

Un bramido desgarrador hizo que se detuviera la recién iniciada orgía. La negrita puesta de cuatro patas, con sus enormes mamas bailando al son que tocaba Ángel, acababa de recibir de golpe en su recto el obsequio de más de la mitad de la polla de éste. A pesar de su motivación, era evidente que estaba sufriendo horrores la pobre. Empezó a negar con la cabeza y a gritar algo incomprensible, en swahili sin duda, pero no le valió la Casa Santa, porque Ángel ya la había fijado bien contra un rincón y, sin ninguna misericordia, fue metiendo y sacando su fantástico instrumento cada vez más hondo, hasta que desapareció, engullido por las tripas de la gorda que ya no tenía fuerzas ni para gritar y lloraba amargamente con la cara entre las manos. Ángel removió velozmente las caderas y anunció con un rugido de león su orgasmo. Durante casi un minuto, las nalgas de la negra parecieron dilatarse al paso de la leche del sátiro. Cuando extrajo su pene medio tieso, diríase que una serpiente surgía del fondo de un pozo. Un chorro de líquido blanco y espeso con grandes manchas rosadas, resbaló entre los muslos ebúrneos de la pobre mujer que yacía medio inconsciente sobre el piso, aunque reflejando su rostro una expresión de infinita felicidad.

Como si nada hubiera pasado, Ángel se ofreció con su tranca inmensa en plena extensión a la concurrencia. Las filipinas se sintieron obligadas a limpiarla utilizando unas servilletas de papel que había sobre el carrito. De rodillas ante él acariciaron delicadamente el miembro hasta dejarlo bien seco. Con firmeza, Ángel tomó las cabecitas por los pelos y las encajó sobre su polla, haciendo que las muchachas la besaran y morrearan a conciencia. Una de las tejanas se acercó provocativa, abriendo las piernas y tumbándose en un sofá delante del tío, que no se lo pensó dos veces, apartó a las asiáticas y se abalanzó sobre la nueva presa largando una embestida que vino a enterrar su pene en la enorme vulva, que no pudo contenerlo como era de esperar. Empezó él a apretar y taladrar, intentando el objetivo imposible de aplastar los huevos contra las nalgas de la mujer. La otra yanqui se afanó a remover las pétreas y peludas nalgas del penetrador y obsequió con una larga y profunda lamida su grieta mientras masajeaba sus cojones con gran energía. La nueva descarga no se hizo esperar, entre aullidos de la afortunada y un rugido sordo que emitía el hombre al correrse.

Para entonces, Laia y Montse habían intimado lo suyo con la italiana y la francesa. No se podían imaginar aquella vertiente lésbica de su sexualidad, pero podía ser una de aquellas cosas que pasan una vez en la vida y después cuesta recordar si fue real o lo soñamos. El caso es que fueron repasando todo el repertorio al uso, empezando por el 69 y terminando con la tijera.

Núria, huérfana de las dos asiáticas se masturbaba a conciencia recostada en un sillón. ¡Por todos los demonios, tenía que conseguir que aquel monstruo se fijara en ella antes de agotar sus reservas seminales! Y eso iba a pasar pronto, porque ya había agarrado por las axilas a la tal Carolyn, levantándola hasta la altura conveniente y hundiendo su insaciable polla en el fondo del rubio coñito tejano mientras sus labios y su lengua se afanaban a succionar y lamer los apetitosos meloncitos.

Las corridas de Ángel no declinaban en potencia y abundancia, al revés, parecía que su vigor y el volumen de semen vertido se incrementaban a cada nuevo asalto.

Al fin se fijó en la ofrecida Núria y se inclinó entre sus piernas obsequiándola con una profunda comida de coño que la llevó al éxtasis. Al fin apunto su incansable polla en la dirección adecuada y se abrió paso entre un mar de fluidos calientes. Núria sintió que se partía en dos, que su útero se ensanchaba y sus intestinos se estrujaban, mientras la vejiga, exprimida por aquel volumen de carne, expulsaba pequeños chorros de orina que empapaban los testículos del macho.

No parecía posible que aquello se alargara ni un minuto más. La polla enhiesta de Ángel desafiaba la física, la química y el sentido común. Y los efectos de la queimada parecían no agotarse nunca, desinhibiendo a las participantes de la fiesta hasta extremos insospechados por ellas. El torbellino de sensaciones se aceleró hasta el vértigo y nuestras tres amigas ya no parecían ser conscientes de nada. Como en un sueño Montse y Laia sintieron sus coños ocupados, bombeados, lamidos y extenuados y no supieron cómo lograron llegar hasta el coche y bajar de nuevo hasta Sitges, que presentaba un aspecto desolado e inhóspito tras la terrible Rua de la Disbauxa.

No sabían qué había pasado con Núria. En un momento dado, el súcubo se eclipsó de la reunión y fue entonces cuando notaron la ausencia de su amiga. Sin fuerzas para investigar y confiando en el buen juicio de la chica decidieron retirarse a descansar y volver a buscarla al día siguiente.

En el piso de Romualdo reinaba el desorden y la promiscuidad. Robespierre dormía abrazado a un pirata del caribe y María Antonieta mostraba sus hinchados testículos y la enrojecida polla mientras un hercúleo verdugo dormitaba abrazado a sus nalgas. Las amigas localizaron un cuartito libre y se derrumbaron literalmente sobre un pringoso colchón.

Al día siguiente tomaron el coche que, mal aparcado, había recibido una multa bien gorda por cortesía del municipio y subieron hacia la mansión. Aquello sí que parecía cosa de brujas. Vueltas y vueltas y no hubo manera de localizar la dichosa casa. El móvil no contestaba y se hacía tarde. Con gran dolor de su corazón iniciaron el regreso, esperando tener noticias al día siguiente.

Pero no fue así. Pasó el día y la semana y nadie, nadie, pudo dar razón del paradero de Núria. Por razones evidentes, las amigas se guardaron mucho de ir a denunciar los hechos a la comisaria de los “Mossos d’esquadra”.

El fin de semana se alargaron hasta Manresa para indagar, pero nada sacaron en claro de sus pesquisas. Sin embargo parecía que Nuria sí que daba alguna señal de vida, ya que un compañero de trabajo pudo explicarles que el martes habían recibido una llamada que avisaba de la indisposición de la mujer. Una conocida de la Caixa que vivía cerca del piso pudo decir que Núria había utilizado sus tarjetas, pero no dio detalles por aquello del secreto bancario.

