Cuando Zató cerró la puerta, Arturo sentía náuseas de los mismos nervios. Él había sabido que tenía que decirle la verdad a Ana, que no era viudo, sino casado, y lo iba a hacer, Ana tenía que saberlo… pero no de éste modo. Su mil veces maldito ex marido, el Decano, acababa de salir de la casa, diciéndole a Arturo que “le pusiera a los pies de su esposa…”. Ana no se había dado cuenta que había dejado caer el vaso de agua en el que bebía. Arturo volvió la vista para mirarla. Hubiera preferido mil veces ver en su cara furia o rabia… antes que esa tristeza, esa infinita tristeza que llenaba de desencanto los grandes ojos verdes de Ana.

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-…No eres viudo. Me has mentido… – musitó.

-Ana, no te enfades… te juro por mi honor que iba a contártelo, esperaba un momento adecuado…

-Has hecho justo lo que te pedí que no hicieras… lo único que te pedí… Por eso no me contestaste cuando te pedí que me prometieras que nunca me mentirías, porque YA lo habías hecho… no quise darle importancia… ¡¿Es que todos los hombres sólo vivís de mentiras?! – lloró. Quiso ocultarse los ojos, avergonzada de sus propios sentimientos, pero las lágrimas se le caían por el rostro. Arturo dio un paso hacia ella y le tendió los brazos en un intento de abrazarla, pero Ana se escurrió, volviendo la cara – ¡No! ¡Vete a consolar a tu esposa! ¡Te hará falta, cuando Zato también se lo cuente a ella!

-Ella no me importa. Tú sí. – Arturo decía la verdad. Él sabía que a su esposa no le importaba un pimiento, no creía que sufriese si el Decano le contaba su infidelidad; a fin de cuentas, hacía mucho que ya no tenían sexo, ni vida en común, ni conversación… en realidad no eran un matrimonio, sólo compartían casa. – Ana, pídemelo, y esta noche me mudo a un hotel, a una habitación. Sé que esto iba a ser sólo un entretenimiento para los dos, es cierto que dije en la Agencia que era viudo, porque eso me hacía sentir menos culpable… pero todo ha cambiado. Estoy enamorado de ti.

-Un momento, espera… ¿cómo que… para qué les interesa en la Agencia de modelos que seas viudo?

-¿Qué agencia de modelos?

-Pasarela, donde me mandan a los modelos que pinto desnudos, como a ti… tú me dijiste que venías de la Agencia.

Arturo abrió unos ojos como platos, abrió la boca y puso tal cara de perplejidad, que a Ana le costó trabajo no reír.

-¿Me estás diciendo que tú… esperabas a un modelo? – Ana asintió – Yo… yo venía de una agencia, pero de… de una agencia de citas concertadas con señoritas…

Ana se puso como un tomate.

-¿Quieres decir que habías quedado con… ¡me confundiste con una puta!?

-¡Qué expresión tan vulgar, claro que no! – Arturo sabía que SÍ, pero no iba a admitirlo ni aunque le torturasen con un hierro candente – Yo dije en la Agencia que buscaba sentirme escuchado, hacerme la ilusión de que alguien se interesase por mí… yo iba a quedar con una persona culta y sensible, una dama de compañía profesional, y especializada en relaciones humanas; algo así como una geisha…

-…Qué buen abogado eres. – convino Ana con cierto cinismo.

-Cariño… Yo no podía pedir una prostituta, ¿cómo iba a hacerlo si…? – Arturo cerró los ojos avergonzado. – Ya da igual, de todos modos también iba a contártelo… hace más de tres años que padecía disfunción eréctil psicosomática. – Ana puso los brazos en jarras y le miró pensando que la estaba tomando por estúpida.

-Claro, es evidente… tenías tantísimos problemas de erección, que apenas te toqué, experimentaste una curaci… – de pronto se calló, y pareció recordar – ¿…Por eso dijiste aquello cuando lo hicimos? “Había olvidado lo agradable que era esto”… pensé que lo decías porque eras viudo, pero… ¿es verdad?

-Ana, puedo enseñarte mi historial médico si no me crees, allí está todo. – Ana pareció de repente muy cansada, como si dos fuerzas luchasen en su interior, y prácticamente se dejó caer en el sofá, negando con la cabeza. Arturo se acuclilló junto a ella, y Ana le rechazó con la mano, suave… pero firmemente.

-No, por favor… Necesito pensar. – Lizarra, de rodillas junto a ella, se aflojó la corbata.

-¿No quieres que pose hoy…? – preguntó, sin sonreír, pero cariñoso, esperanzado… Ana le miró y pareció devorar con los ojos esa corbata a medio aflojar, una chispita risueña asomó a sus ojos, y Arturo conservó las esperanzas.

-No, hoy no… no podría pensar claramente si te veo… desnudo. – Arturo estuvo a punto de levantarse e irse, pero jugó la última baza:

-Ana, pídemelo. ¿Quieres que deje a mi mujer? ¡Lo haré, sólo dilo! Asiente con la cabeza, sólo eso…

-Arturo, eso tienes que decidirlo tú. No me puedes pedir a mí que dirija yo tu vida. – El abogado asintió, triste porque ella le hubiera llamado Arturo y no “Artie”, como solía… se incorporó, se ajustó de nuevo la corbata y se inclinó para besar la cara de Ana. La profesora hizo ademán de apartarse, pero en el último momento, miró a los ojos del abogado y no fue capaz, inclinó suavemente la cabeza hacia él, y Arturo le besó la sien, dejando allí la boca por unos segundos. Después se dirigió a la puerta.

-…Hasta luego – dijo. No sabía cuándo sería ese “luego”, pero sí sabía que habría un luego. No le importaba que Ana no le llamase o que le dijese que no quería volver a verle, él fabricaría ese luego.

