9 diciembre, 2011

Hacía bastante tiempo ya que mis hormonas estaban alborotadas al ver a mi prima, yo tenía 13 años y ella 21. Ella vivía con mis abuelos desde los catorce y yo me había ido a vivir con ellos hacia dos años, tiempo que llevábamos durmiendo en la misma cama, en una pieza sola que quedaba lejos de la de mis abuelos.

Esa noche esperé pacientemente que pasaran las horas… el bip que marcaba cada una de ellas sonaba en el reloj indicándome que ya eran las tres de la madrugada. Escuchaba su respiración profunda y extensa, sabía que estaba bien dormida y que tenía el sueño pesado, pero aun así fui muy cauto. Mi prima estaba de espaldas a mí, comencé por acomodarme y estirar mi mano lentamente, muy lentamente, como un felino acechando a su presa (ahora pienso que me habría resultado más fácil llegar y poner mi mano en su cuerpo, después de todo cuando uno duerme con alguien lo hace a cada rato y sin darse cuenta, pero no me atrevía).

Cuando llegué a rozar su muslo avancé milímetro a milímetro hasta poner toda mi mano en su pierna, me quedé así un rato, yo no respiraba pues la tensión era enorme. Luego la moví hasta llegar a su culito.
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9 diciembre, 2011

LA FIERA

Desde hace una semana que trabaja en la hacienda, decidió buscarse un trabajo para no pasarse todo el día en la casa encerrado teniendo que tolerar a sus hermanos mayores que no lo dejan en paz. No tiene amigos y ciertamente no extraña a ninguno de sus compañeros de curso con los cuales se lleva pésimo, de hecho el ansiaba que llegaran las vacaciones para no tener que verlos por al menos dos meses. No tiene polola ya que Ignacia, una guapa compañera de curso en la que se intereso se aprovecho de su ingenuidad para jugarle una broma pesada dejándolo en ridículo frente a sus compañeros, así que Joaquín tiene buenas razones para preferir estar ahí antes que ir a la piscina y toparse con alguien del colegio.

Su día empieza a eso de las seis de la mañana, se levanta cuando todos en la casa duermen, mejor piensa él, así evita a sus hermanos, que saben de sus problemas en el colegio y se los recuerdan a cada rato, y se va en bicicleta hasta la hacienda Los Manantiales, que esta en las afueras del pueblo y es una de las más grandes de la región. Desayuna ahí junto al resto de los trabajadores que siempre lo molestan por su aspecto flaco y desgarbado, sin embargo sus bromas son bastante más tolerables que las que recibe en el colegio y una vez que empiezan a trabajar las bromas se terminan, pese a lo exigente que es su trabajo desde el punto de vista físico Joaquín lo disfruta, se siente útil y de paso se gana unos pesos que le viene muy bien, aunque el dinero no es la verdadera razón de por que esta ahí.
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1-Parte

De vuelta a Quimera y ya con su hermana en el coche Mateo consideró más prudente no decirla que sabía que se había visto con Luis alguna vez. No quería ponerla nerviosa y menos hacerla sentir culpable. Ella era una niña, ni siquiera tenía la coquetería de una chica de su edad. Mientras las demás vestían con escotes pronunciados y faldas cortas que apenas dejaban paso a la imaginación, su hermana siempre había sido una chica más discreta que el resto. Incluso aquella noche había optado por un vestido sencillo que rozaba la altura de sus rodillas, una especie de pichi de tonos grises metalizados bonito pero a la vez elegante y discreto. Su pelo castaño y acaracolado en las puntas caía con gracia sobre sus hombros y se metía discretamente por detrás de la oreja en raya al lado. Aun así, era realmente llamativa por sus inmensos ojos verdes, unas ligeras pecas que sonrosaban sus mejillas y aquella sonrisa inocente que siempre la acompañaba. Sara era todo para él. Si por un momento supiera con toda seguridad que la cuidarían con el amor que se merecía, el mismo la hubiera entregado a cualquiera de ellos. Pero a medida que avanzaba por el camino de piedra y barro seco que lindaba con la finca, su corazón parecía cerrarse como un puño y se daba cuenta que se avergonzaba de si mismo.

-Alexander ¿Te pasa algo? Seguir leyendo este articulo »

Roberto se metió bajo la ducha después del entrenamiento previo a uno de los partidos de futbol más importantes que iba a disputar en su corta carrera deportiva. El joven, de 20 años era el delantero titular de su equipo y después de unos pocos días en los que no se había encontrado del todo bien, el muchacho había recuperado sus buenas sensaciones.

Roberto no estaba contento tan solo por eso, sabía que al día siguiente habría numerosos ojeadores viéndole desde las gradas ya que era la máxima estrella de su equipo, lo único que no le gustaba del todo era el tener que jugar aquel importante encuentro fuera de su estadio y alejado de su afición, pero estaba seguro de que aquel detalle sería insignificante si al día siguiente se alzaba con la victoria.
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Cuando Zató cerró la puerta, Arturo sentía náuseas de los mismos nervios. Él había sabido que tenía que decirle la verdad a Ana, que no era viudo, sino casado, y lo iba a hacer, Ana tenía que saberlo… pero no de éste modo. Su mil veces maldito ex marido, el Decano, acababa de salir de la casa, diciéndole a Arturo que “le pusiera a los pies de su esposa…”. Ana no se había dado cuenta que había dejado caer el vaso de agua en el que bebía. Arturo volvió la vista para mirarla. Hubiera preferido mil veces ver en su cara furia o rabia… antes que esa tristeza, esa infinita tristeza que llenaba de desencanto los grandes ojos verdes de Ana.

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-…No eres viudo. Me has mentido… – musitó.

-Ana, no te enfades… te juro por mi honor que iba a contártelo, esperaba un momento adecuado…

-Has hecho justo lo que te pedí que no hicieras… lo único que te pedí… Por eso no me contestaste cuando te pedí que me prometieras que nunca me mentirías, porque YA lo habías hecho… no quise darle importancia… ¡¿Es que todos los hombres sólo vivís de mentiras?! – lloró. Quiso ocultarse los ojos, avergonzada de sus propios sentimientos, pero las lágrimas se le caían por el rostro. Arturo dio un paso hacia ella y le tendió los brazos en un intento de abrazarla, pero Ana se escurrió, volviendo la cara – ¡No! ¡Vete a consolar a tu esposa! ¡Te hará falta, cuando Zato también se lo cuente a ella!

-Ella no me importa. Tú sí. – Arturo decía la verdad. Él sabía que a su esposa no le importaba un pimiento, no creía que sufriese si el Decano le contaba su infidelidad; a fin de cuentas, hacía mucho que ya no tenían sexo, ni vida en común, ni conversación… en realidad no eran un matrimonio, sólo compartían casa. – Ana, pídemelo, y esta noche me mudo a un hotel, a una habitación. Sé que esto iba a ser sólo un entretenimiento para los dos, es cierto que dije en la Agencia que era viudo, porque eso me hacía sentir menos culpable… pero todo ha cambiado. Estoy enamorado de ti.
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