Y así un día y otro día y un mes y otro mes pasó y un año pasado había y de Nuria no sabían qué demonios le pasó, como hubiera explicado con su relamido verbo el señor Campoamor.

Las dos amigas pudieron averiguar que el piso de Núria fue vendido y el importe ingresado en su cuenta, de donde fue desvaneciéndose con celeridad. En su trabajo la despidieron por ausencia injustificada. Sus amigos y amigas, que no eran muchos, opinaban que había decidido romper con todo y largarse a alguna isla desierta.

Y dos años y medio después, en un viaje a Italia, Montse y Laia recalaron en Venecia y contrataron la típica góndola para visitar el canal. De pronto otra góndola se cruzó en dirección contraria y pudieron vislumbrar por unos segundos la imagen de un tipo alto y pálido con larga melena que se abrazaba impúdico a dos mujeres que le rodeaban con sus brazos. Una era indudablemente caribeña, de piel café con leche y pelo negro y rizado.. y la otra.. bueno. No les quedaron dudas sobre la identidad de la otra. Más gordita, más descocada, más feliz sin duda, Núria navegaba canal arriba abrazada a su infernal destino. No giró la cabeza y por tanto no pudo ver la cara de asombro de sus antiguas amigas.

Conociendo a los padres de mi novia

-¿Pero te has puesto esa corbata?

-La roja no me queda bien.

Sandra me miró, intentando ganar algunos segundos.

-Va, pruébate la roja-dijo al fin.

Efectivamente, no me quedaba bien la corbata roja. Pero ya que íbamos a casa de sus padres, qué menos que llevar la corbata que a ella le gustaba.

Esperaba que también le gustase a ellos, pues era la primera vez que iba a verlos.

Había conocido a Sandra en el sur de Francia. Yo estaba allí cerrando varias operaciones de compraventa que tenía mi empresa con otra alojada en Tolouse, y Sandra se encontraba por allí de paso tras terminar su carrera de Psicología clínica.

Ocho meses después ya vivíamos juntos. Ella estaba empeñada en que conociese a su familia, por lo que, al no poder alargar más mis excusas, había reservado un vuelo a Zaragoza para que los conociese aquel fin de semana. Era un pecado, según me decía, que nunca hubiéramos ido a verlos estando tan cerca.

-Ya verás, te van a caer súper bien, sobretodo mi padre-me decía ella en el avión.

-¿Estabais muy unidos, verdad?

-Bueno… soy su única hija, qué quieres…

-Ya…

-Por cierto, ya sabes que no tienes que mencionar aquello, ¿no?

-¿El qué?

-Pues eso… que tú y yo…

No pude evitar que se me escapara una carcajada que resonó por todo el pasillo. El guiri que llevaba los calcetines hasta los tobillos se giró hacia nosotros y nos miró como si fuéramos un par de locos.

-¿De qué te ríes?-me preguntó Sandra.

-Pues… digo yo que tus padres ya se lo imaginarán, ¿no?

-No te creas-dijo ella con su cara filosófica-Mis padres son muy inocentes.

-¿Cómo de inocentes?

-Juan, ya te lo expliqué. Te acuerdas, ¿no?

La primera noche junto a Sandra ya me había explicado que su abuelo había sido pastor de no sé qué iglesia, y que, aunque su padre no había seguido a rajatabla con eso, era muy tradicional y algo antiguo.

-¿Y si me lo pregunta? ¿Y si no le caigo bien? ¿Y si me dice que…?

Mi batería de preguntas se alargó hasta llegar a la misma puerta de su casa. Los padres de Sandra vivían en una casa entrañable a las afueras de la ciudad, toda blanca y reluciente.

-Tú solo haz lo que te digan, aunque no te guste-me dijo ella como si hubiese contestado a todas mis preguntas de golpe.

-¿Qué? ¿Qué quieres decir con eso?

La puerta de la casa se abrió entre las manos de una mujer pelirroja y algo huesuda que nos miró con sus ojos verdes y relucientes.

-¡Mamá!

Sandra y su madre se fundieron en un abrazo mientras yo no sabía si dejar la maleta en el suelo o decirle al taxista que me llevase de nuevo al aeropuerto.

-Mamá, este es Juan, el chico del que os he hablado tanto.

Yo me quedé inmóvil, limitándome a asentir lo que ella iba diciendo.

-Juan… dale dos besos a mi madre, ¿no?-dijo algo mosqueada.

-¿Eh? Ah, sí, sí…claro.

No llevaba ni un minuto allí y ya la había fastidiado. Eso era empezar con el pie izquierdo.

-¿Dónde está papá?

-Debe estar atrás en el patio, no os habrá oído llegar. Pasad, pasad…

Yo caminé con la mirada agachada mientras la madre de Sandra cerraba detrás de mí la pesada puerta. Oí como sellaba mi condena al cerrarla, pero enseguida puso sus manos en mi espalda y nos preguntó:

-¿Qué tal el viaje?

-Bien, no sabes lo que nos ha pasado: un grupo se puso a cantar y…

Sandra se puso a divagar con su madre mientras ambas se perdían por el interior de la casa, olvidándose de mí y dejándome allí solo sin saber qué hacer. Aquel salón era inmenso, por lo que fui de allá para acá con una actitud cotilla y con mi maleta todavía colgada de un brazo. No sabía en qué momento tendría que salir huyendo. Al lado de la mesita del teléfono había una foto de una niña con un señor, una tarde de verano en la piscina. A la niña le caía el pelo rubio y mojado por los hombros y al señor le iban a reventar los brazos de tanto músculo que había sacado.

-O dejas eso donde estaba o te vuelo la cabeza-me dijo una voz desde atrás.

-¿Eh?

-Tienes tres segundos para decirme quién eres y qué coño haces en mi casa o esparciré tus sesos por la alfombra.

Me quedé blanco. No es que no supiera qué decir, es que mi cuerpo no me dejaba articular palabra.

-¡Papá!

Sandra se abrazó al hombre que me había amenazado aún más fuerte si cabe de lo que lo había hecho con su madre.

-Cómo te he echado de menos papá…

Su madre contemplaba la escena, casi con ojos llorosos, mientras yo me pasaba la mano por la nuca intentando que la sangre me llegara de nuevo al corazón.