Ana permaneció pensativa largo rato, mirando el vacío, intentando no mirar el lienzo, donde sólo había aún un boceto vago, pero donde ella ya podía ver todo el cuerpo, el precioso y tierno cuerpo de Artie, y su rostro tan bonito, su mandíbula cuadrada, sus cabellos de color entre negro y gris, sus ojos tan cariñosos, a veces marrones, a veces grises… y su erección, su preciosa erección… ¡con qué orgullo se había levantado para ella, ansioso por llamar su atención, descarado y rosado, entre el vello negro…! “Tres años sin ver algo tan bonito, sin sentir placer sexual, y conmigo… conmigo, fue capaz”, se decía “Claro, porque se pensaba que estaba con una puta”, se decía. “Una puta que apenas le tocó, sólo le hizo… sentir guapo.”, se decía. “Claro, y cuando le dijiste que le ibas a pintar desnudo, quién sabe qué fantasías asquerosas se le colaron en la cabeza, ¡es el tipo de gente que piensa que los desnudos, son erotismo y no arte!”, se decía. “Y no puso pegas, dijo que me dejaba exponer el cuadro… no pidió sexo, el sexo salió solo, ¡yo fui quien le dijo que me gustaba…!”, se decía. “Y sin duda, él pensó que todo formaba parte de una comedia, una actuación para dar morbo a un rato de puterío”, se decía. “Y me ha dicho que me quiere…” se decía. “Y cuando me lo dijo, aún pensaba que yo era una puta”, se decía…

*****************

Cuando Arturo despertó, su mujer ya se había ido. Él no tenía nada que hacer en el despacho hoy, pero sí tenía muchas cosas que hacer. Con el albornoz en el brazo, dijo a la criada que hoy trabajaría en el despacho y que no se le molestase bajo ningún concepto. Es algo que hacía a menudo. Se duchó y se metió en el vestidor, buscando… aquí estaba. Su esposa se lo compró cuando le dio la fiebre de hacer ejercicio, un chándal ridículo, de color verde y azul fosforito. Cuando hacía ejercicio en casa, no importaba, porque ni se lo ponía, con un pantalón viejo y una camiseta de tirantes, era suficiente… pero para salir a la calle, sí le hacía falta el chándal, por ridículo que fuese. Se puso las gafas de sol, y se colocó también la capucha. El día estaba lo suficientemente nublado como para pretextarla, pero las gafas de sol, ¿quién las llevaba en un día nublado…? De todos modos, le hacían falta, así que se las puso. Nadie le iba a parar para preguntarle por qué se ponía gafas oscuras. Ocultándose de las criadas, que pasaban el aspirador en la planta baja de su casa, se encerró en su despacho, salió por la ventana apoyándose en la enredadera y en el arbolito, y cruzó el jardín hasta la parte trasera, pisó el conmutador de la alarma, y salió por la puerta de reja en los cinco segundos de que disponía antes de que ésta saltase. Libre… y nadie había descubierto su huída. Su mujer jamás llamaba a casa para nada mientras estaba fuera, pero si por alguna razón se alineasen los planetas y lo hiciese hoy, las criadas le dirían que “el señor había pedido expresamente que no se le molestara bajo ningún concepto”, y Elvira no insistiría. Si se le ocurría insistir, el despacho estaba cerrado, y la llave sólo la tenía él. Si no contestaba nadie cuando llamasen a la puerta, lo atribuirían a que estaba trabajando con los auriculares puestos oyendo música clásica, como solía hacer. No sería descubierto. Tenía toda la mañana para hacer lo que quería hacer.

Fingiendo hacer footing, llegó hasta los terrenos de la Universidad, no estaban lejos de su casa. Corría a ritmo relajado, se agachaba, saltaba y golpeaba el aire con los puños. Nadie le prestaba demasiada atención. En la Universidad, había muchos estudiantes sentados en las zonas de césped, que eran muy abundantes, otros corrían o hacían ejercicio como él, o se dirigían a sus clases. No necesitaba preguntar, sabía dónde estaba la facultad de Bellas Artes… lo que ya no tenía ni idea, es del horario en que podría dar clases Ana, así que se dirigió a la conserjería.

-Buenos días… ¿da hoy alguna clase la señora Anastasia Zato?

-¡Que no le oiga ella llamarla así! Es señorita Anastasia Cerezo, no Zato… se divorció hace ya dos años. – Eso Arturo ya lo sabía, pero desconocía el apellido de Ana, llamándola por el nombre del Decano, supuso que le dirían el suyo, y así había sido. El dar a la gente la oportunidad de demostrarte que sabe más que tú, era uno de sus trucos de leguleyo.

-Perdón, señorita Anastasia Cerezo, ¿da alguna clase hoy? Querría asistir en calidad de oyente.

El conserje le miró con picardía.

-¿De oyente, o de “vidente”….? – sonrió – Mira que habiendo internet hoy día, y todavía… en fin, ahora mismo está en una, pero ella siempre deja entrar a todo el mundo, pero eso sí, vaya en silencio. Subiendo las escaleras, la quinta puerta a la derecha.

-Gracias. – Arturo subió las escaleras con el corazón dando brincos en su pecho, y no precisamente por la carrera. Apenas se alejó de conserjería, un hombre ya entrado en años, algo llenito y con bigotón, salió de allí precipitadamente. Era Iván, el secretario del Decano, a quien éste siempre enviaba a la conserjería de Bellas Artes a hacer las fotocopias, sólo para tener un pretexto para colocarle allí como espía de su ex mujer. De vez en cuando, Nastia había recibido flores o había ido a buscarla algún hombre… pero ninguno había pedido ir como oyente a sus clases. Seguro que aquello le iba a interesar mucho al Decano.