-Veo que ya os habéis conocido-dijo Sandra.

-Pues…

-Dame un abrazo, coño-dijo su padre rebosando felicidad.

La palmada que me dio en la espalda, seguida de un par de bofetadas, casi me dejaron noqueado, pero estaba contento de que el tema se hubiese solucionado. O al menos eso creía yo.

-¿Queréis tomar algo?-preguntó la madre de Sandra.

-No, señora, gracias.

-Llámame Ruth.

-Llámala Ruth-añadió su marido.

-Sí, claro… Ruth.

-Que sí hombre, si estáis muertos del viaje, seguro. Voy a prepararos algo.

-Voy a ayudarte mamá.

-Voy con vosotras-dije casi como un acto reflejo.

Pero ellas ya habían pasado a la cocina.

-Ven aquí coño, ¿no quieres ver mi casa?-me preguntó él.

-Sí… claro que quiero.

Subimos por las escaleras hasta la segunda planta, donde su padre me llevó directamente a lo que él consideraba su santuario.

-¿Bebes whisky o ron?

-Pues… yo… ron.

-Toma-dijo pasándome el vaso.

Bebió un sorbo mientras me miraba antes de articular palabra.

-¿Así que tú eres el cabrón que se está follando a mi hija?

-¿Perdón?

-Ya me has oído.

-No… no, se equivoca, yo no…

-¿Qué?

-Pues que yo no he hecho eso con ella.

-¿Pero si con otra?

-No, yo… con otra no…

-¿Eres virgen?

-Bueno, yo…

Sin que hubiese respondido aún, sonó el teléfono.

-Salvado por la campana.

Él descolgó el teléfono mientras yo me reclinaba en mi sillón como un niño regañado.

-Sí… no joder, este fin de semana está aquí mi hija. Sí… No… Pues hazlo tú joder, reúne a los chicos… 1 … X … 1… 2… No, espera. Ponle una X al Real Madrid…. Y yo qué sé… Sí… Adiós, adiós…

Yo me bebí todo el vaso de golpe, esperando mi muerte.

-Esta panda de maricones no sabe hacer nada sin mí.

-Oiga, señor…

-¿Qué?

Él se levantó sin dejar que yo terminara mi frase.

-¿Fumas?

-No, por Dios, no…

-Toma-dijo pasándome un habano a la vez que ignoraba mi respuesta.

-Yo quiero a su hija.

Por un momento él me miró con su puro encendido en una mano y el vaso de whisky en la otra.

-Yo quiero a su hija, es una mujer increíble. Desde que la conocí…

-Sigue-dijo dándole una calada.

-Estoy enamorado de ella.

-Bien-dijo levantándose de la butaca.

-Si algún día…

Antes de que acabara la frase, Sandra entró por la puerta.

-Pero bueno, ¿qué es todo este humo?

-Tu novio, que ha insistido en que me fumase uno.

-Papá, tú no puedes fumar. Voy a tener que castigarte-dijo ella riéndose.

Él la besó mientras ella se volvía a abrazar a su padre.

-Bajad, ¿vale? Vamos a comer algo.

Casi como una búsqueda de ayuda más que como una muestra de cariño, le cogí la mano a mi novia y salí de allí con los hombros más tensos que haya tenido nunca. Su padre apagó el puro y nos siguió hasta el comedor.

Comimos mientras el padre de Sandra presidía la mesa en el otro extremo. Me miraba con desafío, en ocasiones con asco, hasta que finalmente soltaba una sonrisa maliciosa y bebía de su vaso.

Al caer la tarde me senté por fin en el sofá junto a Sandra, como había hecho esos últimos ocho meses. Sus padres, distraídos con las plantas, habían salido al patio.

-¿Bueno…qué te ha parecido?-me susurró ella.

-Tu madre es un encanto.

-¿Y mi padre?

Sandra me miró con su cara tierna, esperando que yo no la desilusionara.

-Es… nos llevamos bien.

Ella me besó en la boca a la vez que ponía su mano en mi pecho.

-Como me alegro de que os llevéis tan bien.

Sandra volvió a besarme.

-¿Sabes lo que me gustó mucho? ¿Te acuerdas aquel día cuando…?

Sandra empezó a susurrarme cosas al oído mientras me mordía la oreja con sus dientes.

Su mano se deslizaba por debajo de mi camiseta, y ella no dejaba de repetirme su impresión de cómo le había recorrido el cuerpo con mi lengua.

-Sandra…

Ruth nos miraba a menos de un metro con cara de asombro.

-Mamá…

-Tu padre quiere pasar un momento por el club.

-¿Por qué no lo acompañas?-me preguntó Sandra.

-¿Yo?

-Sí, tú. Le encantará. Va, cariño…

-Ve, está en el coche. ¡Corre!-me dijo su madre.

Yo salí por la puerta mientras el padre de Sandra me esperaba junto al capó de su coche.

-Cariño, te olvidas el móvil-dijo Sandra bajando las escaleras.

-Gracias.

-Oye, pase lo que pase no se lo digas a mi padre, ¿entendido? Si llevas una mentira hay que llevarla hasta el final.

Sandra me besó y volvió a subir las escaleras.

-¿Nos vamos o qué?

-Voy, señor…

El club no era ni más ni menos que el bar de turno donde se reunían el padre de Sandra y sus amigotes con el fin de elevar su nivel de testosterona.

-¿Nos pones dos medianas, guapa? Gracias.

-Voy cariño-le dijo la camarera.

-Está buena, eh.

-¿Perdón?

-Esther, la camarera.

-No… no sé…

-¿No has visto el culo que tiene?

-Bueno…

-¿Qué pasa, no te gusta?

Me gusta el de su hija, estuve a punto de decirle. Pero aquello me hubiese hecho ganar un puñetazo.

-Sí…

-¿Sí, verdad?

-Supongo…-dije tratando de adivinar sus intenciones.

-¿Qué le harías?

-¿Qué?

-¿Qué le harías?

-¿A Esther? A ella nada…

-¿Eres maricón?

-¿Qué? No, claro que no…

-Joder, si me dices que no te follas ese culo qué quieres que piense…

-Yo no he dicho que no… señor…-dije para decorar la frase.

-Tampoco has dicho que sí.

-Bueno…. sí que lo haría, pero…

-¿Qué harías?

-Pues lo que usted ha dicho.