Artie, ya en la primera planta, contó cinco puertas, llamó suavemente y entró. Apenas un par de cabezas se volvieron. Ana sólo le dedicó una fugaz mirada, era evidente que no le había conocido. Con mucho cuidado de no molestar, Arturo se deslizó por la pared hasta la esquina del aula, y desde allí se fue acercando, hasta que descubrió un taburete libre y allí se acomodó, apoyó los codos en las rodillas y la cara en las manos. Con las gafas de sol, nadie podía distinguir que miraba a Ana con ojos soñadores…

-Muy bien… Muy bien… ¿no te parece que ese brazo es quizá un poco demasiado largo?… Muy bien… – Iba diciendo Ana, pasando entre los caballetes y mirando cómo trabajaban sus alumnos. No habría más de quince personas en el aula, todos bastante jóvenes, aunque alguno rondaba los treinta, y la modelo. Una joven rubia que, tendida de costado sobre la mesa del profesor en la que habían extendido un albornoz, lucía su cuerpo desnudo y una gran panza de embarazada. Todos echaban miradas alternativas a la modelo y a sus lienzos, pero él, sólo miraba a Ana. Recordó que, antes de conocerla, la presencia de una mujer desnuda, le hubiera resultado incómoda, y el que estuviese en estado, de decidido mal gusto, porque sería incapaz de no verlo como algo erótico, y ver erotismo en una madre, le parecía mal… ahora, sabía que se trataba de arte, de algo que encerraba sólo belleza, y que cualquier posible mal efecto, estaría sólo en su imaginación. Y por otra parte, podía abstraerse por completo de la modelo, para él, existía sólo Ana. Sólo ella, caminando, deslizándose como un gato por entre los caballetes, parecía resbalar por el suelo, jamás chocaba con nada… Se dio cuenta que estaba sonriendo. La deseaba, la deseaba con todo su corazón, y se sorprendió a sí mismo fantaseando con la idea de que ella hiciese un dibujo de ellos dos juntos, haciendo el amor…

-Gloria, ¿qué haces…? – preguntó Ana con suavidad a una de sus alumnos, la más joven de todos, apenas aparentaba diecinueve años. La joven, de cabello rubiejo y apariencia inocente, casi frágil, sonrió a su profesora. Había dejado a un lado el lienzo, había sacado un cuaderno de dibujo y estaba dando trazos a toda velocidad.

-Usted siempre nos dice que el mundo está lleno de belleza, que sólo hemos de tener ojos para captarla… bueno, yo acabo de hacerlo. Perdóneme, señor… ¿sería tan amable de quitarse las gafas…? – Arturo respingó y se señaló a sí mismo, inquisitivo. – Sí, usted, por favor, ¿querría hacerlo? – Arturo estuvo a punto de hacer un gesto vago de negación… pero se dio cuenta de cómo lo miraba Ana, y supo que su camuflaje, ya no servía de nada. Se quitó las gafas.

-¡AH! – gritó Ana. Toda la clase se volvió a mirarla y la mujer se agarró la muñeca – Me… me ha dado un calambre… – le dedicó una mirada de “¿¡Qué estás haciendo aquí!?”, pero no había tanto enfado como sorpresa en sus ojos. Arturo sonrió y miró a la joven.

-Gracias – sonrió la tal Gloria. Mientras Ana lanzó un pequeño suspiro y continuaba dando vueltas por la clase, la jovencita miró a los ojos de Arturo y después a Ana, que estaba de espaldas a ella. Alzó las cejas, señalando a Ana con la cabeza, mirando de nuevo al abogado, en una pregunta muda, pero absolutamente clara para Lizarra… “¿Cómo se ha dado cuenta…?” pensó Arturo, pero la verdad que se sentía divertido con la chiquilla, y le sonrió, alzando los ojos, se encogió ligeramente de hombros, y haciendo pequeños círculos con los pulgares, como diciendo “bueno, tal vez…”. Gloria resopló, sonriendo por un lado de la boca, y su alzamiento de una sola ceja, fue la insistencia de la pregunta. Arturo suspiró, sonriendo más y asintió decididamente. Gloria le dedicó una gran sonrisa, un “¡lo sabía!”, y el abogado sólo pudo sonreír… qué chica tan lista, cualquiera diría que con esa carita inocente, no se enteraría de nada, pero mira cómo había olido que él y su profesora, tenían un lío… y qué expresiva era, ¿cómo se las arreglaba para decir tantas cosas, para hacerse entender tan bien, sin decir una palabra…?

-Bien, quedan cinco minutos, id recogiendo, por favor… – dijo Ana poco después, y se dirigió a la mesa, a ayudar a la modelo a incorporarse y bajar de la mesa, para evitar que hiciera demasiados esfuerzos. – Gracias, Carina, ¿el miércoles, a la misma hora, por favor…? – La modelo asintió, se colocó el albornoz y se marchó a vestirse, y lentamente, todos los alumnos recogieron sus cosas, dejaron allí los caballetes con los lienzos, y se fueron despidiendo y marchándose. Gloria dedicó una última mirada a Arturo, haciéndole una pequeña y enérgica inclinación de cabeza, mientras le guiñaba un ojo. El abogado casi pudo oír el “¡Suerte!” que encerraba aquél gesto. Fue la última en salir, y cerró la puerta tras de sí. Ana le miró. Ojalá leer su mirada, fuese igual de fácil que leer la de Gloria.

-Quería verte. – musitó Arturo. Eran exactamente las mismas palabras que había usado ella el día anterior, cuando fue a verle en la audiencia. Ana suspiró, y no contestó. Arturo se levantó y dio un paso hacia ella – ¿Me desprecias…?

La mirada de Ana se llenó de impotencia.

-…Ni aunque pudiera, lo haría. – Contestó. Arturo sonrió, lleno de alivio y se acercó a ella, con los labios entreabiertos. Ana elevó la cara, y cuando sus labios se rozaban… – Espera. No… – Ana tenía los ojos cerrados, Arturo sentía la suave caricia de su aliento en sus labios, el dulce calor que exhalaba su boca…

-¿Por qué? – preguntó sin retirarse. Ana abrió los ojos. Parecía estar pasando el apuro más dulce del mundo.

-He decidido que no volveré a acostarme contigo, hasta que esté completamente segura de lo que siento por ti. – musitó. Se puso de puntillas y acarició más que besó el labio inferior de Artie, y después se retiró un paso, con una traviesa sonrisa. Artie se quedó aún con la boca abierta unos segundos, hasta que fue capaz de cerrarla, lamiéndose los labios, intentando paladear aquél fugaz beso… Ana se sentó en su mesa. – Lo siento si soy un poco estricta. Pero es que tengo la sensación de que hemos ido muy deprisa, demasiado deprisa… te lo he dado todo, y tú, sólo me has dado mentiras.