-Aquí tenéis, preciosidades-nos dijo Esther pasándonos las cervezas.

-Esther, llegas justo a tiempo. Mi amigo quería decirnos una cosa.

Esther me miró, esperando que yo dijera algo.

-No, sólo que…

-A este no tienes que tomártelo en serio…-dijo Esther hablando como si él no estuviese.

-¿Cómo que no? ¿Entonces no nos vamos a fugar al Caribe como habíamos planeado?

-Claro que sí-dijo Esther cogiéndole el moflete como si él fuera un niño.

Cuando ella se hubo ido, el padre de Sandra volvió a la carga.

-¿Y entonces?

-¿Qué?

-¿Lo harías o no?

-Sí…pero…

-¿Qué harías?

-Pues… follar por el culo, ¿no? Es lo que ha dicho usted…

-Yo no he dicho eso.

-Sí que lo ha dicho…

-No, eso lo has imaginado tú.

-No, estoy seguro de que lo ha dicho antes.

-¿Pero sabes el gusto que da? La polla entre los dos cachetes…

-Sí…

-¿Cómo que sí?

-Quiero decir que no.

-¿No qué? ¿Y ese sí de antes? ¿Cómo vas a saberlo si no lo has probado? ¿O es que sí…?

-No, a ver… yo quería decir que…

Aquel cabrón me había hecho una encerrona y yo había caído de cuatro patas.

-Yo con mi mujer nunca hice nada hasta el día de nuestra boda-dijo aliviando la tensión-Pero nunca dejé que le faltara de nada desde entonces.

Yo sonreí en señal de aprobación.

-Como le hagas daño a mi hija…

-Señor, no voy a hacerle daño a su…

Mis ojos se pusieron como platos al ver que destrozaba una lata de Heineken ya vacía.

-Pero… ¡pero qué hace!

-¿Me he explicado bien, no?

-Joder, sí.

-Bien.

Volvimos a casa sin que yo dijera mucho, con el miedo metido en el cuerpo.

-Anda mira, qué bien os lleváis ya, ¿eh?-me dijo Sandra al recibirme.

-Sí. Genial…

Dándome una palmada en el culo me hizo subir las escaleras.

-Bueno, ¿y de qué habéis hablado?

-¿Nosotros? Pues… lo típico…sólo cosas de tíos… fútbol y tal…

-Qué bien cariño.

-Y… Sandra, tu padre…

-¿Qué ocurre?

-No, pues que…

-Entrad, vais a coger frío-nos gritó la madre de Sandra.

Sandra se escabulló con su padre mientras yo me quedaba a solas con su madre, quieto como la escoba que estaba en la cocina.

-¿Qué tal?-me preguntó.

-Pues bien, ¿y usted?-dije absurdamente.

-No me trates de usted, ¡me haces sentir vieja!

-No, por Dios… quiero decir… no querría ofenderla.

-Y dale… llámame Ruth, ¿vale?-me dijo con su mano en mi mejilla.

-Sí, sí… claro, Ruth.

-Vale.

Di un par de pasos antes de decidir marcharme, pero Ruth me detuvo.

-Ah, una cosa más.

-Dígame… dime.

-Usad lubricante.

-¿Qué?

-Así no le dolerá.

-No sé de qué habla…

Sin tapujos, Ruth me miró a la cara.

-Sandra ya me ha dicho que la tienes demasiado grande.

Yo tratando de evitar que su padre supiese la verdad y Sandra se lo había contado a su madre, ¡y encima con detalles! No pude evitar sentirme traicionado.

-¿Qué le ha dicho?-quise saber.

-No, simplemente que aveces le duele al hacer el amor contigo.

-Pues a mí no me ha dicho nada…

-No te preocupes, eso es normal. Si no puedes estimularla naturalmente, tendrás que utilizar algo para que no le duela, ¿no?

-Sí, bueno…

-Pues eso cariño.

Ruth me guiñó el ojo y me dio la espalda mientras yo sabía que estaba sonriendo a pesar de que no le veía la cara. Por un lado me sentía enfadado con Sandra, pero por el otro pensaba que era absurdo molestarse por eso.

Lo mejor sin duda de aquel día fue poder estirarme en la cama junto a mi novia, aunque quise ser precavido después de lo que su madre me había comentado.

-Sería mejor que durmiese en otro sitio.

-No seas tonto, la gente también duerme en pareja sin hacer nada más.

-Ya… no creo que sea la mejor idea.

Cogí la almohada y me puse de pie.

-Juan, por favor. Ahora en serio.

-Vale, vale… sólo voy a lavarme los dientes. Ahora vuelvo.

Salí de la habitación en calzoncillos y mi camiseta blanca manchada de mostaza hacia el lavabo. Dentro me encontré de golpe con Ruth.

-Perdone, no sabía que estaba ocupado.

-Oye, te voy a dar la próxima vez que me vuelvas a tratar de usted.

-Disculpa…

-Pasa.

Cerré la puerta, intentando disimular los nervios.

-Sólo venía a…

Sin hacerme caso, Ruth se metió las manos por debajo del camisón y sin apenas dejar que se viese nada deslizó las bragas que llevaba puestas hasta sus tobillos.

-Será mejor que me vaya.

Ruth se agachó para coger sus propias bragas y alargó su brazo hasta dármelas.

-¿Las pones ahí, por favor? En la cesta al lado de la bañera.

-¿Esta?-dije señalando la cesta.

-Sí, esa. Gracias corazón.

Ruth empezó a desmaquillarse mientras yo la miraba. Era una mujer delgada y morena, con una sonrisa brillante y pequeños lunares repartidos por sus brazos. Su camisón negro se pegaba a su cuerpo de tal manera que empecé a recorrerla más con la mirada.

-¿Qué tal con Jorge, con mi marido?-me preguntó

-Ah… bien, bien…

-Acércate.

Di un paso al frente.

-Un poco más, que no muerdo.

Me acerqué un poco más hasta quedarme a su lado.

-Nosotros queremos mucho a Sandra.

-Yo también la quiero, señ… Ruth.

-Lo que te he dicho antes es porque no quiero que le hagas daño.

-No sé porque piensan que quiero hacerle daño.

-Ya lo sé. Pero quiero que mi hija también disfrute de las relaciones sexuales.

-Yo… bueno, y qué hago, ¿se lo pregunto?

-Mira, Juan. Yo no soy sólo la madre de Sandra. Quiero que sepas que aquí también tienes a una amiga. Y quiero ayudarte en lo que pueda.

-Joder, muchas gracias Ruth.

Aquellas palabras me emocionaron tanto que la abracé, sin importar el contacto tan frágil que había entre nuestras partes íntimas y entre nuestros cuerpos.

-Es sólo un consejo, pero si yo estuviese en vuestro lugar prescindiría de hacer el amor esta noche.

-Sí… ya lo habíamos pensado.

Ruth me cogió las manos y las puso en su cintura.

-Mira, acaríciala por aquí, ¿ves? Eso le gustará.

-Sí…

Yo me desprendí de ella, pero fue Ruth quien puso sus manos en mis brazos.

-Así, por ejemplo, por los brazos también…. ¿ves?

-Sí, ya sé lo que le gusta…

-¿Y qué le gusta?

-Quiero decir….

-Juan, por favor. ¡Qué tenso estás hijo!

-Pues… besos, y tal…

-Abrázala, así.

Ruth hizo que abrazara su culo. Instintivamente yo lo cogí como si fuese a caerse.

-Así, muy bien. Lo haces muy bien.

Con mi mano subió ligeramente su camisón.

-¿Lo notas? ¡Si me dan escalofríos hasta mí!

Parecía mentira, pero Ruth tenía el culo más duro y firme que hubiese tocado, más que el de Sandra.

-Le acaricias las piernas, así.

Ruth pasó las yemas de los dedos por sus muslos con tanta naturalidad que me asustó. No sabía si ella era consciente de lo que estaba pasando, o si solamente pretendía ayudarme en mi relación con Sandra.

Pensando en aquello me aparté.

-Bueno… gracias, Ruth.

-De nada corazón.

Pasé a toda prisa por el pasillo rumbo a nuestra habitación, donde Sandra ya dormía profundamente. Yo apenas sí podía cerrar los ojos.

Tras probarlo varias veces y ver que el reloj marcaba la una y media pasadas, me levanté sin despertar a Sandra y fui hasta la cocina, donde no encontré más que leche en un tetrabrick. Por miedo a que alguien se despertase me tomé la leche fría sin meterla en el microondas. Al pasar por la biblioteca que el padre de Sandra había montado, vi una tenue luz que brillaba desde el interior. Empujé la puerta y Ruth se giró inmediatamente. Al verme me pidió que encendiese la luz.

-Ei.

-Hola…

-¿Qué pasa, no puedes dormir?

-No, bueno…

-Ven, siéntate.

Le hice caso y me senté en el sofá, solo con la intención de decirle que iba a marcharme. Un poco contradictorio, pero aquella era mi verdadera intención.

-Yo aquí, viendo la tele.

-¿Qué dan?

-Una reposición de El Paciente Inglés.

Ruth seguía con su camisón y ni siquiera había desdoblado la manta de cuadros que tenía a su lado. Ella me miró con curiosidad.

-¿Y bien?

-¿Sí…?

-¿Qué tal ha ido?

-No te entiendo…

-Pues… si has hecho lo que te dije, por ejemplo.

-Ah… no, no… Sandra ya estaba dormida, debía estar muy cansada.

-Está bien, mejor así. Es igual que su padre, Jorge también duerme profundamente en nuestra habitación.

-Y yo también debería dormir un poco. Buenas noches.

-Sabes, Juan… me gustaría mucho que Sandra y tú me dierais un nieto.

-Bueno-reí nervioso-Sí… nos estamos conociendo, de momento.

-¿No tienes frío?-me preguntó al ver que seguía yendo en calzoncillos.

-¿Y usted…tú… no tienes frío?-dije apelando al camisón que llevaba.

-Anda…

Ella me pasó la manta y yo, más por incomodidad que por frío, me arropé, tapándome con ella.

-¿Así nunca habías salido con otra antes de estar con ella?-me preguntó.

No sabía de donde había sacado aquello, pero aun así le contesté.

-Sí, bueno… Con un par de chicas.

-Lo digo porque te veo muy tenso, como si no te gustara estar aquí. Nosotros queremos que te sientas en familia.

-Lo siento…

-No me pidas perdón. Cariño, es normal estar así, pero relájate un poco, ¿no? Ahora vas a formar parte de nuestra familia también.

Con sus palabras de Corleone, empecé sin darme cuenta a darle un repaso más lento de lo que me hubiese gustado a Ruth.

-¿Vale?

-Sí, claro…

-Sandra ya no es una niña, te habrás dado cuenta de eso.

-Sí, claro que sí… Ruth.

-Ya sabemos que tiene algunas necesidades, como todos.

-Soy consciente.

-Por ejemplo, ¿tú cómo la haces sentir bien?

-¿Perdón?

-Sí, por ejemplo… ¿cómo eres a la hora de besarle el cuello?

-¿Qué cómo soy? Pues no sé, me sale solo…

-A ver, ven.

Ruth se acercó a mí hasta el punto de arroparse ella también con la manta.

-Imagina que soy Sandra.

Yo la miré, mientras ella esperaba que me lanzase directo a su cuello.

-Juan, por Dios, relájate.

-Pues… le daría un par de besos, y luego…

-No, no me lo expliques, hazlo directamente-me ordenó.

Me acerqué más a Ruth y le di un par de besos en el cuello. Justo en el mismo sitio mis labios pasaron a morder su morena piel, y la punta de mi lengua lamía el camino que mis besos habían dejado.

Ruth me puso la mano en mi mejilla, incluso se atrevió a bajarla y darme pellizcos en mi propio cuello.

-Lo has hecho muy bien cariño.

-¿Gracias?

-Tú ya lo sabrás, pero es importante que cuando le hagas el amor no solo te preocupes de meterla. Parece una tontería, pero créeme… no debes olvidarlo.

-¿Quieres decir por ejemplo, que si estamos follando… haciendo el amor… es importante estimularla con besos?

-Si estáis follando…-me guiñó el ojo al decirlo.

-Ya lo he… entendido-dije para ponerme de pie e irme.

-¿En qué habías pensado?

-¿Cómo?

-Sí, supongo que al decirlo habrías pensado en cierta situación, ¿no? Incluso en alguna postura concreta.

-Yo… sólo pensaba…

-¿Qué corazón?

-No… en besarle la espalda, por ejemplo.