-Ana, eso no es justo… A fin de cuentas, tú fuiste la primera en decirme que te gustaba y que querías…

-Lo sé. – concedió ella, tumbándose sobre la mesa, mirando hacia el lado contrario. – Pero me mentiste. Me dijiste que eras viudo, y no era cierto. Y me tomaste por lo que no era. – Volvió la cara hacia él, y Lizarra se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre el tablero, una a cada lado del cuerpo de Ana. – Pero fuiste muy gentil conmigo. Fuiste un caballero, y… y soy tan estúpida que a pesar de que me hayas mentido, creo que lo demás, sí fue cierto…. – Artie se apoyó en los codos y buscó su boca una vez más. Con una risita, Ana volvió la cara. – Pero eso no impide que siga teniendo que saber qué siento por ti. – El abogado también sonrió y no se apartó, empezó a besarla el cuello, la garganta… podía notar los latidos del corazón de Ana contra sus labios, y una risita alegre se le escapó cuando oyó cómo ella le llamaba de nuevo por el apodo – Artie… no… no quiero que esto sea un lío… no quiero actuar como una cría enchochada… mmmh, basta… Artie, me… me gustas demasiado para estropearlo con sexo a destajo… – Lizarra volvió a reírse al oír aquella expresión.

-¿Quién te dice que vamos a estropearlo…? – susurró, con la boca pegada a su piel, bajando ya por el escote de la blusa blanca que asomaba bajo el trajecito rojo, besando aquél espacio precioso, aquélla línea que unía sus pechos y que él sabía que era tan sensible… – Ana… si tú y yo nos queremos…

-De eso se trata precisamente… mmmmmmmmh… de que no lo sé seguro… Me gustas, Artie, me gustas de verdad, pero… no sé si sólo me gustas para tener sexo o para algo más… – Con evidente esfuerzo, le sujetó de los brazos y empujó para incorporarse. Artie intentó resistirse, pero ella insistió. Su negativa era firme. – Compréndelo. Si me enamoro de ti y luego resulta que esto ha sido un simple lío, sufriré… y puedo asegurarte que he sufrido ya bastante. Si eres tu quien se enamora de mí y yo resulta que sólo te veo como algo físico, serás tú quien sufras. Y no deseo que sufras, no lo quiero por nada del mundo. – Lizarra se sentía frustrado, triste… y estúpido. – Por favor, no me pongas esa mirada, Artie… me rompe el corazón.

-¿Estás segura de que tienes?

-Artie, no seas injusto. Sé que mi decisión no te gusta, ¿crees acaso que me gusta a mí? Te deseo… pero es lo mejor para los dos. – El abogado seguía abatido. – No te pongas triste. Sólo serán unos días, no tardaré en contestarte.

Arturo quiso preguntar “¿Y si dices que no? ¿Y si resulta que llegas a la conclusión de que no me amas…?”. Pero no tuvo valor. En la incertidumbre, había un poquito de esperanza.

-Mientras tanto, tenemos dos cosas que hacer: la primera, terminar el cuadro. Y la segunda, impedir que Zato se haga con él, y… Artie, tienes que decirle todo a tu mujer.

-Lo sé, puedo darte seguridad de que lo sabrá cuanto antes…

-No es por mí. Ni por nosotros. Es por ti. Zato se lo va a contar. No puedo saber si se lo contará mañana, o dentro de un año, pero ten por fijo que se lo dirá… cuando le resulte divertido.

-¿Divertido? ¿Ese hombre considera… digno de hilaridad la decepción de una persona y una ruptura matrimonial?

-…No lo sé. – admitió Ana. – Zato considera divertido saber cosas de la gente y aprovecharlas. El pensar que te tiene en sus manos, le parece el colmo de la diversión. ¿Recuerdas cómo soltó que estabas casado? Seguro que cuando salió de casa, se fue riendo solo todo el camino, ¡para él, fue la pera de gracioso! Y con tu mujer, hará lo mismo. Te dará esperanzas, dejará que creas que no se lo va a decir, y el día menos pensado, se lo soltará, así como si tal cosa. Por eso, mejor que se lo cuentes cuanto antes.

-Lo haré. – Arturo se sentía un poco mal por ello… a fin de cuentas, se había casado con Elvira, y la había amado, la había querido muchísimo. Pero la Elvira con quien se casó, la chica apasionada que le daba dos besos al verle, hacía mucho que había desaparecido. Llevaban casados apenas un par de meses cuando ella empezó a olvidar besarle, y cuando él la besaba, ella le llamaba “pegajoso”. Con el tiempo, había cambiado la cama por la conversación, quería discutir todo el tiempo, de cosas fútiles y circunstanciales, como la temperatura del café, la dieta que Artie llevaba o las corbatas que se ponía, y formaba un mundo de insignificancias. Poco tiempo después, empezó a decir que nunca la escuchaba, y cambió las discusiones por las aficiones: el cuidado del jardín, la cocina, el feng-shui, el yoga, la gimnasia, las reuniones sociales, la beneficencia, y finalmente, su regreso a la universidad. Artie no podía hablar con ella nunca de nada, pues siempre estaba muy ocupada en cosas muy importantes, en las que él jamás figuraba. Recordó que en los primeros tiempos, intentó interesarse también en aquéllas aficiones, sólo para estar juntos… Según Elvira, en el jardín era un manazas, en la cocina un patoso, para el feng-shui no tenía talento, su manera de hacer yoga daba risa y no digamos la gimnasia, y en las reuniones sociales, se dormía… con el tiempo se cansó de recibir sólo críticas por su interés, y dejó que su esposa se aislase de él como parecía desear. Y aunque una parte de sí mismo se sentía culpable por no haber seguido intentando acercarse a ella, otra se decía que, el día que había dejado de intentar compartir aficiones con Elvira, había sido el más feliz de la vida de Elvira. Por fin dejó de importunarla.

“Aún así, debo decírselo” pensó Artie “Si consigo que me preste atención durante dos minutos seguidos para escucharme, tendré que decírselo”.

-Y tenemos que encontrar un medio para frenar a Zato.

-¿Frenarle? Pero… si voy a contarle a mi esposa lo que ha sucedido, Zato ya no tendrá poder, ¿qué importará que se quede el cuadro?