Ruth se estiró poco a poco en el sofá, tirando inconscientemente de la manta con su cuerpo.

-Es decir, si Sandra estuviera así, ¿no?

Ella me hablaba con su boca casi besando el sofá, dejando su espalda totalmente boca arriba.

-Sí, por ejemplo…

-Prueba besando la espalda.

-Yo… no creo que…

-Si no puedes, sube un poco el camisón, no pasa nada-me dijo ignorando lo que yo iba a decirle.

Pensando en ganármela e irme de una vez por todas, le di unos besos cortos.

-Muy mal.

-¿Qué?

-Pues que no, no… Juan, tienes que ser más cariñoso.

Volví a acercarme a su espalda, esta vez subiendo el camisón como me había sugerido. Ruth seguía estando sin bragas desde que se las quitara en el lavabo, y al acercarme mi polla rozó con su culo desnudo y firme. Ella no dijo nada, incluso dudé de que lo hubiera notado.

A medida que subía el camisón iba besando su espalda.

-Así, muy bien…

Ruth soltaba pequeños quejidos, mientras yo me empeñaba en creer que lo hacía para animarme.

El camisón finalmente chocó contra su pelo. Sus pechos se aplastaban contra el sofá y su culo seguía en contacto conmigo.

-Yo… voy a ir arriba, me está entrando el sueño ya-le dije.

-Vale, cariño.

Ruth se quitó el camisón del todo y se tapó ligeramente con la manta.

-Bueno, pues eso… que buenas noches.

-¿Por qué no intentas una última cosa? Así podré quedarme tranquila.

-Eh… ¿de qué se trata?

Ella se levantó, tirando el camisón que tenía en su mano directamente al suelo. Completamente desnuda, se mantenía frente a mí sin temblar lo más mínimo.

-No me digas que nunca has visto a una mujer desnuda…

-Sí, pero no a la madre de mi novia…

-Si te sientes incómodo…

-Sí, mejor que me vaya…-dije en voz baja.

-Si te sientes incómodo no me mires el coño, ya verás como es mucho más fácil.

La seguridad y naturalidad de aquella mujer me sorprendía, e incluso podría decir que aquello dificultaba el que no le hiciera caso.

Ruth se estiró en el sofá, igual que había estado dos minutos atrás.

-Pruébalo sin ropa, ¿de acuerdo? Será más fácil.

-Perdón… ¿probar qué? ¿qué será más fácil?

La madre de Sandra pasó directamente a las instrucciones, sin que yo pudiese saber lo que pretendía esa mujer.

-A ver, quítate la ropa.

Yo obedecí, tapándome cuando estuve desnudo.

-Deja que eche un vistazo.

Yo no aparté las manos hasta diez segundos después, cuando Ruth se mordió el labio inferior.

-Ponte encima.

-Eh… no.

-¿No qué?

-No voy a…

-Que no, tonto. No la metas, sólo ponte encima.

Aquella tontería me calmó, como si estar encima de ella desnudo fuese cualquier tontería sin maldad

Me acomodé junto a Ruth, casi sin tocarla, mientras ella me hablaba con la cabeza de lado.

-Bien, voy a abrir un poco las piernas y tú metes la polla.

-No… no la entiendo…

De repente me sentí como un quinceañero frente a su primera vez.

Ruth separó un poco las piernas sin apenas esfuerzo.

-Métela por ahí, pero no la metas dentro del coño.

Sin comprenderlo, la metí por el espacio que había dejado y que como una cueva volvió a cerrarse una vez que hice lo que me ordenó.

Los muslos entraban en contacto directamente conmigo, pero lo mejor fue cuando apoyé mis manos en el sofá para no caerme y me di cuenta de el placer que daba tener la polla aguantada por Ruth.

-Buf…-se me escapó.

-Prueba a hacer lo que hemos hecho antes, sin olvidar los besos y los cariñitos.

Al moverme volví a notar la estrechez entre las piernas de Ruth, muriendo de placer en cada roce.

-Joder, no sé si voy a poder.

Instintivamente, besé la espalda de Ruth y le pasé la lengua mientras ella sonreía. Moví despacio mi cintura, simulando que empezaba a follar con aquella mujer.

-Sí…

Ruth sonreía de placer y me animaba a que le besase la espalda hasta llegar a su nuca, y yo obedecía como si fuese un criado suyo.

Había encontrado el equilibrio perfecto, pero a medida que las muestras de cariño crecían, Ruth cerraba más sus muslos, dificultando que yo pudiese seguir moviéndome por los temblores que sentía en mi cuerpo.

-No… no puedo…

-Si lo haces muy bien corazón…

-No, es que… me gusta mucho…

-Así, sigue…

Me había llegado a creer que estaba follando, y fue por eso por lo que mordí la oreja de Ruth.

-Sigue cariño…

Los pezones duros de excitación de Ruth rayaban el sofá, luchando por esconderse de mis manos que inquietamente querían tocarlos.

-Ruth… no puedo más…

Me abalancé sobre ella, sudando de calor y dejando que mis labios chocasen contra su hombro.

Ella lo notó y, hermosa como era y sin dejar de sonreír, juntó sus piernas y sus muslos hasta que ya no pude moverme al soltar todo el semen que me había producido aquella situación.

Me quedé allí, rendido, exhausto pero contento, y sin saber por qué yo también sonreí, besando a Ruth en la mejilla como si aquella mujer fuese mi novia.

Al fin me incorporé, medio avergonzado de aquello. Ruth se puso de pie, examinando si tenía alguna gota de semen alrededor de su vagina.

Yo la miraba con preocupación, pero ella seguía tan tranquila como siempre.

-Te lo he manchado todo, el sofá… lo siento.

Ella no dijo nada, solo me miró y se dio la vuelta.

-¿Ya no tengo nada, no?-me dijo mirándose el culo.

N… No. No, no tienes nada, Ruth.

-¿Ya estás más relajado?-me preguntó.

-Sí…

-Espero haberte ayudado un poquito. Y que ahora puedas dormir mejor.

-Yo…

Ruth volvió a poner su mano en mi mejilla, sin preocuparse si quiera de que ambos siguiéramos desnudos.

-Nos vamos a dormir, ¿no?

Sandra seguía profundamente dormida en su habitación. Abrazaba su almohada y sonreía igual que su madre.