-¿Qué importará? Importa muchísimo. En primer lugar, ¿tú querrías ver ese cuadro por internet, o la ampliación del mismo cubriendo la fachada del edificio de Bellas Artes… o preferirías que estuviese en una colección privada, donde sólo pudiesen verlo un puñado de personas y ninguna de ellas te conozca? – Arturo asintió. Desde luego que no quería aparecer en la portada hasta de las revistas deportivas, y, conociendo al Decano, eso sería lo que haría cuando le privasen de la diversión de ser él quien le fuese con el cuento a la mujer del abogado. – Y segundo… el cuadro, es mío. Sólo yo decido qué se hace con él. Y quiero exponerlo, desde luego que sí… pero no lo quiero vender.

Ana terminó la frase con un tono tan deliciosamente soñador, que Artie no pudo evitar arrimarse a ella, cariñoso… Ana se volvió de espaldas, intentando a la vez hacer como que no había visto a Lizarra acercarse, y que él no notase su rubor. Artie la tomó de los hombros pese a todo, musitando “oh, Ana…”, sonriente.

-Eeh… ¡y para neutralizar a Zato, lo mejor es usar contra él sus mismas armas! – dijo Ana muy deprisa. – A él le encanta saber cosas de la gente y usarlas en su contra, y él es el primero que tiene el armario lleno de esqueletos.

Artie acarició suavemente los hombros de Ana, pensativo. Y no era fácil pensar en métodos para impedir al Decano hacer sus caprichos mientras su corazón le golpeaba como una ametralladora, y su cerebro gritaba “La estoy tocando, la acaricio, y no me lo impide…. Me quiere, me quiere, me quiere, me quiere…”.

-Me dijiste que solía acostarse con las alumnas… ¿no podríamos utilizar eso? – se le ocurrió.

-No estaría mal, pero no funcionaría. – contestó Ana, dejándose recostar levemente contra el pecho de Artie… qué calor tan grande desprendía… – No tenemos pruebas. Y ninguna alumna estará tan loca de testificar contra él.

-¿Y algo más? – dijo Artie, intentando por todos los medios conservar la calma, mientras notaba que su cuerpo empezaba a reaccionar… Dios, qué ganas tenía, qué ganas… casi sin querer, inclinó la cabeza y besó el hombro de Ana, con mucha suavidad. – Si es tan temperamental como me cuentas… ¿tal vez alguna pelea, un abuso de fuerza con alguna chica…?

-No, no creo… – A Ana se le escapó un suspiro mientras ladeaba la cabeza, invitando al abogado a que siguiese besando. – Zato es siempre muy… correcto. Es tempestuoso sólo… bueno, a veces pierde los estribos, pero sólo en presencia de… gente de confianza… – La profesora no recordaba cómo, pero su mano estaba en su hombro, acariciando la de Artie. – Delante de mí, o de su secretario, jamás delante de otras personas. En el fondo, tiene un increíble autocontrol, pero sólo cuando le interesa…

-Tal vez deberíamos… – Artie, sin soltar los hombros de Ana, sin separar la boca de su cuello, se retiró ligeramente de su espalda, para intentar que ella no notara el feroz deseo que tenía bajo los pantalones del maldito chándal, que no sujetaban nada. Pero la profesora suspiraba, con los ojos cerrados, ajena a todo, salvo a la boca del abogado en su cuello. – ….deberíamos revisar su despacho…¿crees… que podríamos colarnos allí?

-Colarnos… – repitió Ana maquinalmente, arqueando las caderas, de modo que volvió a pegarse contra Artie. “Lo va a notar”, se dijo el abogado, temiendo que ella tomase su estado como una grosería, pero Ana dejó escapar un suspiro y se mordió los labios, como si intentara resistir con todas sus fuerzas… y estuviese fracasando deliciosamente. Artie la abrazó por el vientre – ¡Mmh…! – Ana se estremeció contra él. El abogado sabía que ella era muy sensible, increíblemente sensible, sólo con verle gozar, ella podía llegar al orgasmo… Ana tomó la mano que su amante tenía sobre su vientre, intentó quitarla de allí… pero Artie empezó a moverla, levantando lentamente su vestido, y el intento de la profesora por retirarle la mano, se convirtió en caricias sobre la misma. – No… no, es imposible… no podemos… No, Artie, no podemos…

-¿No crees que podríamos… intentarlo? ¿Sólo una vez? – Artie empezó a deslizar también la mano que tenía en el hombro de Ana, hasta su cintura, y subió por ella, buscando su pecho. – Sólo será una vez… nadie se va a enterar… y es por una buena causa…

-Nooo…. – Las rodillas de Ana temblaban, la falda de su vestido ya dejaba ver el inicio de sus bragas color violeta, y Artie no dejaba de arremangarla, muy despacio, diabólicamente despacio, centímetro a centímetro… su otra mano acariciaba su bajo pecho, su dedo índice se metía entre sus tetas, aún cubiertas por el vestido, y la profesora sentía sus pezones erectos, querían romper la tela del sostén, casi le dolían por lo sedientos que estaban de caricias… – No, no podemos… sé que no será… no será una sola vez,… sé que si lo hacemos, querrás volver…. Y no… no debemos… no po… no podemos… – La boca de Artie había subido en besos por su cuello, y ahora besaba la mejilla de Ana, cada vez más cerca de su boca, cada vez más cerca…

-Sí podemos… y te diría que debemos. Te lo prometo, Ana, te doy mi palabra que sólo será una vez… – Artie lamía con suavidad la comisura de la boca de Ana, quien era dolorosamente consciente que estaba completamente en sus brazos, con los pezones erectos, las caderas moviéndosele solas, y las bragas empapadas. Los dedos de Artie reptaron por la tela arrugada y recogida de su vestido y tocaron el inicio de su monte de Venus.

-¡Mmmmmmmmh….! – Ana intentó por todos los medios controlarse, pero el latigazo de placer la había hecho temblar de pies a cabeza, y apenas pudo reponerse, notó la lengua de Artie intentando abrirse paso en su boca… Y antes de poder darse cuenta, Ana estaba acariciando esa lengua deliciosa con la suya propia, gimiendo dulcemente, acariciando el cuello de Artie con el brazo levantado, mientras con la otra mano se levantaba ella misma el vestido. – De acuerdo… – gimió. – Pero… sólo esta vez.