Aquella noche yo pude dormir igual que ella. Lo sucedido con Ruth… tendría que haberme puesto más tenso que nunca, pero ella había tenido razón. Había conseguido relajarme entre toda la tensión acumulada.

Por la mañana me levanté primero que nadie, y yendo de puntillas pude acercarme hasta la cocina donde nuevamente tuve que beberme el vaso de leche frío por temor a despertar a alguien.

-Buenos días.

-Buenos días, Ruth.

La madre de Sandra se había despertado antes que yo e incluso le había dado tiempo de preparar un zumo de naranja. Ignoraba que estuviese en la cocina antes que yo.

-¿Quieres?

-Bueno…

-¿Cómo has dormido?-me preguntó mientras servía el zumo.

-Bien… muy bien.

-Me alegro.

Las piernas de Ruth eran largas y esbeltas, bañadas en un tono de piel moreno que encajaba a la perfección con su camisón negro.

-Eo-me dijo haciéndome señales con la mano.

-¿Sí?

-¿Qué miras?

-¿Yo? No, yo nada, no…

-¿Qué tal ayer?-dijo antes de beber su zumo.

-Pues bien, pude dormir, como te he dicho…

-No, no me refiero a eso.

-Ah, lo otro…

-¿Te funcionó o no?

Que si me funcionó, pensé. No debería haber visto bien la cantidad de semen que le dejé en el sofá.

Ruth volvió a acercarse hasta ponerme las manos encima. Yo di un salto atrás.

-Sí, yo me voy. Arriba. Hasta ahora.

Salí corriendo hasta llegar a la habitación. Sandra había desaparecido, y donde minutos antes había estado ahora solo quedaba su figura marcada en el colchón.

Entré en el lavabo para refrescarme y lavarme la cara, y no me di cuenta de que había alguien más dentro hasta que una cara se asomó para ver quien había. Tan pronto como me giré, aquella persona volvió a esconderse detrás de la cortina de ducha y abrió el grifo del agua.

-¿Sandra?

Sin que me dijera nada, vi la ropa de Sandra colgada al lado de la toalla, por lo que supuse que mi novia había empezado a ducharse.

-Sandra… creo que será mejor que adelantemos el viaje y nos vayamos hoy en vez de mañana por la mañana.

Ella no dijo nada, pero yo sabía que estaba allí, notaba su figura.

-No te enfades cielo… Tú podrás venir a verlos siempre que quieras, pero…

En ese momento se me pasó por la cabeza que sería más fácil contarle lo sucedido si no le veía la cara.

-Tu madre, ayer… Bueno, no sé muy bien explicar lo que pasó, pero…

Sandra seguía sin decir nada, escuchando lo que yo le decía.

-Intentó… ayudarme… para que estuviese bien con ellos, pero…

Sandra cerró el grifo del agua y por un momento todo quedó en silencio. Ella sacó una mano y me indicó que entrase.

-¿Quieres que entre? Pero…

Ella volvió a abrir el agua, mientras el cristal ya se iba llenando de vapor. Sin desnudarme del todo me acerqué a la bañera, y tras poner el primer pie dentro me di cuenta de que unos ojos verdes me miraban.

-¿No pensarás ducharte con ropa, no?-me preguntó Ruth.

-Ni sin ropa. Perdón, me he equivocado, pensaba que…

-Desnúdate del todo-me ordenó.

-¿Por… por qué no me ha dicho que no era Sandra?

-Ya te he visto desnudo una vez, no sé por qué te entra tanta vergüenza de repente-dijo ignorándome.

-Yo no tengo vergüenza. Bueno, sí, pero…

Ruth volvió a cerrar el grifo, esta vez definitivamente. La bañera ya se había llenado bastante como para cubrir a alguien.

-Ven, todavía está calentita.

Ella entonces salió, apoyándose en mi hombro para no resbalarse.

-Si lo he preparado para ti, tonto.

-¿Qué…?

-Anda, entra.

Yo me acabé desnudando y ante las insistencias de Ruth me senté en la bañera.

-Está rica, ¿eh?

-Sí…

-Es para que te bañes.

-Bueno, gracias.

-A ver, pásame el jabón.

-¿Para qué?

-¿Para qué se utiliza el jabón?

Le pasé el jabón a Ruth y nuestras manos mojadas se rozaron.

-Gracias señorito. A ver, necesitaremos una esponja.

-Tome.

-Gracias…

-Bueno, ya puede irse.

Ruth sonrió, igual que la noche anterior.

-No pienso irme a ningún sitio.

-A partir de aquí ya puedo seguir yo solo-le dije.

Ella mojó la esponja en el agua y le echó una gota de jabón, tras lo cual volvió a sumergirla en el agua.

Con sumo cuidado fue pasando la esponja por mi pecho.

-¿Qué fue lo que más te llamó la atención?

-¿Cómo dice?

-Ayer noté que te costaba moverte. Fue eso, ¿verdad?

Ruth pasó la esponja por mis brazos.

-Bueno, sí… supongo que sí.

-¿Por qué te llamó la atención?

-No sé… supongo que me gustó mucho.

Sin preámbulos, Ruth pasó a acariciar mi polla con la esponja.

-¿Pensaste en algún momento en querer meterla?

-La verdad es que no… Estaba pasándolo tan bien que no me di cuenta…

De golpe, Ruth me cogió los testículos sin llegar a apretarlos.

-Oiga, ¿pero qué hace?

-Los tienes muy cargados. Produces líquido con mucha frecuencia, ¿verdad?

-Pues no llevo la cuenta, sabe… ¿usted qué es, médico?

-No, no soy médico…

-Ya puede soltarlos…

-Espera.

Ruth los acarició, como si realmente estuviese buscando algo. Sin pedir permiso, se puso de pie y entró en la bañera conmigo, situándose detrás de mí. Mi espalda notaba como sus pechos se acariciaban en ella.

Ruth olía igual que Sandra, y era igual de cariñosa que ella. Absorto en mis pensamientos, Ruth lo aprovechó para besarme el hombro.

-Cuéntame, ¿cómo conociste a Sandra?

-Pues… la conocí estando en Francia.

-¿Y cuándo tuviste sexo con ella?

-Dos semanas después.

La mano de Ruth empezó a subir de sitio. Aquel interrogatorio era muy diferente del que había tenido con Jorge.

-Quiero que confíes en mí- me dijo de golpe.