-Palabra de honor, sólo esta vez. – Sonrió Artie, y sin ponerse cara a cara, tal como estaban, se arrodillaron detrás de la mesa de Ana.

**************

Elvira iba absorta leyendo sus notas, por eso a Iván le resultó tan fácil. Le repugnaba hacer algo así, pero… quien paga, manda. Se acercó en diagonal, con rapidez, llevando todo el montón de documentos que llevaba, y…

-¡Ah! – chilló Elvira.

-¡Oh, cielo santo, qué torpeza, perdón! ¡Oh, Dios mío, la he manchado!

-¡Oh! ¡Ya lo estoy viendo! – gritó la mujer, de evidente malhumor. Iván cargaba varios tinteros y una pluma estropeada entre los documentos, el Decano había querido asegurarse, y la blusa amarilla de Elvira lucía varios manchurrones de tinta negra y azul. – ¡Será manazas el…! – entonces, le reconoció – ¡Tú eres el secretario del Decano!

-¡Por favor, no le diga nada! – suplicó Iván entre dientes, recogiendo los papelotes y los tinteros pringosos del suelo – Ya está bastante resentido conmigo para que alguien le lleve quejas de mí… – Elvira, resentida, quedó encantada con la posibilidad de echar a los leones a aquél zoquete.

-¡Haberlo pensado antes de echarte encima de la gente, como si estuvieras ciego! ¡¿Qué hago yo ahora con la ropa manchada?!

-No se excite, yo… ¡yo sé dónde se la puede limpiar! ¡En la facultad de Bellas Artes, allí tienen disolvente!

-¿¡Disolvente?! ¡Eres un idiota, ¿pretendes quemarme la blusa?!

-¡No se la quemarán, no se preocupe, venga conmigo, por favor; la señorita Cerezo tendrá un disolvente que no dañe los tejidos, se lo aseguro…! ¡Por favor, no me denuncie…!

Elvira resopló.

-Si no me deja la blusa IMPECABLE, te aseguro que el Decano sabrá muy bien a qué tipo de berzotas tiene a su servicio. Estoy segura que no le interesará seguir pagando a alguien tan estúpido.

“Mi sueldo, no paga estas cosas…. De verdad que no”, pensó Iván, sonriendo forzadamente, mientras acompañaba a Elvira a la Facultad de Bellas Artes.

*****************

La profesora no pudo evitar reírse mientras se bajaba las bragas hasta las rodillas y su Artie hacía lo propio con los pantalones del chándal y los calzoncillos grises. “Sin desnudarnos, y en un aula, en un sitio público… Jesucristo, estamos locos… yo, yo estoy loco, ¡loco por ella!”, pensó confusamente el abogado, colocándose detrás de ella y besándose, mientras apretaba sus pechos sin ningún reparo, intentando bajar los tirantes del mismo… Ana le abrazó por la nuca, y empezó a acariciarle las orejas, esas orejas que eran la perdición de Artie.

El abogado tuvo que parar de besar a Ana sólo para poder tomar aire, ¡aaaaaaaaah….! Cada vez que ella le tocaba las orejas, le acariciaba el lóbulo con tanta suavidad, acariciaba por detrás de ellas y hacía cosquillas hasta el cuello, le parecía que se derretía vivo, el reguero de cosquillas le hacía cerrar los ojos sin poder evitarlo y su columna se hacía mantequilla… Ana paró un momento de acariciarle para bajarse un tirante, después el otro, y Artie metió las manos bajo la suave blusa blanca de Ana y… oh, qué cálidos, qué cálidos eran sus pechos… bajó el sostén que todavía los cubría, y pellizcó los pezones.

-¡Aaah! – Ana pegó un brinco y se tapó la boca con una mano, colorada como una cereza, riendo por lo bajo, qué dulce… Artie no pudo evitar reírse también, mientras empezaba a frotar su miembro contra la dulzura cálida que había entre las piernas de Ana. – Sí, sí… oh, Artie, mi querido embustero… ¡te he echado de menos! – reconoció la profesora, temblando entre sus brazos. El abogado sabía lo que quería decir: ella no soportaba la mentira, pero el perderle, tampoco lo podía soportar… había estado convencida de que Artie la había usado, la había tomado por una diversión y que no volvería a verle, y menos aún que sería él quien hiciera algo semejante y tomara aquél riesgo por verla… Si no le había perdonado, le andaba muy cerca, y el abogado se sintió feliz, tan feliz… que sintió que no podía aguantar más: o se unía con ella AHORA, o terminaría fuera como un aprendiz.

Rápidamente, llevó una mano a su hombría y la orientó hacia el sexo de Ana, quien asintió con la cabeza y ella misma le guió también… ¡Dios…! ¡Qué calor, qué placer! ¡Qué placeeeeeeer….! Ana tiró de él, fue como si su sexo le absorbiera dulcemente, le chupase y tirase de él, qué gusto….

-Artie… oh, Artie… – Ana parecía a punto de llorar de gozo, mientras su sexo se contraía en torno al miembro de su amante. El abogado no podía hablar. Si se movía sólo un centímetro, acababa sin remedio. Quería hacerlo, quería terminar y quedarse a gusto, pero… no quería dejarla a medias. Ana se dio cuenta de los ojitos de tierna desesperación de Artie, y le tomó de la mano que aún tenía entre las piernas de ella, y llevó sus dedos a sus labios cálidos. Artie tuvo que cerrar los ojos de placer cuando sintió sus dedos índice y corazón en la boca de Ana. La profesora los lamió, gimiendo, acariciándolos con la lengua y dándoles mordisquitos que hacían cosquillas… Artie temblaba. Ana los sacó lentamente de su boca, y le llevó de nuevo la mano a su sexo, haciendo que tocara su clítoris.

Artie comprendió y sonrió. Empezó a acariciar, mientras se movía. ¡Un gemido le vació el pecho de aire! ¡Aaah, qué maravilla, apenas podía moverse, era tan estrecho y caliente, estaba tan apretado que se sentía exprimido…. Dulce, dulcemente exprimido! Empezó a acelerar sin darse cuenta, y su mano también aceleró las caricias.