-Y… ¿cómo puedo demostrar que confío?

Ruth hizo que me apartara y se giró, dándome la espalda. La tenía entonces de rodillas, con las gotas de agua resbalando por su cuerpo.

-¿Me crees si te digo que no pasará nada?

-Sí… claro.

-Adelante.

-¿Qué… qué hago, cómo ayer?

-¿No quieres entrar?-me preguntó mirándome a los ojos.

-Yo…

-No es follar. Sólo quiero saber si a mi hija le dolería. Digamos que es… como una prueba. ¿Me entiendes, no?

-Sí, pero…

-Juan… si confías, hazlo. Si no… no lo hagas.

Ruth dejó de mirarme y volvió su cabeza hacia la pared, esperando que yo hiciese algo. Al fin, me di un par de caricias y puse la mano en el culo de Ruth.

-Lo hago despacio-le dije sin obtener respuesta.

Apuntando a su coño, empecé a introducirla con nervios y casi a trompicones, hasta que me pareció que estaba a gusto.

-¿Bien?-me preguntó ella.

-Sí… ¿Qué… hago, la saco?

-¿Tú quieres sacarla cariño?

-Bueno, no es que quiera o no…

Aquella conversación se llevaba a cabo con mi polla dentro de Ruth, y ambos pasábamos desapercibido ese pequeño detalle. Era como charlar con una amiga.

-Ruth, mi polla está en tu coño.

-Ya lo sé.

-¿No piensas hacer nada?

-¿No piensas hacer tú nada?

-Pues sacarla.

-Vale. ¿Pues por qué no lo haces?

Justo cuando iba a hacerlo me detuvo de nuevo.

-Claro está, que tendrás que atenerte a las consecuencias.

-¿Qué quieres decir?

Con toda naturalidad, apoyé las manos en la cintura de Ruth.

-Pues, a ver, cariño. No podré darte una opinión real con que solo la hayas metido y sacado, como aquel que dice. No será una opinión muy realista.

-¿Y entonces?

-Tendrías que moverla un poco. No es follar, es una prueba.

-Ruth, a eso se le llama follar. Que yo sepa, vamos…

-¿Quieres que te dé mi opinión?

-Dime.

-Te cuesta ser cariñoso. Mira cómo estamos y ni siquiera has expresado ninguna sensación.

-Joder Ruth, si sabes que me encanta…

-Intenta… estar más relajado. Los nervios también se transmiten.

-¿Y cómo hago eso?

-Tienes que disfrutar. Pensar en pasártelo bien.

Ruth no paraba de quitarle hierro al asunto hasta el punto de que llegué a creérmelo.

Como si hubieran apretado un botón, me puse a empujarla con las caderas, entrando y saliendo de ella lentamente.

-¿Así?

-Eso… eso es.

-Podría… tocarle la espalda así… ¿no?

-Sí, por ahí…

Mis pulgares amasaban la espalda de Ruth hasta caer en sus caderas. Acaricié su pelo y se lo aparté todo a un mismo lado, cogiendo su cuello con una sola mano mientras ella se empeñaba en estirarlo.

-¿Ves qué bien?

Yo seguía moviéndome, chapoteando en el agua.

-Ruth…

-¿Qué corazón?

-¿Es normal que me gustes tanto?

Ella se quedó en silencio, recibiendo las embestidas que yo, por supuesto, no dejaba de darle.

-Es que…

Ruth giró la cabeza para escuchar lo que yo estaba diciendo.

-Puedes… ¿puedes seguir mientras me lo dices?

-¿Es una orden o una petición?

-Es un favor cariño.

-Sí… sí, claro que puedo seguir.

Mi polla entraba y salía de ella mientras yo observaba su cuerpo medio sumergido.

-Es que… joder, en lo único que pienso ahora mismo es en follar contigo.

-Sigue… lo estás haciendo muy bien…

Ruth se estremeció al notar que una gota de jabón le caía encima y se giró al instante.

Me miró pero no dijo nada, ni yo a ella. Sólo abrí el pote de jabón del todo y se lo eché por todo el cuerpo, haciendo que aflorara su piel de gallina.

El duro culo de Ruth se llevó parte del jabón cuando yo lo masajeaba y lo acariciaba.

Su espalda, sus hombros…

Era maravilloso poder contemplar a una mujer así.

-Eres como un caramelo. Tu color, tu aspecto…

-Cariño…

-Ruth, voy a explotar.

Me estremecí pensando en lo que acababa de decirle.

-No quiero que eso ocurra dentro.

-Corazón…

-Es… es verdad. Puedo terminar yo solo.

-Juan…. tienes que derretirte dentro. No… no servirá de nada todo lo que hemos hecho hasta ahora si no lo haces así.

-¿Tú… tú crees?

-Estoy segura.

-Sí…

-Sigue…

Moviéndome más torpemente, busqué algo a lo que agarrarme al ver que su resbaladiza piel no me daba el soporte que yo necesitaba.

Los bordes de la bañera me sirvieron para poner mis dedos llenos de jabón y seguir follándome a Ruth mientras ella recibía el gusto a empujones.

-Sigue…

-Joder Ruth, me voy a correr…

-Sí cariño…

Sentí frío antes de cerrar los ojos y estremecerme junto a sus piernas. Simplemente perdí el norte y salió de mí todo lo que había estado guardando. No fue sólo el semen que llenó a Ruth, fue la intención de querer hacerlo lo que acompañó aquella muestra de placer que lentamente goteaba.

El semen se mezclaba con el agua mientras yo me mordía el labio para no gritar.

Me dolió no poder seguir, y busqué en seguida el borde de la bañera para apoyar mi espalda en él y calmar los jadeos que había silenciado a la fuerza.

Ruth se estiró conmigo, con su delicada cabeza en mi pecho y su pelo mojado sobre mí.

Instintivamente la besé en la frente antes de rodearla con mis brazos.

Los dos jugamos a acariciarnos los dedos de los pies ante aquel silencio.

-A Sandra le gustará.

Yo volví a besarla en la frente.

Salí del lavabo con la mirada baja y al ir por el pasillo me topé con los enormes pies de Jorge.

Pasé sin decirle nada; no pude. Ni le miré a la cara.

Ahora ya no era el cabrón que se estaba follando a su hija, ahora era el cabrón que se estaba follando a su hija y que se había follado a su mujer.

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