A Ana se le escapaban las sonrisas de gusto, ¡qué maravilla! No quería pensar en Zato mientras hacía el amor con Artie, pero…. Ah, Dios mío… después de dejar a su ex marido, había tenido varias aventuras, y tenía que reconocerse a sí misma que, sobre todo las primeras, las tuvo más por darle en los morros a Zato, que por que le apeteciera de verdad, y nunca, nunca, ninguno de sus amantes le había dado un placer semejante al que le daba su ex marido, por sensible que ella fuese, pero ahora… ahora… “Artie, ¿por qué me haces esto…? ¿Por qué eres tan…bueno, y malo, conmigo? ¿Por qué me haces probar a qué sabe lo que nunca tendré…?”

El cosquilleo picante subía por su clítoris y le hacía temblar los muslos, es posible que Artie estuviese a punto de gozar, pero ella no estaba mucho más lejos, aaah… ahí estaba, ahí… estaba ya tan cerca… Artie no podía detenerse, sus caderas se movían a golpes y sus dedos hacían deliciosas cosquillas de pecado en el botón de Ana, mientras su miembro era deliciosamente aplastado en la humedad cálida, abrasadora, del sexo de su amante. Cada arremetida era un tormento delicioso, una maravilla de calor, un chapoteo estrecho y abrazado…. “No… puedo… más…”, pensó torpemente, mientras intentaba conservar los ojos abiertos, decir algo… pero fracasó en ambos aspectos cuando una bomba de felicidad pura le estalló en la base del miembro y se expandió por su cuerpo, dejando escapar un borbotón de líquido hirviente, que fue dulcemente recibido por Ana, en medio de gemidos…

-Sí, mi vida, así, así…. Aaah, sí, todo dentro, qué bien… qué…. bi… bi… ¡haaaaaaaaaaah….! – Ana tampoco pudo más, las caricias en su clítoris y la sensación de su amante gozando dentro de ella, la habían vencido de forma encantadora, y su placer la derrotó, haciéndola caer hasta apoyarse con las manos en el suelo, y su sexo daba convulsiones que la hacía estremecerse y poner los ojos en blanco….y… y…. oh, Dios, Artie, por favor, para, no, no, no sigas acariciando, si sigues…. Si sigues… – ¡mmmmmmmmmmmmmmh….! – Ana se rió en medio de gemidos, curvándose de gusto, arqueando la espalda, cuando un segundo delicioso orgasmo se adueñó de ella, un placer que crecía, subía, y le acariciaba la piel, e intentó contenerse, pero cuando Artie continuó acariciando, doblado sobre ella, apretándole los pechos con la mano libre, moviéndose dentro de ella, haciendo que el placer la atacase por tercera vez, Ana ya no pudo aguantar más, y… – ¡Miaaaaouuuuuuuuuuuu…..mmmmmmmmmrrrrrrrrrrrrrrr……!

“¿Ha… ha maullado?” Pensó Artie, quietos al fin los dedos, mirando cómo Ana se tapaba la boca con una mano, estaba tan colorada que desprendía calor como un horno abierto, y las gotas de sudor que resbalaban de su frente, caían al suelo. – Ana… ¿te encuentras bien?

“Se me ha escapado… Maldita sea, se me ha escapado”. Para Ana, aquello era algo humillante. Afortunadamente, le había sucedido muy pocas veces, pero… cuando tenía un placer realmente bueno, se ponía a maullar como un animal, sin poder contenerse. Zato solía conseguirlo, para él era casi cuestión de honrilla, y si tenía que pasarse dos horas acariciando o lamiendo, se las pasaba, y el muy cerdo sabía muy bien cuándo maullaba de verdad, y cuando fingía, así que no había modo de engañarle con eso… Era el único que lo conseguía. Ningún otro hombre se había enterado de su peculiaridad, porque ningún otro había conseguido llevarla a ese tipo de éxtasis, salvo… Salvo Artie. Y aunque le había encantado, hubiera preferido que no lo hubiera logrado.

-Estoy… – empezó a decir, pero entonces, se abrió la puerta del aula.

-¡Señorita Cerezo! – dijo una voz.

-¡Ah, estupendo, encima no está! – Al oír la segunda voz, a Artie se le bajó la erección de golpe, e intentó levantarse tan deprisa que se golpeó la cabeza contra el tablero de la mesa, ¡¿qué cuernos hacía allí su mujer?!

-Tiene que estar, no se preocupe, habrá salido a buscar algo… ¿Señorita Cerezo…? – repitió Iván. Ana se recolocó el vestido a toda velocidad, mientras le hacía señas a Artie de que permaneciera en silencio y bajo la mesa, mientras éste intentaba advertirle… pero sin ni siquiera recoger sus bragas, Ana se puso en pie.

-¡Buenos días! – dijo, con una gran sonrisa.

-Ah, señorita Cerezo, ¿estaba usted ahí?

-¡Sí, se…. Se me habían caído las llaves! ¿En qué puedo ayudarles?

-¿También usted es ciega….? – preguntó Elvira – ¡Mire cómo me ha puesto de tinta éste mono! ¿Tiene algún disolvente que no dañe tejidos?

-Eeeeh… sí, sí, creo que tengo algo… ¡espere! – Ana arrimó la silla a la mesa, para intentar tapar a Artie, porque vio que Elvira bajaba hacia ella.

-¿Dónde lo tiene, en el escritorio? – Iván bajaba con ella.

-Sí, ¡no! – gritó Ana, lanzándose hacia la silla, para evitar que la quitaran. – ¡En el armario, tengo disolvente en el armario!

Elvira la miró como si pensase que Ana había olido demasiada pintura…

-Bien… ¿me da el disolvente, o tengo que cogerlo yo misma…?

-Sí, claro, se lo doy.

-Estupendo. Con su permiso, voy a sentarme un poco, estoy agot…

-¡NO! – gritó Ana de nuevo, agarrando la silla contra el escritorio. – ¡No se siente, la silla está rota, tengo que cambiarla! Iván, ¿quieres ir a por una silla a la otra aula, para que se siente la señora? ¡Vamos, rápido!

-Señorita Cerezo, yo creo que esta silla está bien…

-¡Ja! ¡Yo no pienso fiarme de tu criterio, zoquete! ¿No has oído? ¡Ve por otra silla!

-Sí, señora… – Iván suspiró, pensando, una vez más, que su trabajo no estaba pagado ni con todo el oro del mundo, y se marchó.

-Jejeje… ¿qué tarugo, verdad?

-Cualquiera diría que tiene usted algo escondido bajo esa escritorio… – sonrió pérfidamente Elvira, notando que la profesora seguía junto a su mesa, sujetando la silla con la espalda.

-¿Quién, yo? – sonrió Ana – ¿Algo escondido en mi escrotorio… escritorio? Eeh… voy a darle el discorrerse, ¡el disolvente! – Ana se encaminó al armario de su clase, y Elvira, resoplando, se dio media vuelta. Artie sentía las tripas flojas, ¡tenía que hacerle entender a Ana que estaban en un apuro más serio todavía de lo que ella creía! Llevaba las gafas de sol encima, las tomó y se las tiró a Ana, a ras de suelo; al sentir el golpecito en el tobillo, se giró, y vió a Artie asomar por un hueco entre el eje central de la silla y escritorio. El abogado señaló a Elvira, se tocó el dedo anular de la mano izquierda, y se señaló a sí mismo, vocalizando sin hablar “mi mujer… es mi…”, pero no necesitó terminar. Ana se había puesto blanca como un papel.

-¿Es eso el disolvente? – preguntó Elvira con impaciencia.

-Eeeeh… ¡sí! – dijo Ana, sosteniendo una botellita – Pero va a tener que quitarse la blusa. El producto no es abrasivo, pero si se le impregna en la piel, el olor no se le irá en todo el día – dijo muy deprisa. Elvira resopló de nuevo e intentó desabrocharse la blusa, pero Ana le detuvo el gesto. – ¡No! ¿No se irá a desabrochar la blusa, verdad?

-¿Cómo espera que me la quite si no?

-Espere. – Ana corrió a la puerta de comunicación entre las aulas y la cerró, echando el cerrojo. – Así, si viene Iván, no verá nada. No lo creerá usted, pero es un pícaro de cuidado. Apuesto a que le ha molestado encontrarme aquí, porque… de haber estado usted y él a solas, tal vez hubiera podido mirar o tocar algo…

-¿Quiere decir que esto… ha podido ser premeditado por ése cazurro?

-Bueno, no es usted la primera mujer con la que tropieza, llevando, casualmente, tinta, o café, o alguna otra cosa que manche. Luego, con el pretexto de limpiarlas, las trae a aulas vacías, y…

-¡Pero qué… de esto, pienso dar parte al Decano!

-Y hará muy bien, yo la apoyaré. Y ahora, vamos a limpiar eso, pero créame, las blusas, no se desabrochan. Se sacan por la cabeza.

-¿Por la cabeza?

-Sí, claro, como los jerseys. Los botones hay que usarlos lo menos posible, hacen que la prenda se desgaste y deforme, se deshilachan de los ojales y además, están en contacto con pinturas metálicas y porquerías de todo tipo en las fábricas. Muchos de ellos llevan mercurio, y puede absorberse por la piel, y a la larga, producir envenenamiento. Sáquesela por la cabeza, yo la ayudo.

Elvira, después que Ana la hubiese librado del maníaco sexual de Iván, no desconfiaba de ella, y se dejó hacer, y la profesora, con toda rapidez, le subió a Elvira la blusa hasta la cabeza.

-¡Esto así no sale! – dijo la voz ahogada de Elvira, bajo la blusa.

-¡Usted saque primero los brazos…! – Ana dio una suave patada a su mesa, y Artie comprendió, se asomó ligeramente, y vio a su mujer con la blusa atascada en la cabeza y los brazos; conteniendo la risa, subió hasta la puerta agachado lo más rápido que pudo, mientras su mujer se quejaba bajo la prenda. Ana le miraba… y aunque se sentía culpable, no podía dejar de sonreír. En la puerta, Artie se volvió, y Ana le lanzó un silencioso beso. El abogado se lo devolvió y le dijo adiós con el pañuelo…. Sólo que no era un pañuelo. Como un pícaro trofeo, Artie se llevaba las bragas violetas, empapadas, de Ana.

-¡No puedo salir! – protestó Elvira – ¿Dónde está usted? – Ana, aprovechando que Elvira estaba presa, se alejó lentamente, hasta la puerta que había cerrado. La abrió, y se ocultó tras ella, y enseguida entró Iván, con una silla.

-¡Señora…! – se extrañó el secretario al ver a la mujer de tan grotesca manera. Soltó la silla e intentó correr a ayudarla, pero Elvira, al oír a Iván, chilló, e intentó correr, con la cabeza tapada y los brazos hacia arriba, presa de la blusa.

-¡Ah! ¡El maníaco sexual! ¡No se acerque a mí!

-¿Qué maníaco sexual? ¡Espere ahí, se va a dar contra algo! – Ana aprovechó y pasó por la puerta a la otra aula, cerró la puerta y corrió el cerrojo de ese lado. Enseguida echó a correr a conserjería.

-¡Vicente, Vicente, corra! – dijo Ana, aterrorizada. – ¡Avise al Decano, su secretario se ha vuelto loco!

-¡Señorita Cerezo, ¿qué sucede?! – preguntó el conserje.

-¡El señor Iván, el secretario del Decano! ¡Ha traído una mujer a mi aula para limpiarle una blusa, y en cuanto me he ido a buscar disolvente, la ha intentado atacar sexualmente, le está quitando la blusa, hay que hacer algo!

-¡Dios Santo! – El conserje salió disparado al aula, mientras todo el mundo en el hall intercambiaba miradas de asombro, y varias personas corrieron arriba también, para curiosear. Ana aprovechó para hacer un discreto mutis, pero aún desde el exterior del edificio de Bellas Artes, se oyó el grito del conserje, el chillido de Elvira, y los abucheos de los curiosos.

“Siento haber puesto en ese brete al pobre Iván, que no tiene más culpa que trabajar para Zato… palabra de honor que si lo despide, lo contrato yo…. Pero daría cualquier cosa por ver la cara de ese cabrito de Evaristo Zato cuando sepa que no sólo no ha logrado que la mujer de Artie nos pesque juntos, sino que su secretario es un delincuente sexual en potencia…”.




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